A las cuatro de la mañana, Rodrigo caminó por los túneles de servicio bajo la universidad acompañado de Mariana y dos agentes. Afuera, la ciudad seguía viva: puestos de tamales, taxis y estudiantes trasnochados. Abajo, solo había humedad, tuberías oxidadas y el eco de sus pasos.
—¿Cómo supo Valeria que seguían aquí? —preguntó uno de los agentes.
Mariana mostró una libreta.
—Antes de desmayarse escribió una palabra más.
SÓTANO.
Llegaron a una antigua bodega utilizada para guardar mobiliario. La puerta estaba cerrada con un candado nuevo.
Rodrigo apenas la miró.
Con una sola patada, la cerradura salió disparada.
Dentro encontraron computadoras encendidas, trituradoras de papel, cajas con expedientes universitarios y varios teléfonos celulares todavía conectados a cargadores.
Pero no había nadie.
Mariana abrió una carpeta.
Su rostro cambió de inmediato.
—Dios mío…
Eran listas de estudiantes.
Nombres.
Fotografías.
Calificaciones.
Observaciones.
Algunos tenían una marca verde.
Otros, una roja.
Valeria aparecía al final de una página.
Junto a su fotografía alguien había escrito:
“Eliminar antes de que publique la información.”
Rodrigo sintió que la mandíbula se le endurecía.
No habían golpeado a su hija durante una pelea.
Habían intentado silenciarla.
Uno de los agentes encontró una cámara de seguridad.
—Todavía está grabando.
Revisaron las últimas imágenes.
Apenas veinte minutos antes, Emiliano Cárdenas, Sebastián Montes y Patricio Villaseñor habían abandonado la bodega acompañados por cuatro hombres armados.
Subieron a dos camionetas negras.
El destino apareció registrado automáticamente por el sistema del estacionamiento.
Club Náutico Veracruz.
Mariana frunció el ceño.
—Eso está a cuatro horas de aquí.
Rodrigo permaneció inmóvil.
Club Náutico Veracruz.
Conocía perfectamente ese lugar.
Veinte años atrás había sido uno de los principales centros de operaciones del grupo criminal que él mismo había construido antes de desaparecer.
Entonces sonó su teléfono.
Vicente.
—Jefe… encontré algo más.
—Habla.
—Los padres de esos muchachos no solo lavan dinero.
—Hace doce años ordenaron eliminar a una periodista llamada Elena Salazar.
Rodrigo dejó de respirar.
—Repítelo.
—La investigación aparece escondida en archivos viejos. El accidente en la autopista fue preparado. Pagaron para cortar los frenos del automóvil.
El mundo pareció detenerse.
Elena.
Su esposa.
No había muerto por casualidad.
La habían asesinado.
Y ahora intentaban hacer lo mismo con su hija.
Rodrigo cerró lentamente el teléfono.
Durante casi dos décadas había cumplido la promesa que le hizo a Elena.
Nunca volver a ser El Fantasma del Golfo.
Nunca volver a usar el miedo.
Nunca volver a derramar sangre.
Pero aquella promesa había terminado la noche en que rompieron la mandíbula de Valeria.
Mariana observó cómo cambiaba su expresión.
—¿Qué piensa hacer?
Rodrigo levantó la vista.
Sus ojos ya no pertenecían al padre tranquilo que vendía café.
Eran los ojos del hombre cuyo nombre todavía hacía temblar a medio Golfo de México.
Sacó otro teléfono, uno viejo, sin contactos visibles.
Marcó un único número.
Contestaron antes del primer tono.
—Pensé que jamás volveríamos a escucharlo, jefe.
Rodrigo habló con una calma que heló el aire del sótano.
—Reúnan a todos los que aún me deban un favor.
—¿Cuántos?
—Todos.
Hubo un breve silencio.
—¿Volvió el Fantasma?
Rodrigo miró la fotografía ensangrentada de Valeria que llevaba en la cartera.
—No.
—Volvió el hombre al que le mataron una esposa…
…y casi le arrebatan a su hija.
Tres segundos después, decenas de teléfonos comenzaron a sonar simultáneamente en Veracruz, Tampico, Coatzacoalcos y Ciudad del Carmen.
Hombres retirados.
Exjefes portuarios.
Viejos capitanes.
Personas que llevaban veinte años sin pronunciar aquel nombre.
Solo recibieron una frase.

“El Fantasma del Golfo ha vuelto.”
Y todos comprendieron que las familias Cárdenas, Montes y Villaseñor acababan de convertirse en las personas más buscadas… no por la policía, sino por el único hombre al que jamás debieron obligar a regresar.