La ambulancia salió de la mansión con las sirenas encendidas.
Alejandro no soltó la mano de Valeria ni un solo segundo.
Los monitores emitían pitidos irregulares mientras uno de los paramédicos revisaba constantemente los signos vitales de ella y del bebé.
—Presión muy baja.
—Pulso débil.
—Preparen quirófano en cuanto lleguemos.
Alejandro observaba el rostro de su esposa.
Seguía inmóvil.
Pero ya no veía un cadáver.
Veía a una mujer luchando por volver.
El paramédico mayor levantó la vista.
—¿Qué ocurrió exactamente?
Alejandro respondió sin apartar la mirada de Valeria.
—Mi familia dijo que había muerto durante el parto.
El hombre frunció el ceño.
—¿Parto?
Levantó la sábana unos centímetros.
Su expresión cambió.
—Ella nunca dio a luz.
El silencio dentro de la ambulancia se volvió insoportable.
—Su embarazo sigue intacto.
Alejandro cerró los ojos un instante.
La mentira acababa de derrumbarse por completo.
En el Hospital Ángeles de Interlomas, el equipo médico ya esperaba.
La camilla atravesó los pasillos a toda velocidad.
Una doctora tomó el expediente preliminar.
—Treinta y cuatro semanas.
—Paciente sedada.
—Posible intoxicación farmacológica.
Se volvió hacia Alejandro.
—¿Tomaba algún medicamento?
Él negó inmediatamente.
—Solo vitaminas prenatales.
—¿Quién estuvo con ella durante las últimas veinticuatro horas?
Alejandro respondió sin dudar.
—Mi madre y mi hermano.
Los médicos intercambiaron una mirada.
No dijeron nada.
Pero todos entendieron la gravedad de aquella respuesta.
Una hora después, Alejandro caminaba de un lado a otro frente al quirófano.
Tenía todavía la ropa del viaje.
Las manos manchadas con el maquillaje blanco que habían puesto sobre el rostro de Valeria para hacerla parecer muerta.
Cada vez que recordaba aquella imagen, el estómago se le revolvía.
Entonces apareció el doctor encargado.
—Señor Santillán.
Alejandro se levantó de golpe.
—¿Cómo están?
El médico respiró profundamente.
—Llegamos a tiempo.
Alejandro sintió que las piernas casi cedían.
—Su esposa sigue delicada, pero respondió al tratamiento.
—¿Y mi hijo?
El doctor sonrió apenas.
—También está vivo.
Alejandro apoyó ambas manos sobre el rostro.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
El médico esperó unos segundos antes de continuar.
—Sin embargo…
Aquella palabra volvió a tensarlo todo.
—Encontramos algo muy extraño en los análisis.
Alejandro levantó la cabeza.
—¿Qué encontraron?
El médico abrió una carpeta.
—En la sangre de su esposa apareció una combinación de sedantes extremadamente poco común.
Pasó una hoja.
—No corresponde a un error médico.
Otra hoja.
—Tampoco a una automedicación.
Finalmente lo miró directamente.
—La concentración solo puede explicarse si alguien administró las dosis de forma repetida durante varios días.
Alejandro sintió un frío recorrerle la espalda.
No había sido un accidente.
Había sido un plan.
Mientras tanto, en la mansión Santillán, la policía comenzaba a recorrer cada habitación.
Un perito fotografiaba el ataúd.
Otro revisaba las flores.
Un tercero encontró varias cajas vacías de medicamentos dentro del bote de basura de la cocina.
Rodrigo observaba todo desde el comedor.
Intentaba aparentar tranquilidad.
Pero sus manos temblaban.
Uno de los agentes levantó una pequeña botella de cristal.
—Inspector.
El hombre se acercó.
La etiqueta estaba parcialmente arrancada.
Aun así podía leerse el nombre del principio activo.
Un sedante hospitalario de uso restringido.
—¿Quién tenía acceso a esto?
Nadie respondió.
Doña Beatriz permanecía sentada en el sillón principal.
Seguía con el vestido negro impecable.
Como si el funeral aún pudiera continuar.
Entonces sonó su teléfono.
Miró la pantalla.
Palideció.
Era el abogado de Grupo Santillán.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
La voz al otro lado sonaba nerviosa.
—Señora…
Hubo una pausa.
—El señor Alejandro acaba de activar la cláusula de emergencia del testamento de don Ernesto.
Beatriz dejó de respirar.
—¿Qué cláusula?
—La que ordena congelar todas las decisiones de la empresa si algún heredero directo es víctima de un posible delito.
El teléfono casi se le escapó de las manos.

Porque esa cláusula llevaba quince años olvidada.
Y si Alejandro demostraba que habían intentado matar a Valeria…
No solo perderían el control de la empresa.
También saldrían a la luz unos documentos que don Ernesto había ordenado mantener sellados hasta que ocurriera exactamente una traición como aquella.