PARTE 2: EL EXPEDIENTE DE FRESNILLO

“…Declaración de la señora Carmen Ortega dentro de la carpeta de investigación…

Sentí que las manos empezaban a sudarme.

No entendía nada.

Volví a leer la fecha.

Febrero.

Dos meses antes de que llegara a Monterrey diciendo que solo venía “de visita”.

Debajo del documento había varias hojas más.

Todas con sellos oficiales.

Todas dobladas con un cuidado casi obsesivo.

Y entonces apareció una frase subrayada con pluma azul.

“La compareciente manifiesta que no desea informar a su hijo Fabián hasta encontrar pruebas suficientes.”

Me quedé inmóvil.

¿No quería decirle qué?

Pasé la página.

La respuesta estaba ahí.

“La señora Carmen refiere que, desde hace aproximadamente un año, personas desconocidas la han presionado para vender una parcela heredada por su difunto esposo.”

Fruncí el ceño.

¿Una parcela?

Fabián siempre decía que en Zacatecas ya no quedaba nada.

Que su papá solo había dejado una casa vieja.

Seguí leyendo.

“La compareciente sospecha que algunos documentos relacionados con la propiedad fueron falsificados.”

Respiré despacio.

Entonces comprendí por qué había escondido aquella carpeta.

No eran simples papeles.

Era una investigación.


Debajo del expediente encontré una libreta escolar.

En la portada, con letra grande y perfectamente cuadrada, decía:

PARA FABIÁN Y MARISOL. NO ABRIR HASTA QUE ESTÉ COMPLETO.

La abrí.

Cada hoja tenía una fecha.

Y una cantidad.

“Depósito de Fabián: $2,000.”

“No gastar.”

“Depósito de Fabián: $2,000.”

“Guardar.”

Página tras página.

Mes tras mes.

Seis años completos.

Empecé a hacer cuentas mentalmente.

Dos mil pesos durante setenta y dos meses.

Ciento cuarenta y cuatro mil pesos.

Pero el dinero no aparecía por ninguna parte.

Solo los registros.

Y una nota al final de cada página.

“Todavía falta.”


Seguí revisando la caja.

Había sobres pequeños.

Recibos.

Copias de transferencias.

Y una fotografía.

En ella aparecían Carmen y un hombre mayor frente a una pequeña construcción de piedra.

En el reverso podía leerse:

“La parcela del abuelo Julián. Nunca la vendan.”

Sentí un escalofrío.

Aquello no se parecía en nada a la historia que Fabián conocía.


De pronto escuché la puerta de la habitación.

Fabián apareció medio dormido.

—¿Qué haces?

Levanté lentamente el expediente.

—Creo que tu mamá no vino a Monterrey por turismo.

Él bostezó.

Después vio los sellos del Ministerio Público.

El sueño desapareció de golpe.

Se sentó a mi lado en el piso.

Durante casi una hora leímos documento tras documento.

Ninguno decía que Carmen fuera propietaria de una fortuna.

Pero todos hablaban de la misma parcela.

Y de varias personas interesadas en comprarla con una rapidez sospechosa.


Cuando ya casi terminábamos apareció el último sobre.

Era el más pequeño.

Dentro solo había una hoja.

No tenía sellos.

Era una carta escrita por Carmen.

“Hijo:

Si estás leyendo esto, significa que no pude terminar sola lo que vine a hacer.

Perdóname por hacerte creer que vine solo de visita.

No quería que supieras nada hasta estar segura.

El dinero que me mandaste todos estos años nunca lo gasté.

Lo fui guardando porque alguien iba a necesitar defender lo que es nuestro.”

Sentí que Fabián dejaba de respirar.

Continué leyendo.

“Si alguna vez desaparezco o me obligan a regresar, busquen al licenciado Aguirre en Fresnillo. Él sabe por qué no podía confiar en nadie.”

La carta terminaba con una frase que nos dejó completamente en silencio.

“Y, Marisol… sé que me odias por cómo te traté. Quizá tengas razón. Pero había una sola persona de la que nunca debía sospechar Fabián… y esa persona no era yo.”

Fabián levantó lentamente la vista.

—¿Qué quiso decir con eso?

No tuve tiempo de responder.

Mi teléfono comenzó a vibrar sobre el piso.

Era un número desconocido de Zacatecas.

Contesté.

Del otro lado habló una voz masculina.

—¿La señora Marisol?

—Sí.

—Habla el licenciado Aguirre.

Hizo una pausa.

—Lamento llamarla a esta hora… pero necesito saber si doña Carmen ya llegó con ustedes.

Sentí que el corazón se me encogía.

—No.

—¿Cómo que no?

Miré a Fabián.

—Anoche se fue… y desde entonces no sabemos dónde está.

Del otro lado de la línea hubo un silencio largo.

Después, el abogado dijo unas palabras que hicieron que toda la historia cambiara por completo.

—Entonces tenemos un problema muy serio.

Porque hace dos horas… alguien intentó vender la parcela usando un poder notarial firmado a nombre de doña Carmen.

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