Chaolu sintió que el salón entero se inclinaba bajo sus pies.
Miró al hombre que permanecía a su lado.
Después al joven que descendía lentamente por la escalera.
Mismo rostro.
Misma altura.
Mismos ojos oscuros.
Pero no la misma mirada.
El hombre del balcón sonreía con una calma cruel, como si hubiera esperado durante años aquel momento.
El otro, el que había mostrado el video de su madre, parecía incapaz de sostenerle la mirada.
Chaolu retrocedió.
—No entiendo.
El desconocido llegó al último escalón.
—Es sencillo —dijo—. Él se llama Gu Yihan. Yo soy Gu Yichen.
El nombre cayó sobre la sala como una piedra.
Chaolu volvió a mirar al hombre que estaba junto a ella.
—¿Yihan?
Él cerró los ojos.
—Sí.
El pecho de Chaolu se contrajo.
—¿Entonces durante estos tres años…?
El verdadero Yichen levantó una mano.
—Durante esos tres años estuviste conmigo.
Yihan se giró hacia él.
—No mientas.
—¿Mentir? —Yichen sonrió—. Tú apareciste después del accidente. Antes de eso, Chaolu me conocía a mí.
Chaolu negó con desesperación.
—No. El hombre al que cuidé después del accidente estaba conmigo desde mucho antes.
—Eso fue lo que te hicieron creer —respondió Yichen.
El presidente Shen golpeó su bastón contra el suelo.
—Quiero una explicación completa.
Nadie se atrevió a hablar.
Meilin fue la primera en reaccionar.
—Esto no cambia nada. El compromiso sigue vigente.
Yichen la miró con desprecio.
—Nunca hubo compromiso.
—Nuestras familias lo anunciaron.
—Tu familia lo anunció. La mía guardó silencio porque necesitaba tu dinero.
Meilin palideció.
La madre de Yichen, sentada junto a los demás miembros de la familia Gu, se levantó bruscamente.
—¡Basta!
Todos se volvieron hacia ella.
La señora Gu era una mujer elegante, de cabello perfectamente recogido y rostro severo.
Durante toda la escena había permanecido en silencio.
Ahora sus manos temblaban.
—No permitiré que destruyan el nombre de esta familia delante de extraños.
El presidente Shen la miró con frialdad.
—¿Extraños?
Señaló a Chaolu.
—La joven que ustedes intentaron engañar es mi nieta.
La señora Gu apretó los labios.
—No existe ninguna prueba definitiva.
El anciano levantó la carpeta con los resultados genéticos.
—La prueba se realizó en tres laboratorios distintos.
—Los documentos pueden falsificarse.
—Entonces explíquenos el dinero robado de la cuenta de su madre.
La expresión de la señora Gu cambió.
Chaolu lo vio.
No fue sorpresa.
Fue miedo.
El presidente Shen continuó:
—Durante más de veinte años, la señora Lin dejó fondos protegidos para su hija. Ese dinero fue retirado en pequeñas cantidades mediante empresas relacionadas con la familia Gu.
El anciano dejó varias hojas sobre la mesa.
—Las firmas de autorización llevan su nombre.
La señora Gu miró los documentos.
—Yo solo administraba esos fondos.
—No tenía derecho a tocarlos.
—Su hija había desaparecido.
—Mi hija estaba huyendo de usted.
El salón quedó en silencio.
Chaolu miró al presidente Shen.
—¿De ella?
El anciano asintió lentamente.
—Tu madre descubrió algo sobre la familia Gu la noche del incendio.
Yichen y Yihan se miraron.
Por primera vez, ambos parecieron asustados.
Chaolu sintió un escalofrío.
—¿Qué descubrió?
El presidente Shen abrió otra carpeta.
Dentro había fotografías del incendio.
La residencia Shen destruida.
Un automóvil quemado.
Varias personas cubiertas con mantas.
Y, entre ellas, la madre de Chaolu cargando a un niño pequeño.
—Durante años creímos que el incendio había sido un accidente —explicó—. Pero tu madre encontró pruebas de que alguien lo provocó para matar a mi hija.
Chaolu sintió que le faltaba el aire.
—¿Mi abuela?
—Tu madre era mi hija —corrigió el anciano—. La mujer que te crió trabajaba para nuestra familia y te protegió como si fueras su propia hija.
Chaolu parpadeó.
—¿La mujer del video no es mi madre?
—Es la mujer que te crió. Tu madre biológica murió la noche del incendio.
El golpe fue tan fuerte que tuvo que sujetarse a la mesa.
Durante toda su vida había creído que aquella mujer era su madre.
La había amado.
La había acompañado en el hospital.
Había llorado durante cinco años creyendo que estaba muerta.
Y ahora descubría que no solo seguía viva.
También había guardado un secreto sobre su nacimiento.
Yihan dio un paso hacia ella.
—Chaolu…
Ella levantó una mano.
—No me toques.
Él se detuvo.
—Déjenme entender.
Su voz temblaba.
—La mujer que aparece en el video me crió, pero no es mi madre biológica.
El presidente Shen asintió.
—Su nombre es Lin Mei.
—¿Y mi verdadera madre?
El anciano bajó la mirada.
—Murió protegiéndote.
Chaolu apretó los puños.
—¿Quién provocó el incendio?
Nadie respondió.
Entonces el verdadero Yichen habló desde el centro de la sala.
—Mi padre.
La señora Gu lanzó un grito.
—¡Cállate!
Yichen la miró.
—Ya no voy a hacerlo.
La madre avanzó hacia él.
—No sabes lo que dices.
—Lo sé desde que tenía dieciséis años.
El presidente Shen se volvió hacia él.
—Continúa.
Yichen respiró hondo.
—Mi padre debía millones al grupo Shen. Temía perder la compañía. Tu hija —dijo mirando al anciano— descubrió que él desviaba fondos mediante empresas falsas.
La señora Gu negó.
—Esa mujer intentaba destruirnos.
—Intentaba denunciar un delito —respondió Yichen.
—¡Éramos una familia!
—No. Éramos personas aterrorizadas por él.
Yihan permanecía inmóvil.
Chaolu lo miró.
—¿Tú también lo sabías?
Yihan bajó la cabeza.
—No todo.
—¿Qué parte sí sabías?
—Sabía que tu madre adoptiva estaba viva.
Chaolu sintió una punzada de rabia.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años.
—¿Desde antes de conocerme?
—Sí.
La respuesta destrozó la última esperanza que conservaba.
—Entonces te acercaste a mí por ella.
—Al principio.
Chaolu soltó una risa rota.
—Al principio.
Aquellas dos palabras parecían repetirse en todas las traiciones.
Al principio fue un plan.
Después me enamoré.
Al principio te mentí.
Después quise protegerte.
Yihan continuó:
—Mi padre había muerto, pero mi madre y varios directivos todavía buscaban los documentos que Lin Mei había escondido. Creían que tú sabías dónde estaban.
—Yo no sabía nada.
—Lo sé.
—Pero fingiste no tener familia.
—Sí.
—Fingiste no tener dinero.
—Sí.
—Dejaste que trabajara horas extra para pagar tu tratamiento.
Yihan cerró los ojos.
—No podía tocar las cuentas de la familia sin revelar dónde estaba.
—Podías decirme la verdad.
—Tu madre adoptiva estaba vigilada.
Chaolu señaló el teléfono.
—¿Y ese video?
—Lo grabé hace dos semanas.
—¿Dos semanas?
—La encontré en una propiedad de la familia Gu fuera de la ciudad.
El presidente Shen se acercó.
—¿Dónde está ahora?
Yihan miró hacia la señora Gu.
—Ella lo sabe.
Todos se volvieron hacia la mujer.
Su rostro había perdido toda arrogancia.
—No tengo idea de qué está hablando.
Yichen soltó una carcajada seca.
—Mamá, el automóvil que la trasladó está registrado a nombre de tu asistente.
—Cualquiera pudo usarlo.
—También encontramos pagos a los hombres que la custodiaban.
El abogado del presidente Shen tomó nota rápidamente.
La señora Gu miró a Meilin.
—Di algo.
Meilin retrocedió.
—Yo no tengo nada que ver con eso.
Yihan la señaló.
—Tú llevaste a Chaolu hasta aquí para obligarla a firmar.
—Porque era lo acordado.
—¿Acordado con quién?
Meilin miró a la señora Gu.
Aquella reacción fue suficiente.
El presidente Shen levantó la mano.
Los miembros de seguridad se acercaron a ambas mujeres.
—Nadie saldrá de esta residencia hasta que sepamos dónde está Lin Mei.
La señora Gu sonrió con desprecio.
—No puede retenernos.
El anciano sacó su teléfono.
—La policía ya está en camino.
Meilin palideció.
—¿Policía?
—Secuestro, extorsión, apropiación de fondos y falsificación de documentos —enumeró el abogado—. Hay más que suficiente para una investigación inmediata.
La señora Gu se volvió hacia Yihan.
—Todo esto es culpa tuya.
—No.
Él miró a Chaolu.
—Es culpa mía haber tardado tanto en decir la verdad.
Yichen soltó una risa.
—Qué noble.
Yihan se giró hacia su hermano.
—Tú no tienes derecho a hablar.
—¿Por qué? ¿Porque fui más honesto sobre lo que quería?
—Querías casarte con ella para controlar el grupo Shen.
—Y tú te acercaste a ella para encontrar documentos.
—Yo cambié.
Yichen sonrió.
—Eso dices ahora que descubrió quién es.
Chaolu los observó.
Dos hombres con el mismo rostro.
Uno afirmaba haberla amado durante tres años.
El otro decía que había ocupado su lugar antes del accidente.
Ambos habían mentido.
Ambos conocían partes de su pasado.
Ambos habían decidido qué verdad podía soportar.
—Basta —dijo.
No levantó la voz.
Aun así, todos callaron.
Chaolu miró primero a Yihan.
—Dices que te obligaron a fingir el compromiso con Meilin.
—Sí.
—Pero cuando ella me humilló, guardaste silencio.
—Tenía miedo de que trasladaran a Lin Mei.
—Siempre tienes una razón.
Yihan palideció.
Después miró a Yichen.
—Y tú dices que fuiste quien estuvo conmigo primero.
—Es la verdad.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis meses.
Chaolu frunció el ceño.
—Yo habría notado el cambio.
Yichen se acercó.
—Tuve el accidente.
—Yihan tuvo el accidente.
—No.
El salón quedó otra vez en silencio.
Yichen miró a su hermano.
—Yo fui quien se accidentó.
Yihan apretó la mandíbula.
Chaolu sintió frío.
—Explíquenlo.
Yichen metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña medalla de madera.
Chaolu la reconoció.
Ella misma la había tallado tres años atrás para el hombre que amaba.
En la parte posterior había grabado una frase:
“Vuelve siempre a mí.”
Yichen la sostuvo frente a ella.
—Me la diste una semana antes del accidente.
Chaolu retrocedió.
—¿Cómo la tienes?
—Porque era yo quien estaba contigo.
Yihan dio un paso.
—La robaste de mis cosas.
Yichen se abrió la camisa y mostró una cicatriz larga cerca del hombro.
—También robé esto, supongo.
Chaolu recordó haber limpiado esa herida.
Pero después del accidente.
No antes.
—No entiendo.
Yichen señaló a Yihan.
—Después del choque, estuve inconsciente durante casi cuatro meses. Mi familia te dijo que necesitaba aislamiento para recuperarme.
Chaolu recordó aquel periodo.
Las llamadas bloqueadas.
Los mensajes respondidos con frases breves.
El hombre que regresó más callado.
Más frío.
Con lagunas de memoria que atribuyó al trauma.
—Cuando regresaste… —susurró— no eras Yichen.
Yihan cerró los ojos.
—Era yo.
El corazón de Chaolu se detuvo.
—¿Por qué?
Yichen respondió:
—Porque nuestra madre necesitaba saber qué información te había dado Lin Mei. Pensó que yo te había contado algo antes del accidente.
La señora Gu gritó:
—¡No fue así!
Yihan levantó la voz por primera vez.
—Sí fue así.
Su madre lo miró con odio.
—Te salvé.
—Me convertiste en él.
Chaolu sintió náuseas.
—¿Te obligaron a ocupar su lugar?
—Al principio —respondió Yihan—. Después…
—Después te quedaste.
Él la miró.
—Me enamoré de ti.
Chaolu se rio con incredulidad.
—Te enamoraste de mí mientras llevabas el nombre de otro hombre.
—No sabía cómo detenerlo.
—Podías decirme quién eras cualquier día.
—Si lo hacía, mi madre habría sabido que ya no podía controlarme.
—Entonces preferiste controlarme tú.
Yihan no respondió.
Yichen se acercó un poco más.
—Chaolu, yo jamás habría permitido que esto ocurriera.
Ella lo miró.
—Pero sabías que tu familia buscaba mi herencia.
—Lo descubrí después de despertar.
—¿Y qué hiciste?
—Me escondí.
—¿Durante casi tres años?
—Estaba reuniendo pruebas.
—¿Y por qué apareces justo hoy?
Yichen miró la carpeta de herencia.
—Porque ahora ya no pueden ocultar quién eres.
Chaolu sintió que algo dentro de ella se endurecía.
—También tú esperaste hasta que supiste cuánto valía.
—No es así.
—¿Entonces por qué no me buscaste antes?
Yichen abrió la boca.
No respondió.
El silencio volvió a decirlo todo.
Chaolu se alejó de ambos.
—Ninguno de ustedes me amó lo suficiente como para decirme la verdad.
Yihan dio un paso desesperado.
—Yo sí te amo.
—Amabas que dependiera de ti.
—No.
—Permitiste que creyera que te había salvado. Permitiste que rechazara una beca. Permitiste que trabajara hasta enfermarme.
—Quería quedarme contigo.
—No. Querías que yo me quedara contigo.
La diferencia lo dejó sin palabras.
Sirenas sonaron a lo lejos.
La señora Gu miró hacia las ventanas.
Meilin comenzó a temblar.
—No pueden arrestarme. Yo no hice nada.
El abogado tomó el falso contrato de deuda.
—Este documento fue preparado por su asistente y presentado por usted.
—Solo seguía órdenes.
—¿De quién?
Meilin miró a la señora Gu.
La mujer negó con la cabeza.
—No te atrevas.
Meilin comenzó a llorar.
—Ella me prometió que me casaría con Yichen si ayudaba a conseguir la firma de Chaolu.
La señora Gu avanzó hacia ella.
—¡Mentirosa!
Los guardias se interpusieron.
—También dijo que, después de la boda, Chaolu sería declarada incapaz de administrar las acciones —continuó Meilin—. Usarían los informes de su madre para decir que tenía problemas mentales hereditarios.
Chaolu sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué informes?
El presidente Shen abrió otra carpeta.
Dentro había diagnósticos falsos preparados a su nombre.
Ansiedad severa.
Paranoia.
Inestabilidad emocional.
Incapacidad para tomar decisiones financieras.
—Pensaban encerrarme —susurró.
Yihan bajó la mirada.
Chaolu lo vio.
—Tú sabías esto.
—Encontré los informes hace una semana.
—¿Y no me lo dijiste?
—Necesitaba saber dónde tenían a Lin Mei antes de enfrentar a mi familia.
—Otra vez decidiste qué verdad podía conocer.
Las sirenas se detuvieron frente a la mansión.
Varios agentes entraron acompañados por investigadores financieros.
El presidente Shen entregó las carpetas.
La señora Gu intentó retirarse.
—Necesito llamar a mi abogado.
—Podrá hacerlo en la comisaría —respondió uno de los agentes.
Meilin comenzó a sollozar.
—Yo no sabía que iban a hacerle daño.
Chaolu la miró.
—Querías quitarme todo.
—Solo quería casarme con Yichen.
—Querías un apellido.
—Lo amaba.
Chaolu señaló a los gemelos.
—Ni siquiera sabías cuál de los dos era.
Meilin se quedó inmóvil.
El verdadero Yichen soltó una risa breve.
—Ella sí lo sabía.
Todos lo miraron.
Yichen levantó su manga.
En su muñeca había una marca de nacimiento oscura.
—Meilin sabía que yo no era el hombre que vivía con Chaolu.
Chaolu se volvió hacia ella.
—¿Desde cuándo?
Meilin lloraba.
—Desde el principio.
—¿Y aun así fingiste que Yihan era Yichen delante de mí?
—La señora Gu dijo que era necesario.
Yihan la miró con furia.
—Tú ayudaste a mantener la mentira.
—Porque tú nunca ibas a casarte conmigo.
—No te debía un matrimonio.
—¡Tu familia lo prometió!
—Yo no soy una propiedad.
Chaolu lo observó.
La ironía era insoportable.
Él reclamaba el derecho a no pertenecerle a nadie después de haber vivido tres años bajo la identidad de su hermano.
Los agentes comenzaron a escoltar a la señora Gu y a Meilin hacia la salida.
Antes de marcharse, la madre se detuvo frente a sus hijos.
—Todo lo hice por ustedes.
Yichen la miró con frialdad.
—No. Lo hiciste porque no soportabas perder el control.
Yihan no dijo nada.
La mujer volvió la mirada hacia Chaolu.
—No creas que has ganado.
Chaolu sostuvo su mirada.
—No estoy compitiendo con usted.
Los agentes se la llevaron.
Poco después, uno de los investigadores recibió una llamada.
Se acercó al presidente Shen y le habló en voz baja.
El anciano palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Chaolu.
—Encontraron la propiedad donde estaba Lin Mei.
—¿Está viva?
—Sí.
Chaolu sintió que las rodillas le fallaban.
—¿Puedo verla?
—La trasladarán a un hospital.
El presidente Shen sostuvo su brazo.
—Te llevaré.
Yihan se acercó.
—Voy contigo.
Chaolu negó.
—No.
Él se quedó inmóvil.
—Chaolu…
—Necesito verla sin más mentiras a mi alrededor.
Yichen dio un paso.
—Entonces iré yo.
Ella lo miró.
—Tú tampoco.
Los dos hermanos permanecieron en silencio.
Chaolu tomó la fotografía antigua, la prueba genética y el documento de herencia.
Después caminó hacia la salida junto al presidente Shen.
Antes de cruzar la puerta, se volvió.
—No sé cuál de ustedes fue el hombre que amé.
Yihan palideció.
Yichen bajó la mirada.
—Pero sé que ninguno confió en mí lo suficiente para decirme la verdad.
Abandonó la mansión sin esperar respuesta.
En el hospital, Lin Mei estaba más delgada de lo que Chaolu recordaba.
Tenía el cabello blanco y marcas oscuras alrededor de las muñecas.
Cuando la vio entrar, comenzó a llorar.
—Mi niña.
Chaolu se quedó junto a la puerta.
Durante cinco años había llorado ante una tumba vacía.
Había hablado con una fotografía.
Había aprendido a vivir creyendo que jamás volvería a escuchar aquella voz.
Ahora la mujer estaba frente a ella.
Viva.
Pero rodeada de secretos.
—¿Por qué no me dijiste quién era?
Lin Mei cerró los ojos.
—Quería protegerte.
Chaolu soltó una risa triste.
—Todos dicen lo mismo.
La mujer comenzó a llorar.
—Tu madre murió entregándote en mis brazos. Me hizo prometer que te llevaría lejos.
—¿Por qué regresamos?
—Porque pensé que el peligro había terminado.
—No había terminado.
—No.
Chaolu se sentó junto a la cama.
—¿Sabías que Yihan fingía ser Yichen?
Lin Mei abrió los ojos.
—No al principio.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Poco antes de desaparecer.
Chaolu apretó los labios.
—¿Y no me dijiste nada?
—La familia Gu me vigilaba. Amenazaron con matarte.
—¿Meilin sabía dónde estabas?
—Venía algunas veces.
Aquella revelación no la sorprendió.
Ya nada podía sorprenderla.
—¿Y los gemelos?
Lin Mei respiró con dificultad.
—Yichen fue el primero en acercarse a ti. Pero antes del accidente había descubierto algo sobre el incendio. Intentó sacar los documentos de la mansión.
—¿Por eso ocurrió el choque?
—No fue un accidente.
Chaolu se quedó inmóvil.
—¿Intentaron matarlo?
—Sí.
—¿Quién?
Lin Mei miró hacia la puerta.
—Su propia madre.
Un escalofrío recorrió a Chaolu.
—Entonces Yihan ocupó su lugar porque creían que Yichen moriría.
—Exactamente.
—¿Y cuando sobrevivió?
—Lo mantuvieron oculto. Él escapó años después.
Chaolu pensó en el verdadero Yichen.
En su aparición teatral.
En las respuestas incompletas.
—¿Puedo confiar en él?
Lin Mei guardó silencio demasiado tiempo.
—No lo sé.
—¿Y en Yihan?
—Tampoco.
Chaolu sintió una tristeza profunda.
La mujer tomó su mano.
—Pero puedes confiar en ti.
Aquella noche, Chaolu permaneció junto a Lin Mei hasta que se durmió.
El presidente Shen esperaba en el pasillo.
—He preparado una habitación en mi casa —dijo—. Ambas pueden quedarse conmigo.
Chaolu negó suavemente.
—No quiero volver a depender de una familia que apenas conozco.
El anciano recibió la respuesta sin enfadarse.
—Lo entiendo.
—Necesito tiempo.
—Tendrás todo el que quieras.
—Y quiero revisar cada documento de la herencia antes de aceptar nada.
El presidente Shen sonrió con tristeza.
—Eres igual que tu madre.
—No sé nada de ella.
—Entonces te lo contaré cuando estés preparada.
En las semanas siguientes, la investigación desmanteló la red de empresas falsas de la familia Gu.
La señora Gu fue acusada de secuestro, fraude, falsificación y conspiración por el intento de homicidio de su propio hijo.
Meilin colaboró con las autoridades para reducir su condena.
Entregó grabaciones, mensajes y documentos.
En uno de los audios, la señora Gu le explicaba cómo provocar una crisis pública para que Chaolu firmara el contrato.
En otro, ordenaba trasladar a Lin Mei cada vez que Yihan hacía demasiadas preguntas.
Yihan también fue investigado.
Aunque había participado en la suplantación de identidad, entregó pruebas y ayudó a localizar a Lin Mei.
Yichen presentó documentos sobre el incendio y el sabotaje del automóvil.
Ambos quedaron libres mientras continuaba el proceso.
Pero Chaolu no recibió a ninguno.
Se mudó con Lin Mei a un apartamento pequeño cerca del hospital.
No utilizó la fortuna Shen.
No aceptó los automóviles ni el personal que el presidente quería ofrecerle.
Continuó trabajando en su negocio.
Por primera vez, lo hizo sabiendo que no debía nada a la familia Gu.
Tres meses después, Yihan apareció frente a su tienda.
No llevaba traje.
Tampoco el reloj de la familia.
Tenía el aspecto sencillo del hombre que Chaolu había conocido.
Pero ella ya sabía que aquella sencillez también había sido una máscara.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Solo necesito entregarte algo.
Sacó una caja.
Era el reloj que Chaolu había dejado en la mansión.
—No lo quiero.
—Lo sé.
Abrió la caja.
Debajo del reloj había varias cartas.
—Las escribí durante estos tres años.
Chaolu lo miró.
—¿Con qué nombre?
Yihan bajó la vista.
—Con el mío.
Ella tomó las cartas.
No porque quisiera perdonarlo.
Sino porque necesitaba saber quién había vivido a su lado.
—No esperes una respuesta.
—No lo haré.

Yihan respiró hondo.
—Lo que sentí por ti fue real.
—Tal vez.
—¿Tal vez?
—Tú mismo ya no sabes qué parte de tu vida era tuya y cuál pertenecía a tu hermano.
La frase lo golpeó.
—Estoy intentando descubrirlo.
—Hazlo lejos de mí.
Yihan asintió.
Antes de irse, se detuvo.
—Yichen también vendrá.
—No abriré la puerta.
—No viene por ti.
Chaolu frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué?
—Porque encontró un último documento de tu madre.
El verdadero Yichen apareció aquella misma noche.
Chaolu estuvo a punto de no recibirlo.
Pero mencionó una carta escrita antes del incendio.
Se sentaron en la parte trasera de la tienda.
Yichen dejó un sobre sobre la mesa.
—Estaba escondido dentro de la medalla que me diste.
Chaolu lo miró.
—¿Mi madre te conocía?
—No.
—Entonces ¿cómo llegó ahí?
—Lin Mei la escondió antes del accidente. Sabía que mi familia registraría sus pertenencias, pero no las mías.
Chaolu abrió el sobre.
Dentro había una carta escrita por su madre biológica.
“No confíes en el heredero Gu que se acerque a ti.”
Chaolu levantó la vista.
Yichen no se movió.
Continuó leyendo.
“La familia tiene dos hijos idénticos. Uno fue criado para obedecer. El otro, para mentir. Pero ambos son víctimas del mismo crimen.”
Debajo había una última línea.
“El verdadero peligro no está en cuál de los dos te ame, sino en quién necesita que elijas.”
Chaolu dejó la carta sobre la mesa.
—¿Por qué me entregas esto?
Yichen sonrió con tristeza.
—Porque mi hermano y yo hemos pasado toda la vida intentando ganar cosas que nuestra madre colocaba entre nosotros.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que tú no eres una de esas cosas.
Se levantó.
—No voy a pedirte que me elijas.
Chaolu lo observó caminar hacia la puerta.
—Yichen.
Él se detuvo.
—¿Fuiste tú quien me regaló la medalla de jade en el mercado?
Yichen negó.
—Fue Yihan.
—¿Y quién me llevó bajo la lluvia aquella noche?
—Yo.
—¿Quién escribió las cartas que guardaba en el cajón?
—Yihan.
—¿Quién prometió regresar después del accidente?
Yichen bajó la mirada.
—Yo.
Chaolu sintió que el dolor se acomodaba dentro de ella de una forma nueva.
No había amado a un solo hombre.
Había amado fragmentos de dos vidas mezcladas por una mentira.
Y ninguno de aquellos fragmentos podía convertirse en un futuro sin antes sanar.
—Gracias por decir la verdad —susurró.
Yichen asintió.
—Es lo mínimo que debimos darte desde el principio.
Se marchó.
Chaolu cerró la tienda y regresó a casa.
Lin Mei dormía en el sofá con una manta sobre las piernas.
Sobre la mesa había documentos del grupo Shen, cartas de su madre y las confesiones de una familia que había intentado controlar su vida.
Chaolu apagó las luces.
No sabía si algún día perdonaría a Yihan.
No sabía si volvería a ver a Yichen.
Tampoco sabía qué lugar ocuparía dentro de la familia Shen.
Pero por primera vez, nadie podía decidir por ella.
Meilin había gritado que el hermano Gu le pertenecía.
Los gemelos habían luchado durante años por demostrar cuál tenía derecho a estar junto a Chaolu.
Sin embargo, todos habían olvidado una verdad muy sencilla:
Chaolu no era un premio.
No era una heredera que pudiera transferirse mediante un matrimonio.
No era una deuda.
No era una promesa entre familias.
Y no pertenecía a ninguno de los dos hermanos.
Después de una vida entera construida sobre identidades falsas, finalmente podía elegir quién quería ser.
Y esa vez, antes de elegir a cualquier hombre, se eligió a sí misma.