PARTE 2 — EL FRAGMENTO GUARDABA UN SECRETO

Gu Jingshen abrió los ojos cuarenta y ocho horas después de la operación.

Lo primero que vio fue el techo blanco de la unidad de cuidados intensivos.

Lo segundo fue a Xiao Zhou dormido en una silla, con la camisa arrugada y el teléfono todavía sujeto entre los dedos.

Intentó hablar.

Solo consiguió emitir un sonido débil.

El asistente despertó de golpe.

—¡Presidente Gu!

Corrió hacia la cama y llamó a los médicos.

Gu Jingshen trató de levantar la mano, pero apenas pudo mover los dedos.

—Qingzhi…

Xiao Zhou bajó la mirada.

—La doctora Xu terminó la operación con éxito.

—¿Dónde está?

—Regresó a trabajar.

—Quiero verla.

El asistente guardó silencio.

—¿No me escuchaste?

—La doctora Xu dejó instrucciones claras. No desea recibir llamadas personales relacionadas con usted.

El monitor cardíaco comenzó a acelerarse.

Gu Jingshen cerró los ojos.

Durante tres años había creído que Xu Qingzhi permanecería a su lado sin importar cuánto la ignorara.

Había confundido su paciencia con debilidad.

Su silencio con dependencia.

Su amor con una obligación.

Ahora ella le había abierto el cráneo, retirado el metal que amenazaba su vida y desaparecido antes de que pudiera despertar.

Como si él fuera únicamente otro paciente.

La puerta se abrió.

El profesor Zhang entró acompañado por dos agentes de policía.

—Señor Gu —dijo uno de ellos—, necesitamos hacerle algunas preguntas sobre el incidente ocurrido durante el banquete.

Gu Jingshen apretó la mandíbula.

La bofetada.

La humillación pública.

Las grabaciones.

Todo regresó a su memoria con una claridad insoportable.

—Cooperaré.

El agente colocó una tableta frente a él.

En la pantalla apareció un video grabado por uno de los invitados.

Xu Qingzhi estaba de pie en medio del salón.

Su mejilla comenzaba a enrojecerse.

Alrededor, decenas de personas la observaban como si su dolor fuera parte del entretenimiento.

Y frente a ella estaba él.

Con el brazo todavía levantado.

Con desprecio en la mirada.

Gu Jingshen apartó el rostro.

—Apáguelo.

—Necesitamos confirmar que usted es la persona del video.

—Sí.

—¿Agredió deliberadamente a la doctora Xu?

Xiao Zhou intentó intervenir.

—El presidente Gu acababa de recibir información falsa y se encontraba bajo un fuerte estado de estrés…

—Sí —repitió Gu Jingshen.

El asistente se quedó inmóvil.

Gu Jingshen miró directamente al agente.

—Fui yo.

—¿Desea presentar alguna justificación?

Pensó en Meng Yuwei.

En los mensajes manipulados.

En las fotografías falsas.

En todas las palabras que había elegido creer porque confirmaban la historia que él quería escuchar.

Después negó lentamente.

—No existe ninguna justificación.

Los policías se marcharon media hora después.

El profesor Zhang permaneció junto a la cama.

—La operación fue perfecta —dijo—. Pero tu recuperación dependerá de que evites emociones intensas.

Gu Jingshen soltó una risa amarga.

—Eso mismo me dijo Qingzhi hace tres años.

—Y no la escuchaste.

—No.

El profesor Zhang observó la herida cubierta por vendajes.

—Deberías saber algo sobre el fragmento.

Gu Jingshen levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

El médico sacó una pequeña bolsa transparente.

Dentro había una pieza de metal oscura, irregular y manchada.

—Este es el fragmento que Xu Qingzhi retiró.

Gu Jingshen lo contempló en silencio.

Era diminuto.

Casi insignificante.

Sin embargo, había estado a punto de matarlo.

—¿Por qué me lo muestra?

—Porque, durante la extracción, descubrimos que no pertenecía a la estructura del edificio donde ocurrió la explosión.

El rostro de Gu Jingshen cambió.

Tres años antes, todos habían concluido que la explosión había sido un accidente causado por una fuga de gas.

—¿Qué está diciendo?

—El metal pertenece a un dispositivo industrial de detonación.

El silencio llenó la habitación.

—¿Una bomba?

—Eso determinará la policía.

El profesor Zhang dejó la bolsa sobre la mesa.

—Pero hay algo más.

Sacó varias fotografías del expediente.

—La posición del fragmento indica que estabas de espaldas al punto de detonación. Alguien colocó el dispositivo detrás de ti.

Gu Jingshen sintió un frío intenso a pesar de las mantas.

—¿Quién podía entrar en ese lugar?

—Eso tendrás que averiguarlo tú.

El teléfono de Xiao Zhou comenzó a sonar.

Respondió y escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—Presidente Gu… encontraron a Meng Yuwei.

—¿Dónde?

—Intentaba cruzar la frontera usando documentos falsos.

Gu Jingshen cerró los ojos.

—¿Confesó?

—No todavía.

El asistente dudó antes de continuar.

—Pero llevaba consigo una tarjeta de memoria.

—¿Qué contiene?

—Grabaciones antiguas.

Xiao Zhou tragó saliva.

—Una de ellas fue realizada la noche de la explosión.

Gu Jingshen intentó incorporarse.

El dolor atravesó su cabeza.

—Muéstramela.

—Los médicos dijeron que debe descansar.

—Ahora.

Minutos después, la pantalla del teléfono mostró una imagen oscura y temblorosa.

La grabación parecía provenir de una cámara de seguridad situada dentro de un estacionamiento.

Gu Jingshen se vio entrando al edificio.

Después apareció Meng Yuwei.

No estaba sola.

Hablaba con un hombre que llevaba una gorra negra.

El audio era débil, pero una frase podía escucharse claramente.

—Asegúrate de que sobreviva —dijo Meng Yuwei—. Si muere, no podré acercarme a su fortuna.

Gu Jingshen dejó de respirar.

El hombre respondió:

—La explosión lo herirá. Después tú aparecerás como la única persona que nunca lo abandonó.

Pero algo salió mal.

En la grabación apareció una tercera figura corriendo hacia el edificio segundos antes de la detonación.

Xu Qingzhi.

La mujer a la que él había acusado de interponerse entre él y Meng Yuwei.

La mujer que había arriesgado su vida para sacarlo de entre los escombros.

La mujer que después permaneció dieciséis horas dentro del quirófano para evitar que muriera.

Gu Jingshen miró la pantalla sin parpadear.

—Ella estaba allí…

Xiao Zhou asintió.

—La doctora Xu fue quien lo encontró.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

El asistente bajó la cabeza.

—Ella pidió que no lo hicieran.

—¿Por qué?

—Dijo que usted no debía sentirse obligado a amarla porque le había salvado la vida.

La verdad cayó sobre Gu Jingshen con más fuerza que la explosión.

Xu Qingzhi nunca había utilizado aquella deuda para acercarse a él.

Nunca había pedido reconocimiento.

Nunca había exigido gratitud.

Mientras tanto, Meng Yuwei había organizado el accidente, esperado su recuperación y regresado años después para ocupar el lugar de la mujer que realmente lo había salvado.

Gu Jingshen comenzó a arrancarse los sensores del pecho.

—Presidente Gu, ¿qué hace?

—Voy a verla.

—No puede levantarse.

—Tengo que decirle la verdad.

El profesor Zhang lo detuvo sujetándolo por los hombros.

—La verdad no borrará lo que hiciste.

—Lo sé.

—Ni hará que vuelva contigo.

Gu Jingshen permaneció inmóvil.

El médico continuó:

—Xu Qingzhi te salvó cuando pensaba que eras inocente.

—Después volvió a salvarte sabiendo exactamente qué clase de hombre habías elegido ser.

Aquellas palabras destruyeron la última defensa que le quedaba.

Gu Jingshen dejó de resistirse.

Miró el pequeño fragmento dentro de la bolsa.

Por primera vez comprendió que aquello no era lo más peligroso que habían extraído de su cabeza.

El verdadero veneno había sido su arrogancia.

Su desconfianza.

Su certeza de que Xu Qingzhi jamás tendría el valor de abandonarlo.


Dos pisos más abajo, yo terminaba una cirugía cuando el profesor Zhang me llamó a su oficina.

Sobre su escritorio había una carpeta negra.

—La policía encontró algo relacionado con la explosión de hace tres años.

Me quité los guantes.

—¿Afecta al tratamiento del paciente?

—No.

—Entonces no necesito saberlo.

—Qingzhi…

—Profesor, mi responsabilidad terminó cuando salió vivo del quirófano.

Me dirigí hacia la puerta.

Pero su siguiente frase me detuvo.

—La explosión no estaba dirigida únicamente contra Gu Jingshen.

Me giré lentamente.

El profesor Zhang abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía mía tomada desde lejos.

Otra entrando al hospital.

Otra saliendo de mi antiguo apartamento.

Todas eran anteriores al accidente.

—¿Qué significa esto?

—Meng Yuwei no quería matarlo.

Señaló una anotación escrita en el reverso de una de las fotografías.

Solo había una orden.

“Eliminar primero a la cirujana.”

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Por qué yo?

El profesor Zhang colocó sobre la mesa un informe médico antiguo.

—Porque antes de la explosión descubriste algo durante una revisión rutinaria de Gu Jingshen.

Abrí el documento.

Reconocí mi propia firma.

Pero había una página que nunca había visto.

Un resultado genético añadido después.

Leí dos veces.

Después una tercera.

Gu Jingshen no era hijo biológico de la familia Gu.

Y alguien había pasado tres años intentando impedir que esa verdad saliera a la luz.

En ese momento, las alarmas del hospital comenzaron a sonar.

Una enfermera apareció corriendo.

—¡Doctora Xu!

—¿Qué sucede?

—Un hombre armado entró en la planta privada.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién busca?

La enfermera me miró aterrorizada.

—No busca al presidente Gu.

Respiró con dificultad.

—Está preguntando por usted.

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