PARTE 2: EL FUNERAL DE UNA MUJER VIVA

Arturo Belmonte no volvió a preguntar.

Durante más de treinta años había aprendido que las decisiones tomadas en medio de la rabia casi siempre beneficiaban al culpable.

Las que se tomaban con paciencia lo destruían para siempre.

Se inclinó sobre la cama de hospital.

—¿La bebé?

El médico respondió antes que Isabel.

—Está viva.

Los ojos de Isabel se llenaron de lágrimas por primera vez.

—¿Y…?

—Tendremos que adelantar el parto.

Las siguientes horas fueron una mezcla de quirófanos, luces blancas y voces que parecían llegar desde muy lejos.

Cuando volvió a despertar, una enfermera colocó una pequeña incubadora junto a su cama.

Dentro dormía una niña diminuta.

Con un gorrito rosa.

Y una fuerza que parecía imposible para un cuerpo tan pequeño.

Isabel apoyó la mano sobre el cristal.

—Hola…

La niña cerró lentamente su diminuta mano.

Como si la hubiera reconocido.


Dos días después, Arturo regresó acompañado por un equipo de abogados.

También venía un excomandante de investigación privada que llevaba más de veinte años trabajando para el grupo Belmonte.

Sobre la mesa colocó una carpeta.

—Rodrigo ya cobró el primer anticipo de la aseguradora.

Isabel levantó la vista.

—¿Tan rápido?

Arturo asintió.

—Presentó fotografías del lugar, testimonios preparados y denunció tu desaparición antes incluso de que las brigadas terminaran la búsqueda.

Otra hoja apareció sobre la mesa.

—También organizó un funeral.

Ella cerró los ojos.

Todo ocurría exactamente como él había planeado.


El excomandante tomó la palabra.

—Hay algo más.

Conectó una tableta.

En la pantalla apareció una imagen aérea del barranco.

—Los rescatistas recuperaron esto.

Amplió la fotografía.

Entre la nieve aparecía un teléfono celular destrozado.

Isabel sintió un vuelco en el pecho.

Era el suyo.

—Pensé que se había perdido.

El investigador negó lentamente.

—No del todo.

Sacó una pequeña bolsa de evidencia.

Dentro estaba la tarjeta de memoria.

—Los técnicos lograron recuperar parte de la información.

Arturo observó en silencio a su hija.

—¿Recuerdas que activaste la grabación automática?

Isabel abrió mucho los ojos.

El broche de emergencia.

Cada vez que enviaba una señal de auxilio también comenzaba a grabar audio.

Había olvidado por completo esa función.


El especialista reprodujo el archivo.

Al principio solo se escuchaba viento.

Después pasos sobre la nieve.

Respiraciones.

Y finalmente una voz.

La de Rodrigo.

Perfectamente clara.

“Cuando cobremos los cincuenta millones…”

Nadie habló.

Continuó la grabación.

“Nadie volverá a buscarte ni a ti ni a esa niña.”

Después se escuchó el empujón.

El golpe.

La caída.

Y la risa.

El silencio que siguió dentro de la habitación fue absoluto.

Arturo cerró lentamente el reproductor.

—Con esto basta para enviarlo a prisión.

Isabel negó con suavidad.

—Todavía no.

El investigador la miró sorprendido.

—¿Qué más necesita?

Ella respiró hondo.

—Que él crea que ganó.


Mientras tanto, en Ciudad de México, Rodrigo vivía exactamente como había imaginado.

Concedía entrevistas.

Recibía abrazos.

Aceptaba condolencias.

Todos hablaban del “trágico accidente”.

Jimena permanecía siempre a su lado.

Vestida de negro.

Llorando cuando había cámaras.

Sonriendo cuando nadie los observaba.

Una noche levantaron dos copas de vino.

—Brindemos.

Dijo Rodrigo.

—Por nuestra nueva vida.

Jimena sonrió.

—Y por esos cincuenta millones.

Chocaron las copas.

Sin saber que toda la conversación estaba siendo fotografiada desde el edificio de enfrente por el equipo de Arturo.


Cinco días después apareció el cuerpo de otra mujer en una zona cercana al barranco.

La identificación fue complicada.

La nieve.

El tiempo.

Y un bolso encontrado junto al cadáver.

Las autoridades concluyeron rápidamente que pertenecía a Isabel.

El funeral fue organizado para el sábado siguiente.

Rodrigo insistió en que fuera una ceremonia abierta.

Quería mostrarse devastado.

Quería convertirse en el viudo ejemplar.

Las cámaras de televisión anunciaron su presencia.

Empresarios.

Políticos.

Representantes de la aseguradora.

Todos confirmaron asistencia.

Arturo también.

Nadie sospechó nada.


La noche anterior al funeral, Arturo entró en la habitación donde Isabel sostenía a su hija.

—¿Estás segura?

Ella besó la frente de la pequeña.

—Más que nunca.

Él le entregó una caja.

Dentro había un vestido negro.

Muy sencillo.

Y un pequeño audífono.

—Todo está preparado.

Isabel sonrió por primera vez desde el acantilado.

—Entonces mañana terminamos esto.


A la mañana siguiente, la catedral estaba completamente llena.

Más de cuatrocientas personas ocupaban los bancos.

Rodrigo abrazaba a Jimena discretamente mientras recibía condolencias.

El sacerdote comenzaba a hablar cuando un asistente se acercó al altar.

Le entregó un pequeño sobre.

El sacerdote lo abrió.

Frunció el ceño.

Después levantó lentamente la vista hacia la puerta principal.

En ese mismo instante, las enormes puertas de la catedral comenzaron a abrirse.

Y lo primero que escucharon todos no fue una voz.

Fue el sonido de un bastón golpeando lentamente el piso de mármol.

Detrás de ese sonido, una mujer vestida de negro entró caminando muy despacio.

Con una cicatriz en el rostro.

Y una grabación en la mano que estaba a punto de cambiar para siempre la vida de Rodrigo.

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