El consultorio quedó en silencio.
Ernestina seguía mirando la pantalla.
No entendía aquellas imágenes.
Solo veía sombras.
El doctor Medina bajó lentamente el transductor y le tomó la mano.
—Doña Ernestina, primero quiero decirle algo muy importante.
Ella tragó saliva.
—Usted no está embarazada.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
No respondió.
Solo apretó con fuerza uno de los zapatitos tejidos que todavía sostenía.
El médico continuó con calma.
—Lo que observamos requiere estudios urgentes en un hospital. No puedo decirle exactamente qué es hasta tener más información, pero sí puedo decirle que necesita atención especializada cuanto antes.
Sandra dio un paso al frente.
—¿Entonces ya nos la podemos llevar?
El doctor levantó la vista.
—No.
Su tono cambió por completo.
—La paciente necesita ser trasladada directamente al hospital.
Óscar cruzó los brazos.
—Doctor, mejor hacemos cita otro día.
—No.
Respondió con firmeza.
—Hoy.
La enfermera ya había salido para coordinar el traslado.
Mientras tanto, Ernestina seguía llorando en silencio.
—¿Entonces… nunca hubo un bebé?
El médico negó con suavidad.
—No.
Ella cerró los ojos.
Los ocho meses hablando con su vientre, la cuna, los pañales, las noches imaginando una nueva oportunidad para sentirse acompañada…
Todo se desmoronó en un instante.
Mientras esperaban la ambulancia, el doctor revisó el expediente que la clínica pública había enviado junto con los análisis.
Fue pasando hoja por hoja.
Hasta que frunció el ceño.
Volvió hacia atrás.
Leyó nuevamente una página.
Después otra.
Llamó a la enfermera.
—¿Este expediente llegó completo?
—Sí, doctor.
Él permaneció pensativo unos segundos.
Entonces miró a Ernestina.
—¿Desde cuándo tiene esos estudios?
—Hace varios meses.
—¿Quién los recibió primero?
Sandra respondió antes que su madre.
—Nosotros.
El médico levantó lentamente la mirada.
—¿Ustedes?
—Sí.
—¿Y hablaron con el especialista que los solicitó?
Los tres hermanos guardaron silencio.
El doctor tomó otra hoja.
En la esquina superior había una anotación resaltada.
“Paciente requiere valoración urgente por Ginecología Oncológica. Avisar inmediatamente.”
Miró nuevamente a los hijos.
—¿Su madre fue informada de esta recomendación?
Nadie contestó.
Ernestina abrió lentamente los ojos.
—¿Qué recomendación?
El doctor permaneció unos segundos en silencio.
Después le mostró la hoja.
—Aquí consta que, cuando se realizaron los primeros estudios, ya se había indicado una valoración urgente con un especialista.
Ernestina observó el documento.
Reconoció su nombre.
Reconoció la fecha.
Pero jamás había visto esa hoja.
Volteó lentamente hacia sus hijos.
—¿Ustedes… sabían?
Leo bajó la mirada.
Sandra apretó los labios.
Óscar fue el único que habló.
—Pensamos que primero había que esperar.
El médico cerró el expediente.
—Eso deberá aclararse más adelante.
Hizo una pausa.
—Ahora lo importante es que la señora reciba la atención que necesita.
La ambulancia llegó pocos minutos después.
Mientras ayudaban a Ernestina a subir a la camilla, ella seguía sujetando los pequeños zapatitos amarillos.

No porque todavía creyera que esperaba un bebé.
Sino porque acababa de descubrir algo que le dolía casi tanto como la enfermedad.
Durante meses había pensado que su cuerpo le estaba jugando una mala pasada.
Ahora empezaba a preguntarse si, además del retraso en el diagnóstico, alguien había decidido ocultarle información que podía ser importante para su salud. Esa era una pregunta que aún necesitaba respuestas, y que tendría que aclararse con los expedientes completos y las investigaciones correspondientes.