PARTE 2: EL GENERAL LLEGÓ POR ELLA

Nadie volvió a reír.

El oficial soltó mi muñeca como si acabara de quemarse.

—Profesora Xu… yo no sabía…

—Claro que no.

Recogí mi maletín.

—Por eso debería aprender a respetar a las personas antes de conocer su rango.

El director del hospital se volvió hacia Adrian.

—General Gu, la profesora Xu dirige uno de los equipos de cirugía más importantes del sistema médico militar. El año pasado recibió la máxima distinción por innovación quirúrgica.

Adrian permaneció inmóvil.

Diez años atrás había dicho que yo jamás llegaría demasiado lejos.

Ahora la vida de su abuelo dependía de mis manos.

Evelyn intentó recuperar la sonrisa.

—Mia, todo esto fue un malentendido.

La miré.

—Hace diez años también dijiste eso.

Palideció.

Me marché sin añadir nada.


La operación comenzó a las seis de la mañana.

Duró nueve horas.

Cuando finalmente salí del quirófano, Adrian estaba esperando en el pasillo.

Se acercó inmediatamente.

—¿Mi abuelo?

—La operación salió bien. Las próximas cuarenta y ocho horas serán importantes.

Cerró los ojos, aliviado.

Después me miró de una manera diferente.

—Mia…

—Profesora Xu.

Se quedó callado.

—Sobre anoche…

—No importa.

Aquello pareció dolerle más que cualquier reproche.

—¿De verdad no significa nada para ti?

Antes de responder, escuchamos pasos.

Varios oficiales aparecieron al final del corredor.

En medio caminaba un hombre alto con uniforme militar.

Mi expresión cambió inmediatamente.

Daniel.

Mi esposo.

Mi hija venía tomada de su mano.

En cuanto me vio, soltó sus dedos.

—¡Mamá!

Corrió hacia mí.

Me agaché y la abracé.

—¿Qué haces aquí, pequeña?

—Papá dijo que mamá estaba salvando a alguien importante y que debíamos venir a buscarte.

Daniel llegó hasta nosotros y me colocó suavemente el abrigo sobre los hombros.

—Nueve horas operando y todavía tienes las manos frías.

Sonreí.

—Estoy bien.

Adrian observaba la escena en absoluto silencio.

Mi hija levantó la cabeza.

—Mamá, ¿quién es ese señor?

Miré a Adrian.

Diez años atrás había sido todo mi mundo.

Ahora ni siquiera sabía cómo explicárselo a mi hija.

—Un familiar del paciente.

Eso fue todo.

Adrian bajó lentamente la mirada.

Entonces Daniel extendió la mano hacia él.

—General Gu.

—General Lu.

Se estrecharon la mano.

Daniel añadió:

—Gracias por recibir a mi esposa.

Mi esposa.

Dos palabras.

Suficientes para borrar cualquier fantasía que Adrian todavía conservara.


Esa tarde Evelyn apareció en el hospital.

Traía flores.

Pero no venía a visitar al abuelo.

Me encontró preparando el informe médico.

—Mia, quiero disculparme.

—No es necesario.

—Adrian y yo nunca nos casamos.

Levanté la vista.

—Eso tampoco me interesa.

Su expresión se tensó.

—Después de que te marchaste, él descubrió que había mentido sobre varias cosas. Nuestra relación terminó hace años.

Finalmente comprendí por qué había hablado por teléfono con tanta familiaridad.

Evelyn todavía intentaba permanecer cerca de él.

Pero aquello ya no era problema mío.

—Entonces deberías resolverlo con Adrian.

Volví al informe.

—Yo tengo marido.

Evelyn permaneció allí unos segundos antes de marcharse.


Dos días después, el abuelo de Adrian despertó.

Lo primero que hizo fue pedir verme.

Cuando entré, tomó mi mano.

—Tu abuelo siempre presumía de ti.

Sonreí.

—Él exagera.

—No.

El anciano miró hacia Adrian, que estaba junto a la ventana.

—El que se equivocó fue mi nieto.

Adrian apretó la mandíbula.

—Abuelo…

—Hace diez años dejaste marchar a una buena mujer por una mentira.

El anciano señaló las estrellas de su uniforme.

—Puedes convertirte en general, Adrian. Pero ningún rango devuelve lo que uno destruyó con sus propias manos.

Adrian no respondió.

Yo tampoco.

No necesitaba verlo arrepentido.

Ya no quería ninguna reparación.

Había construido una vida donde él no existía.

Cuando abandoné la habitación, Adrian me siguió.

—Mia.

Me detuve.

—Solo una pregunta.

Sus ojos estaban rojos.

—Si aquella noche hubiera elegido diferente… ¿habríamos terminado juntos?

Pensé en Daniel.

En nuestra hija.

En los diez años que habían convertido a aquella médica humillada en la mujer que era ahora.

—Quizá.

Adrian tragó saliva.

Entonces sonreí suavemente.

—Pero menos mal que no lo hiciste.

Al final del pasillo, Daniel esperaba con nuestra hija.

Caminé hacia ellos sin volver la cabeza.

Diez años atrás, Adrian Gu me había elegido perder.

Diez años después, finalmente comprendió el precio.

Pero para entonces…

yo ya había ganado una vida mucho mejor que cualquier futuro que hubiera podido tener a su lado.

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