Olivia despertó con el olor penetrante del desinfectante y el pitido constante de un monitor cardíaco.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
Luego volvió el nombre.
Daniel.
Su hermano.
La palabra “murió” retumbó otra vez en su cabeza.
Se incorporó de golpe.
—No.
Una enfermera intentó sujetarla.
—Señorita Morgan, necesita descansar.
—¡Mi hermano no puede estar muerto!
La puerta de la habitación se abrió en ese instante.
Alexander Reed entró acompañado por dos hombres vestidos con traje oscuro.
Su uniforme militar impecable contrastaba con el cansancio de su rostro.
Había volado desde Washington apenas recibió la llamada.
Al verla consciente, caminó directamente hacia ella.
No intentó abrazarla.
Sabía que había dolores demasiado grandes para soportar un contacto inesperado.
—Llegué tan pronto como pude.
Olivia levantó la vista.
Por primera vez desde África, sintió que alguien había venido únicamente por ella.
—Dime que es mentira.
Alexander permaneció en silencio unos segundos.
—Todavía no puedo hacerlo.
Aquella respuesta fue peor que cualquier mentira piadosa.
Él colocó una carpeta sobre la cama.
—Pero hay algo que no encaja.
Olivia lo miró confundida.
Alexander abrió el expediente.
—La orden de liberación que envié fue aprobada hace cinco días.
Señaló la primera página.
—Sin embargo, la prisión asegura haberla recibido esta mañana.
Olivia frunció el ceño.
—Eso significa…
—Que alguien retrasó deliberadamente la entrega.
La habitación quedó en silencio.
Alexander continuó.
—He solicitado una investigación federal.
Quiero saber quién tuvo acceso a estos documentos durante el traslado.
Olivia apretó los puños.
Solo una persona conocía la existencia de aquella orden.
Ethan.
Él había insistido en preguntarle varias veces cuándo pensaba sacar a Daniel.
Incluso quiso fotografiar los documentos antes de que ella saliera hacia la prisión.
En ese momento, el director del penal apareció acompañado por un funcionario.
Llevaba una pequeña caja de cartón entre las manos.
—Encontramos esto entre las pertenencias del señor Daniel Morgan.
La dejó sobre la mesa.
Dentro había un reloj detenido.
Una fotografía familiar.
Una libreta.
Y un sobre dirigido exclusivamente a Olivia.
Las manos le temblaban tanto que apenas pudo abrirlo.
La carta estaba escrita con la caligrafía inconfundible de Daniel.
“Si estás leyendo esto, significa que llegaron demasiado tarde.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
“No fue un suicidio.”
Olivia dejó de respirar.
Alexander también fijó la vista en aquellas palabras.
“Llevo semanas diciendo que alguien intenta matarme lentamente.”
“Cambiaron mis medicamentos.”
“El médico de la prisión dejó de visitarme.”
“Y hace tres días escuché una conversación.”
Olivia siguió leyendo con el corazón desbocado.
“Un hombre elegante vino a verme.”
“Nunca dijo su nombre.”
“Solo preguntó cuánto tiempo faltaba para que mi hermana regresara de África.”
Alexander levantó lentamente la cabeza.
—¿Ethan sabía la fecha exacta de tu regreso?
Olivia respondió casi en un susurro.
—Sí.
La carta continuaba.
“Escuché que hablaban de una boda.”
“Decían que cuando Olivia volviera ya sería demasiado tarde para todo.”
“Después uno de ellos respondió algo que nunca olvidaré.”
Las siguientes palabras estaban escritas con tanta fuerza que el papel casi se había roto.
“Con el hermano muerto y la novia destruida, ella firmará cualquier cosa.”
Olivia dejó caer la carta.
Todo comenzó a adquirir sentido.
África nunca fue una misión solidaria.
Había sido una forma de alejarla.
La boda tampoco era un simple capricho de Chloe.
Era una distracción.
Mientras ella luchaba por sobrevivir a miles de kilómetros, alguien preparaba la muerte de Daniel y el robo definitivo de todo lo que quedaba de la familia Morgan.
Alexander tomó el teléfono inmediatamente.
—Quiero vigilancia para Olivia las veinticuatro horas.
También orden de preservación de todas las cámaras del penal.
Y nadie…
Absolutamente nadie…
…sale del país hasta que encontremos al hombre que visitó esta prisión.
Uno de los agentes entró corriendo sin llamar.
Su rostro estaba completamente pálido.
—Coronel Reed…
Alexander giró hacia él.
—¿Qué ocurrió?
El agente tragó saliva.

—Acabamos de identificar al visitante que habló con Daniel tres días antes de su muerte.
No era un desconocido.
Era Ethan Parker.
Y no fue solo.