PARTE 2 — EL FRASCO NO DEBÍA ESTAR ALLÍ

Mariana no sintió el teléfono resbalar entre sus dedos.

Lo sostuvo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Volvió a mirar la fotografía.

El frasco naranja.

El nombre de Emiliano.

La fecha de surtido.

No era una imagen borrosa ni un montaje improvisado. Se distinguía perfectamente la etiqueta de la farmacia y el número de expediente.

Arturo también la vio.

Su expresión cambió de inmediato.

—Amplía otra vez.

Mariana obedeció.

El padre acercó el rostro a la pantalla durante unos segundos.

—Ese medicamento se surtió hace cuatro días.

Ella lo miró confundida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque esa farmacia pertenece a una de nuestras clínicas.

Un silencio helado cayó entre ambos.

Arturo sacó su propio teléfono.

—Javier.

—¿Sí, licenciado?

—Necesito el historial completo de la receta número 87452. Ahora mismo.

—Deme un minuto.

Mariana seguía mirando la fotografía.

Había algo más.

Junto al frasco aparecía una pequeña bolsa térmica azul.

La reconoció inmediatamente.

Era la bolsa donde ella guardaba los medicamentos de Emiliano cuando salían de casa.

No podía estar en un hotel.

No tenía ningún sentido.

El teléfono de Arturo vibró.

Activó el altavoz.

—Licenciado, ya tengo la información.

—Habla.

—La receta fue entregada personalmente al señor Rodrigo Ferrer hace cuatro días. Firmó de recibido.

Mariana sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué?

—Tenemos la firma digital y las cámaras de la farmacia.

Arturo cerró los ojos un instante.

—¿Rodrigo fue quien recogió el medicamento?

—Sí, señor.

—¿La señora Mariana estuvo presente?

—No. El señor Rodrigo dijo que su esposa estaba trabajando y que él se haría cargo.

La llamada terminó.

Mariana comenzó a recordar.

Cuatro días antes…

Rodrigo le había dicho exactamente eso.

“Yo paso por la medicina. Tú quédate descansando.”

Ella había sonreído.

Incluso le dio las gracias.

Pensó que por fin estaba involucrándose más con el tratamiento de Emiliano.

Sintió ganas de vomitar.

En ese momento apareció la doctora Sofía Rivas, neumóloga pediatra.

Se acercó con cautela.

—Señora Mariana…

Ella levantó la mirada.

—Necesito hacerle una pregunta.

—Claro.

—¿Quién administraba normalmente el inhalador de Emiliano?

—Los dos.

—¿Está segura?

Mariana dudó.

—Bueno… las últimas noches Rodrigo insistía en hacerlo él.

La doctora intercambió una mirada con Arturo.

—¿Por qué pregunta eso?

La médica respiró profundamente.

—Porque el inhalador que llegó con Emiliano estaba completamente vacío.

—Sí… ya lo sé.

—No me refiero a que estuviera gastado.

Mariana frunció el ceño.

—Entonces…

—Me refiero a que llevaba varios días sin contener medicamento.

La sangre pareció detenerse dentro de sus venas.

—Eso es imposible.

—Intentamos obtener una dosis de emergencia y no salió absolutamente nada.

—Pero Rodrigo me decía todas las noches que ya se la había aplicado.

La doctora permaneció en silencio.

No hacía falta decir más.

Mariana recordó una escena.

Dos noches atrás.

Ella estaba terminando un turno de veinticuatro horas.

Entró al cuarto de Emiliano.

Rodrigo salió sonriendo.

—Ya le puse el inhalador. Está dormidísimo.

Ella besó a su hijo en la frente.

Nunca comprobó el envase.

Nunca imaginó que tendría que hacerlo.

El celular volvió a vibrar.

Otro mensaje del número desconocido.

“No busques únicamente el inhalador.”

Segundos después llegó una segunda fotografía.

Era una imagen tomada desde otro ángulo de la misma suite.

Esta vez se veía mejor la mesa.

Había recibos.

Una botella de vino.

Las dos copas.

Y, parcialmente escondida bajo el frasco de Emiliano…

…una credencial de hospital.

Mariana hizo zoom.

No pertenecía a Camila.

Tampoco a Rodrigo.

Era de un hombre llamado Héctor Salinas.

Cargo:

Representante farmacéutico.

Arturo respiró con dificultad.

—No…

—¿Lo conoces?

El hombre asintió lentamente.

—Hace dos meses intentó vender medicamentos fuera del registro sanitario a varias de nuestras clínicas.

—¿Y?

—Lo denunciamos.

Mariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Otro mensaje apareció en la pantalla.

“Rodrigo no vació el inhalador solo.”

Cinco segundos después llegó el último.

“Si quieres saber quién cambió el medicamento de Emiliano, revisa la cámara del estacionamiento del Hotel Imperial. Date prisa… porque alguien ya está intentando borrar esas grabaciones.”

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