PARTE 2: EL GENERAL LLEGÓ ANTES QUE EL ESPOSO

Cuando las puertas de la ambulancia se cerraron, la paramédica marcó el número que Mariana había alcanzado a pronunciar entre sus últimas fuerzas.

—¿General Arturo Ríos?

La voz del otro lado respondió con firmeza.

—Sí. ¿Quién habla?

—Soy paramédica del ERUM. Su hija Mariana acaba de ser trasladada al Hospital Militar Central. Presenta un probable desprendimiento de placenta. Está entrando a cirugía de emergencia.

Durante dos segundos no hubo respuesta.

Solo un silencio tan pesado que incluso la paramédica dejó de respirar.

Entonces la voz cambió por completo.

—Voy para allá. No permitan que nadie tome decisiones médicas hasta que llegue.

La llamada terminó.


Mientras tanto, Diego levantaba una copa de vino en el elegante salón donde Lourdes celebraba su cumpleaños número sesenta y cinco.

Los mariachis cantaban.

Los invitados aplaudían.

Su madre sonreía orgullosa.

—Sabía que no ibas a dejarme plantada por otro de los dramas de tu esposa.

Diego sonrió.

—Solo eran nervios del embarazo.

Todos rieron.

Nadie imaginaba que, en ese mismo instante, un equipo de obstetras luchaba por salvar dos vidas.


En el hospital, las luces del quirófano permanecieron encendidas durante casi dos horas.

La presión de Mariana seguía cayendo.

El monitor fetal comenzó a emitir sonidos irregulares.

—¡Tenemos que sacar al bebé ya! —ordenó la doctora Camila Barrera.

Los cirujanos trabajaban sin levantar la vista.

Una enfermera abrió la puerta de golpe.

—Doctora… acaba de llegar el General Arturo Ríos.

Camila respiró con alivio.

Conocía ese apellido.

Y conocía el enorme respeto que inspiraba aquel hombre.


Cinco minutos después, un convoy militar se detuvo frente al hospital.

Dos vehículos tácticos.

Una camioneta negra oficial.

Varios elementos descendieron primero para asegurar la entrada.

No venían por un operativo.

Venían por la hija del hombre que había dedicado cuarenta años al Ejército Mexicano.

Arturo Ríos caminó sin correr.

Pero todos se apartaban a su paso.

Su uniforme impecable contrastaba con el miedo que escondían sus ojos.

—¿Dónde está mi hija?

La doctora salió inmediatamente.

—General… estamos haciendo todo lo posible.

—¿Y el esposo?

Camila bajó la mirada.

—No ha aparecido.

El rostro del general se endureció.

—Entiendo.

Solo dijo esas dos palabras.

Pero todos supieron que aquel detalle no sería olvidado.


Tres horas después.

El llanto de un recién nacido rompió el silencio del quirófano.

Una enfermera sonrió por primera vez en toda la noche.

—Es niño.

El bebé respiraba.

Mariana también.

Aunque seguía inconsciente.

La cirugía había logrado detener la hemorragia apenas a tiempo.

Camila salió para informar.

—General…

Él se levantó de inmediato.

—Su hija vivirá.

Los hombros del militar descendieron por primera vez.

—¿Y mi nieto?

—También.

Arturo cerró los ojos unos segundos.

Después dio una sola orden a uno de los oficiales que lo acompañaban.

—Nadie entra a verlos sin autorización expresa de la familia.

—Sí, mi General.


A la mañana siguiente, Diego despertó con resaca.

Tenía más de treinta llamadas perdidas.

Varias provenían de números desconocidos.

Una era del hospital.

Otra del 911.

Otra de un vecino.

Su sonrisa desapareció.

Marcó inmediatamente.

La doctora respondió con una frialdad absoluta.

—Señor Santillán… su esposa estuvo a punto de morir anoche.

El teléfono casi se le cayó de las manos.

—¿Qué?

—Llegó con un desprendimiento de placenta y una hemorragia severa.

Diego sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—Voy para allá.

—Puede intentarlo.

La llamada terminó.

No entendió aquella última frase hasta que dos días después condujo apresuradamente hacia el hospital para recoger a su esposa y conocer por fin a su hijo.

Pero al doblar la esquina principal, frenó de golpe.

La entrada estaba completamente custodiada.

Había soldados armados.

Vallas de seguridad.

Y un capitán revisando la identidad de cada persona que intentaba ingresar.

Diego bajó del coche confundido.

—Vengo por mi esposa y mi hijo.

El militar tomó su identificación, la revisó durante unos segundos y habló por el radio.

La respuesta llegó casi de inmediato.

El capitán devolvió lentamente la credencial.

Luego dio un paso al frente.

—Por orden directa del General Arturo Ríos…

Su siguiente frase dejó a Diego completamente paralizado.

Usted tiene estrictamente prohibido acercarse a la señora Mariana Ríos o a su hijo hasta nuevo aviso.

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