PARTE 2: EL EXPEDIENTE NEGRO

El almirante bajó los escalones sin apartar los ojos de mí.

Brock seguía en el suelo, completamente desconcertado, mientras los más de mil militares observaban en silencio.

—Capitán Hayes —dijo el almirante.

—Señor.

—¿Está herida?

—No es importante.

Su mirada pasó por mi labio y después se dirigió hacia Brock.

—Para mí sí lo es.

Brock se incorporó lentamente.

—Señor, ella me atacó.

El almirante giró la cabeza.

—¿Después de que usted la golpeara?

Brock abrió la boca.

No encontró respuesta.

El sargento mayor Reed bajó la mirada para ocultar una expresión que parecía casi de alivio.

Entonces el almirante hizo algo inesperado.

Se cuadró frente a mí.

Y saludó.

No fue un saludo simbólico.

Fue preciso.

Formal.

Y delante de toda la formación.

Un murmullo recorrió el campo.

Brock palideció.

—Señor… ¿por qué está saludando a un capitán administrativo?

El almirante lo miró.

—Porque usted acaba de golpear a la oficial que dirigió la Operación Night Harbor.

El silencio fue absoluto.

Nadie parecía respirar.

Brock frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Usted no tiene autorización para conocer ese nombre.

La expresión de Brock cambió.

El almirante señaló a Reed.

—Sargento mayor, acompañe al comandante Sullivan fuera del campo.

—Sí, señor.

Brock intentó protestar.

—¡Pero ella me atacó!

El almirante respondió con una voz fría.

—Usted agredió primero a una oficial superior durante una formación pública.

Dos oficiales se acercaron.

Brock dejó de hablar.

Pero antes de marcharse, me miró.

—¿Quién demonios eres?

No respondí.

El almirante sí.

—Alguien cuyo expediente jamás debió aparecer delante de usted.

Brock fue escoltado fuera del campo.

Los soldados permanecieron inmóviles.

Entonces el almirante se acercó a mí.

—Capitán Hayes, necesito que venga conmigo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Entramos en un edificio administrativo cercano.

La puerta se cerró detrás de nosotros.

El almirante colocó una carpeta negra sobre la mesa.

No tenía nombre.

Solo un código.

—Hace siete años, usted desapareció oficialmente durante once meses.

—Sí.

—Para la mayoría, estuvo en una misión clasificada.

—También es cierto.

El almirante abrió la carpeta.

—Pero hay algo que ni siquiera yo sabía.

Levanté una ceja.

—¿Qué cosa?

Me mostró una fotografía antigua.

Era una imagen de una operación internacional.

Mi rostro aparecía parcialmente oculto.

A mi lado estaba un hombre que reconocí inmediatamente.

Brock Sullivan.

Me quedé inmóvil.

—¿De dónde sacó esto?

—Del archivo que apareció esta mañana.

Sentí que algo no encajaba.

—Ese archivo estaba sellado.

—Exactamente.

El almirante cerró la carpeta.

—Alguien accedió a él anoche.

Mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

Un mensaje de un número desconocido apareció delante de mis ojos.

“Brock no era el objetivo.”

El almirante vio mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Le mostré el teléfono.

Llegó otro mensaje.

“Lo enviaron para provocar una reacción.”

El almirante se quedó completamente quieto.

Entonces apareció una tercera línea.

“Y ahora saben que usted sigue viva.”

Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, el almirante perdió el control de su expresión.

—Capitán…

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—Creo que necesitamos hablar de lo que ocurrió hace siete años.

Y antes de que pudiera responder, todas las luces del edificio se apagaron.

En la oscuridad, escuchamos el sonido de una puerta abrirse al final del pasillo.

El almirante susurró:

—No estamos solos.

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