PARTE 2: EL GENERAL ENTRÓ SIN PEDIR PERMISO

Valeria sintió que el mundo se detenía.

No por el dolor del parto.

No por el cansancio que le recorría cada músculo.

Sino por el anillo.

Era el anillo de bodas que pertenecía a la familia Salvatierra desde hacía tres generaciones.

Gerardo se lo había quitado del dedo apenas unas horas antes.

—Ya no lo necesitas —le dijo mientras la empujaba hacia la puerta de la casa.

Ahora brillaba en la mano de otra mujer.

La rubia sonrió con una confianza insultante.

—Hola, Valeria. Espero que no te moleste que haya venido.

Valeria bajó la mirada hacia su hija, dormida entre las mantas.

No respondió.

Gerardo interpretó aquel silencio como una derrota.

—Vine para dejar las cosas claras.

Sacó una carpeta del portafolio que llevaba bajo el brazo.

—Ya hablé con mi abogado. En cuanto te den de alta iniciaremos el divorcio.

La enfermera que acomodaba el suero levantó la vista, incómoda.

—Señor, este no es el momento…

—Sí lo es.

Gerardo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Y también quiero resolver el tema de la custodia.

Valeria levantó lentamente la cabeza.

—¿Custodia?

—Una militar no puede criar a una niña.

La mujer rubia asintió enseguida.

—Una bebé necesita estabilidad.

Valeria observó a ambos durante unos segundos.

Después habló con una serenidad que desconcertó a todos.

—¿Ya terminaron?

Gerardo frunció el ceño.

Esperaba gritos.

Lágrimas.

Súplicas.

No aquella calma.

—No entiendes la gravedad de la situación.

—La entiendo perfectamente.

Tomó con cuidado la mano diminuta de su hija.

—Lo único que todavía no entiendo es cómo pudiste traer a tu amante a la habitación donde acaba de nacer tu hija.

La rubia cruzó los brazos.

—No soy ninguna amante.

Valeria la miró por primera vez.

—Entonces llegaste muy rápido para ser solo una amiga.

Gerardo golpeó la carpeta con la palma.

—¡Basta!

Su voz atrajo la atención de varias personas en el pasillo.

—No vuelvas a faltarle al respeto a Daniela.

Valeria sonrió con tristeza.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Hace unas horas yo era tu esposa.

Ahora soy yo quien falta al respeto.

Antes de que Gerardo pudiera responder, alguien llamó suavemente a la puerta.

Una enfermera apareció.

—Disculpen… necesitamos unos minutos para revisar a la paciente.

—Esperaremos aquí mismo —respondió Gerardo con arrogancia.

La enfermera dudó.

—Es que…

No terminó la frase.

Detrás de ella apareció un hombre de cabello completamente canoso, uniforme impecable y varias condecoraciones sobre el pecho.

Todo el personal del pasillo adoptó inmediatamente una postura firme.

La enfermera dio un paso atrás.

El hombre entró sin prisa.

Su sola presencia cambió el ambiente de la habitación.

Gerardo apenas levantó la vista.

Pensó que sería algún directivo del hospital.

El militar caminó directamente hasta la cama de Valeria.

Se detuvo frente a ella.

Luego llevó la mano derecha a la visera de su gorra.

Y realizó un saludo militar perfecto.

—Mi coronel.

La habitación quedó completamente en silencio.

Gerardo parpadeó.

—¿Perdón?

El hombre sonrió con respeto.

—Coronel Valeria Alcázar, recibí la noticia del nacimiento de su hija hace unos minutos. Vine en representación del Estado Mayor para felicitarla personalmente.

La enfermera observaba la escena con evidente admiración.

Gerardo sintió un vacío en el estómago.

—¿Coronel?

El oficial se volvió lentamente hacia él.

—¿Usted es el señor Gerardo Salvatierra?

—Sí…

—Mucho gusto.

Extendió la mano.

—Soy el general Ignacio Robles.

Gerardo respondió al saludo por simple reflejo.

No entendía nada.

El general volvió la vista hacia Valeria.

—Mi coronel, el secretario de la Defensa también envió sus felicitaciones. Me pidió informarle que su nombramiento quedó firmado esta mañana y que su ascenso se hará oficial en cuanto concluya su licencia de maternidad.

Daniela perdió completamente la sonrisa.

Gerardo sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

Pero lo que terminó de borrar el color de su rostro fue cuando el general observó a la recién nacida y dijo con una calidez inesperada:

—Por cierto… el señor Esteban Alcázar hablaba todos los días de esta pequeña. Antes de fallecer nos pidió personalmente que, si algún día usted o su hija necesitaban protección, jamás las dejáramos solas.

Entonces el general sacó un sobre con el sello oficial del Gobierno Federal.

Lo dejó sobre la mesa.

Y las primeras palabras escritas en el frente hicieron que Valeria comprendiera que su abuelo había previsto aquella traición mucho antes de morir.

“Abrir únicamente si Gerardo alguna vez te abandona.”

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