Sentí que el aire desaparecía de la sala.
Julian seguía apoyado sobre la mesa, observándome con aquella calma que siempre precedía a sus decisiones más peligrosas.
Yo solo quería desaparecer.
Respiré hondo.
—Señor Reed… puedo explicarlo todo.
Él asintió ligeramente.
—Te escucho.
Le conté cómo mi mejor amiga tenía un loro, cómo había abierto el chat equivocado y cómo jamás me había fijado en el nombre que aparecía en la parte superior de la conversación.
Incluso le enseñé el mensaje que Lily me había enviado aquella mañana.
Cuando terminé, la oficina quedó en silencio.
Julian tomó mi teléfono, revisó la conversación con Lily y luego me lo devolvió.
—Así que… de verdad querías ver un loro.
—Sí.
—Y pensabas cocinarlo.
Me llevé una mano a la frente.
—Era una broma.
Por primera vez desde que lo conocía, vi cómo una ligera sonrisa aparecía en la comisura de sus labios.
Duró apenas un segundo.
Pero existió.
—Señorita Carter.
—¿Sí?
—Ha protagonizado el malentendido más absurdo que he visto en treinta y cinco años.
Sentí que las piernas dejaban de temblarme.
—Entonces… ¿no está enfadado?
Él negó lentamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Solo hay un detalle que todavía me molesta.
Lo miré confundida.
—Las fotografías.
Volví a sonrojarme.
—Ya le dije que eran para Lily.
Él cruzó los brazos.
—Precisamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene eso de malo?
Su mirada permaneció fija en la mía.
—No me gusta que otras personas reciban fotografías que yo ya he visto.
Mi corazón dio un vuelco.
Aquello ya no sonaba como una conversación entre jefe y empleada.
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
El director financiero entró con varios documentos.
Al verme completamente roja y al director general de pie frente a mí, dio un paso hacia atrás.
—¿Interrumpo algo?
Julian respondió con absoluta naturalidad.
—Sí.
El hombre desapareció cerrando la puerta en menos de dos segundos.
Me quedé inmóvil.
—Señor Reed…
Él tomó una pequeña caja que había sobre su escritorio.
La abrió.
Dentro había exactamente el modelo de ropa interior que yo le había enviado la noche anterior.
La marca.
El color.
Incluso la talla.
—Llegó hace diez minutos.
La empujó lentamente hacia mí.
—Puedes devolverla si no te gusta.
Lo miré sin saber qué decir.
—No hacía falta comprarla de verdad…
Él respondió con total seriedad.
—Yo nunca rompo una promesa.
Recordé inmediatamente el mensaje.
“Elegiré uno de buena calidad.”
Pensé que solo estaba siguiendo la broma.
Él, en cambio, realmente había hecho el pedido.
No pude evitar reír.
Una risa auténtica.
Julian también sonrió.
Era una expresión tan poco habitual que parecía otra persona.
—Señorita Carter.
—¿Sí?
—Ahora que el malentendido está aclarado…
Sacó su teléfono.
Abrió nuestra conversación.
—¿Podría responderme una última pregunta?
Asentí.
Él levantó ligeramente una ceja.
—Anoche dijiste que, si no te enseñaba mi pájaro, irías a ver el de otro compañero.
Mi sonrisa desapareció.
—Era por el loro de Finanzas.
—Lo sé.
Se acercó despacio.
—Pero el señor Brooks ya no traerá su loro a la oficina.
Hizo una breve pausa.
—Así que…

Sus ojos grises se llenaron de una calidez inesperada.
—¿Te gustaría salir conmigo este fin de semana?
Parpadeé sorprendida.
—¿A dónde?
Una sonrisa divertida apareció finalmente en su rostro.
—A una tienda de mascotas.
—Quiero demostrarte que el único pájaro que tendrás que ver… será el que compremos juntos.
No pude contener la carcajada.
Aquella conversación que había comenzado por un mensaje enviado a la persona equivocada terminó convirtiéndose en la historia más inesperada de mi vida.
Seis meses después, todo Reed Corporation sabía dos cosas.
La primera, que el director general había dejado de cambiar de novia como cambiaba de traje.
La segunda, que en el despacho del último piso vivía un loro gris llamado Sir Winston, capaz de repetir cada mañana, delante de todos los empleados:
—¡Señorita Carter, buenos días! ¡No mires el pájaro de nadie más!