—Todo lo que haga ella, créelo delante de los demás —susurré—. Pero cuando estemos solos, dime la verdad. No intentes defenderte. Déjala sentirse segura.
Mamá sostuvo mi mirada durante unos segundos.
Luego sonrió con una serenidad que me recordó a la mujer que me había criado sola después de que mi padre muriera.
—Entonces hoy volveré a ser una actriz —murmuró.
A la mañana siguiente, Abigail preparó el desayuno como si fuera la esposa perfecta.
Pan recién tostado.
Huevos revueltos.
Café caliente.
Incluso ayudó a mamá a sentarse en la mesa con una dulzura exagerada.
—¿Dormiste bien, Evelyn? —preguntó con una voz casi maternal.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Quién eres?
Abigail bajó la mirada con una expresión de tristeza perfectamente ensayada.
—¿Lo ves, Samuel? Ayer tampoco me reconocía.
Yo asentí despacio.
—Sí… parece estar peor.
Vi el alivio recorrer el rostro de mi esposa.
Pensó que estaba ganando.
Media hora después salimos hacia la clínica donde ya estaba programada la evaluación psiquiátrica.
Durante todo el trayecto, Abigail no dejó de hablar.
Le explicó a la recepcionista que mamá sufría episodios violentos.
Que intentaba escapar.
Que se golpeaba sola contra las paredes.
Que incluso había intentado atacarla dos veces.
Cada mentira era pronunciada con una seguridad admirable.
Yo permanecía completamente callado.
El psiquiatra apareció puntual.
Era el doctor Richard Coleman, especialista en deterioro cognitivo.
Nos condujo a su despacho.
Abigail comenzó a sacar una carpeta gruesa llena de documentos.
—Aquí están todos los informes médicos, fotografías de las lesiones, anotaciones diarias y la autorización para iniciar el procedimiento de incapacidad legal.
El doctor tomó la carpeta.
Pero antes de abrirla, levanté una mano.
—Disculpe, doctor.
Todos me miraron.
Saqué de mi maletín una segunda carpeta, mucho más gruesa.
La coloqué lentamente sobre el escritorio.
—Creo que primero debería revisar este expediente.
Abigail giró la cabeza hacia mí.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Qué es eso?
—Información que encontré durante las últimas doce horas.
El médico abrió la primera página.
Transferencias bancarias.
Copias de estados de cuenta.
Solicitudes de cambio de beneficiarios.
Registros electrónicos.
Accesos eliminados del sistema de cámaras.
Correos electrónicos enviados desde la computadora portátil de Abigail.
Cada documento estaba numerado.
Cada fecha coincidía.
El doctor dejó de pasar páginas.
—¿La señora Evelyn autorizó estas transferencias?
Abigail respondió demasiado rápido.
—Claro que sí.
—Interesante.
Saqué entonces un sobre sellado.
—Dentro hay una declaración firmada por el banco.
La firma utilizada para retirar ochenta mil dólares no coincide con la firma registrada por mi madre durante los últimos veintisiete años.
El despacho quedó completamente en silencio.
Abigail tragó saliva.
—Eso… eso debe ser un error administrativo.
—Tal vez.
Deslicé otro documento hacia el médico.
—También encontrará el historial completo de acceso a nuestra cuenta de seguridad.
Tres meses de grabaciones fueron eliminados.
Todas desde la misma computadora.
La de mi esposa.
El doctor observó a Abigail por primera vez con auténtica desconfianza.
Ella empezó a perder el control.
—Samuel, ¿qué demonios significa todo esto?
No respondí.
Solo presioné el botón de reproducción de una pequeña grabadora.
La voz de Abigail llenó el despacho.
Nadie va a creerle jamás a esa anciana.
El color abandonó por completo su rostro.
Pero aquella grabación era apenas la primera.
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