Alejandro sintió que las manos empezaban a temblarle.
Volvió a mirar la portada del expediente.
Grupo Castillo Infraestructura.
Obra Torre Mirador.
Trabajador: Diego Ramírez.
Conocía perfectamente ese proyecto.
Había sido una de las construcciones más importantes de la empresa dos años atrás.
Pero jamás había escuchado ese nombre.
—¿Puedo… leerlo?
Sofía asintió en silencio.
—Es la única copia que pude conseguir.
Alejandro abrió lentamente la carpeta.
La primera hoja era un reporte interno.
Accidente por caída desde el piso once.
Falla en el sistema de línea de vida.
Frunció el ceño.
La siguiente página llevaba un enorme sello rojo.
CONFIDENCIAL.
Después apareció un documento firmado por el director de seguridad de la obra.
“Se recomienda no notificar directamente a la familia hasta definir la estrategia jurídica.”
Alejandro sintió un vacío en el estómago.
Eso no era un accidente mal gestionado.
Era un intento de controlar la información.
Levantó lentamente la vista.
—¿Quién le dijo que Diego murió de un infarto?
Sofía respiró hondo.
—El abogado de la empresa.
Me entregó una urna con las cenizas.
Un cheque por tres meses de sueldo.
Y dijo que mi esposo había sufrido un ataque al corazón antes de caer.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Me pidió que no preguntara más.
Porque sería más doloroso conocer todos los detalles.
Alejandro cerró la carpeta.
Sentía que apenas podía respirar.
—¿Nunca recibió una investigación oficial?
Ella negó con la cabeza.
—Intenté pedir el expediente varias veces.
Siempre me decían que estaba reservado.
Hasta que un ingeniero de la obra me buscó hace unas semanas.
Me entregó todo esto antes de renunciar.
Dijo que no podía seguir viviendo con esa culpa.
Mateo observaba la conversación desde un rincón.
Abrazaba un pequeño camión de plástico roto.
De pronto habló.
—Mi papá decía que el señor Castillo era bueno.
Alejandro sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
—¿Eso decía?
El niño asintió.
—Decía que algún día usted iba a conocer su nombre.
Alejandro permaneció varios segundos en silencio.
Luego tomó el teléfono.
Marcó un número que conocía de memoria.
—Julián.
Necesito que suspendas inmediatamente todas las reuniones de hoy.
Del otro lado respondieron algo.
—No.
No es negociable.
Y llama al director jurídico.
Quiero el expediente completo de la Torre Mirador sobre mi escritorio en una hora.
Cuando colgó, Sofía lo observó con cautela.
—¿Va a despedirme?
Aquella pregunta lo dejó inmóvil.
Ella realmente creía que ayudarla podía costarle el trabajo.
Alejandro negó lentamente.
—No.
Voy a averiguar quién decidió que usted debía vivir estos tres meses creyendo una mentira.
Esa misma tarde regresó a las oficinas centrales del Grupo Castillo.
Entró directamente al piso ejecutivo.
Su director jurídico, Ricardo Salinas, ya lo esperaba.
Había varias carpetas sobre la mesa.
—Señor Castillo…
Ese asunto quedó cerrado hace meses.
Alejandro dejó el expediente de Sofía frente a él.
—Explíqueme entonces por qué la viuda posee documentos que contradicen absolutamente todo lo que usted me informó.
Ricardo palideció.
—Fue una decisión…
corporativa.
Alejandro golpeó la mesa.
—¿De quién?
El abogado tragó saliva.
—No fue exactamente mía.
—¿Entonces de quién?
El silencio duró varios segundos.
Finalmente respondió.
—Su hermano.
Alejandro sintió que el mundo se detenía.
—¿Gabriel?
Ricardo bajó la cabeza.
—Él dirigía el proyecto.
Cuando ocurrió el accidente ordenó manejar el caso de forma privada.
Dijo que una demanda pública destruiría la reputación del grupo.
Alejandro permaneció inmóvil.
Gabriel Castillo.
Su hermano mayor.
El hombre en quien había delegado la mitad de las operaciones de la empresa.
Durante años creyó que era la persona más íntegra que conocía.
Ricardo abrió otra carpeta.
—Hay algo más.
Sacó varias fotografías.
Mostraban el piso once.
Los arneses.
La estructura metálica.
Y una imagen ampliada del sistema de seguridad.
Alejandro acercó la fotografía.
El cable principal estaba completamente deshilachado.
No era un desperfecto reciente.
Mostraba semanas de desgaste.
—¿No lo revisaron?
Ricardo cerró los ojos.
—Los trabajadores lo reportaron tres veces.
Había correos electrónicos.
Solicitudes de mantenimiento.
Y órdenes para detener temporalmente la obra.
Ninguna fue autorizada.
Alejandro sintió una mezcla insoportable de rabia y vergüenza.
No solo habían mentido a Sofía.
No solo habían ocultado la verdadera causa de la muerte.
Alguien había ignorado deliberadamente advertencias de seguridad.
Y Diego Ramírez había pagado el precio.
Cuando Alejandro aún intentaba procesar aquella verdad, la secretaria abrió la puerta con expresión nerviosa.

—Señor Castillo…
acaba de llegar un hombre que insiste en verlo.
Dice que fue capataz en la Torre Mirador.
Y asegura que… Diego Ramírez no cayó solo. Alguien cortó deliberadamente el sistema de seguridad la noche anterior al accidente.