No respondí de inmediato.
Porque cualquier respuesta… iba a empeorar todo.
Julian seguía inclinado frente a mí.
Demasiado cerca.
Demasiado tranquilo.
Lo cual era peor que si estuviera enojado.
—Señor… de verdad fue un error —repetí, con la voz más firme que pude reunir—. No tenía idea de que estaba hablando con usted.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
Como si analizara cada palabra.
—Eso ya lo entendí —dijo finalmente—. Lo que no entiendo… es por qué estaba tan dispuesta a enviar ese tipo de contenido.
Sentí que me ardían las mejillas.
—Porque… confiaba en la persona con la que creía que hablaba.
Silencio.
Julian se enderezó.
Caminó lentamente de regreso a su asiento.
Se sentó.
Cruzó las manos sobre la mesa.
—Interesante.
Esa palabra no me tranquilizó en absoluto.
—Señorita Carter —continuó—, en esta empresa valoramos dos cosas por encima de todo: discreción… y criterio.
Tragué saliva.
—Lo sé.
—Anoche falló en ambas.
Directo.
Sin adornos.
Sin compasión.
—Lo siento.
Julian me observó unos segundos más.
Luego tomó su teléfono.
Desbloqueó la pantalla.
Y, frente a mí…
eliminó las fotografías.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Puede estar tranquila —dijo—. No tengo interés en conservar material que no fue destinado a mí.
Asentí rápidamente.
—Gracias, señor.
Pero entonces…
—Sin embargo —añadió—, el problema no desaparece.
Mi estómago se volvió a tensar.
—Usted es mi asistente directa. Maneja mi agenda, mis contactos, información confidencial… —hizo una pausa—. Y anoche demostró que puede cometer errores bastante… delicados.
No había forma de discutir eso.
—Entiendo —respondí—. Si considera que debo dejar el puesto…
—No.
Levanté la mirada, sorprendida.
Julian entrelazó los dedos.
—Si despidiera a cada empleado que comete un error, esta empresa estaría vacía.
Parpadeé.
No esperaba… eso.
—Pero sí habrá consecuencias.
Ahí estaba.
—Durante los próximos tres meses, su desempeño será evaluado directamente por mí. Sin margen de error.
Tres meses.
Bajo su supervisión directa.
Eso era… intenso.
—Y hay una segunda condición.
Por supuesto que la había.
—A partir de ahora —dijo con total calma—, toda comunicación fuera del horario laboral deberá ser estrictamente profesional.
Sentí el golpe… elegante, pero claro.
—Entendido.
Julian asintió.
—Puede retirarse.
Me levanté.
Con cuidado.
Con dignidad.
O al menos intentándolo.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta…
—Señorita Carter.
Me detuve.
—Sí, señor.
—La talla… era correcta.
Me congelé.
No me giré.
No dije nada.
Solo salí de la sala… lo más rápido que pude sin correr.
Esa tarde, un paquete llegó a mi escritorio.
Sin remitente.
Sin nota.
Lo abrí lentamente.
Dentro había una caja elegante.
Negra.
Minimalista.
La abrí.
Y ahí estaba.
Exactamente el modelo que había enviado.
Perfecto.
De una marca mucho más cara de la que había sugerido.

Cerré la caja de golpe.
Miré alrededor.
Nadie parecía haber notado nada.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
De Julian.
“Considérelo una inversión en precisión futura.”
Me quedé mirando la pantalla.
No sabía si quería reír… o renunciar.
Pero algo era seguro:
Ese error…
no había terminado de complicar mi vida.
Apenas estaba empezando.