PARTE 2: EL DOMINGO CINCUENTA Y DOS

—Soy su padre.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.

El policía lo miró unos segundos.

Después asintió.

—Entonces venga conmigo.

Ernesto subió a la patrulla con las manos temblando.

Durante el trayecto no dejó de mirar las botas de piel que llevaba abrazadas contra el pecho.

Las mismas botas que había regalado un año atrás.

Las mismas que ahora estaban manchadas de sangre.


El Hospital General estaba saturado.

Camillas.

Familiares llorando.

Médicos corriendo de un lado a otro.

Una enfermera levantó la vista cuando Ernesto llegó al mostrador.

—¿Nombre del paciente?

—Emiliano Cruz.

Ella revisó la computadora.

—¿Parentesco?

Ernesto respiró profundamente.

—Padre.

La enfermera no dudó.

Le entregó un formulario.

—Necesitamos una autorización para una cirugía de urgencia.

Ernesto tomó el bolígrafo.

Solo entonces se dio cuenta de que no conocía el segundo apellido de Emiliano.

La mano comenzó a temblarle.

La enfermera lo observó.

—¿Se encuentra bien?

Él sonrió con tristeza.

—Sí.

Firmó únicamente:

Ernesto Salgado.


Dos horas después salió el cirujano.

Llevaba el uniforme salpicado de pequeñas manchas de sangre.

—¿Familiares de Emiliano?

Ernesto se puso de pie inmediatamente.

—Aquí.

El médico suspiró.

—La operación salió bien.

Las piernas estuvieron a punto de fallarle.

—Pero las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas.

Ernesto cerró los ojos.

Por primera vez en muchos años dio las gracias en silencio.


A la mañana siguiente apareció una joven de cabello oscuro.

Llevaba una mochila universitaria y los ojos completamente hinchados de llorar.

—¿Usted conoce a Emiliano?

Ernesto asintió.

—Soy Valeria.

La muchacha bajó la mirada.

—Compartimos departamento.

Tomó asiento a su lado.

—No sabía a quién llamar.

Sacó un viejo teléfono con la pantalla rota.

—Solo encontré un contacto guardado como…

Sonrió entre lágrimas.

—”Papá Ernesto”.

El anciano sintió un nudo en la garganta.

Valeria continuó.

—Siempre hablaba de usted.

—¿De verdad?

Ella asintió.

—Decía que los domingos ya no eran el peor día de la semana.

Ernesto no pudo responder.


Aquella tarde sonó su propio teléfono.

Era Mariana.

—Papá.

—Hola.

—Perdón por no ir ayer.

Él guardó silencio.

—¿Sigues enojado?

Miró hacia la habitación donde Emiliano seguía luchando por despertar.

—No.

—¿Entonces?

Respiró lentamente.

—Estoy en el hospital.

Del otro lado hubo un breve silencio.

—¿Qué pasó?

—Mi hijo tuvo un accidente.

Mariana frunció el ceño.

—¿Tu hijo?

Ernesto cerró los ojos.

—Sí.

Y colgó.


Tres días después, Emiliano abrió lentamente los ojos.

Lo primero que vio fue a Ernesto dormido en una silla incómoda.

Con la misma camisa desde hacía dos días.

Las botas limpias descansaban bajo la cama.

—Don Ernesto…

La voz apenas era un susurro.

El anciano despertó de inmediato.

—Muchacho…

Sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que me ibas a dejar cenando solo otra vez.

Emiliano intentó reír.

Solo consiguió hacer una mueca de dolor.

—Perdón…

—No vuelvas a pedirme perdón por seguir vivo.


Una semana más tarde llegó la cuenta del hospital.

Valeria la abrió lentamente.

Su rostro perdió el color.

—No podemos pagar esto.

Ernesto tomó el sobre.

Miró la cifra.

Era mucho más dinero del que tenía disponible.

Sin decir una palabra, sacó las llaves de su viejo automóvil.

Valeria lo detuvo.

—¿Qué va a hacer?

—Venderlo.

—Pero es el único que tiene.

Sonrió con tranquilidad.

—Los camiones, los taxis y el metro siguen existiendo.

Ella comenzó a llorar.

—No puede hacer eso.

Ernesto la miró con una serenidad absoluta.

—Hace un año este muchacho llegó muerto de hambre a mi puerta.

Guardó silencio unos segundos.

—Hoy me toca asegurarme de que tenga una vida a la que regresar.


Aquella misma tarde, cuando estaba a punto de firmar la venta del coche, alguien pronunció su nombre desde la entrada de la agencia.

—¿Papá?

Ernesto levantó lentamente la cabeza.

Mariana estaba allí.

Llevaba el mismo traje ejecutivo con el que siempre cancelaba las cenas de los domingos.

Pero esta vez no sostenía un teléfono.

Ni un portátil.

Solo una pequeña olla de barro envuelta en una servilleta.

Se acercó despacio.

La dejó sobre el escritorio.

—Es mole de olla.

Las manos de Ernesto comenzaron a temblar.

Mariana bajó la mirada.

—Encontré cincuenta y dos mensajes sin responder en mi conversación contigo.

Las lágrimas empezaron a caer.

—Y entendí que no perdí cincuenta y dos cenas.

Respiró profundamente.

—Perdí cincuenta y dos oportunidades de ser tu hija.

El silencio llenó toda la agencia.

Ernesto la observó durante un largo instante.

Luego preguntó con voz suave:

—¿Por qué viniste hoy?

Mariana levantó la vista.

—Porque cuando llamé al hospital para saber cómo estabas…

Hizo una pausa.

—La enfermera me dijo algo que nunca voy a olvidar.

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué te dijo?

Mariana rompió definitivamente a llorar.

—Me dijo que llevabas siete días durmiendo en una silla para cuidar al hijo que la vida te regaló… mientras tu hija de verdad ni siquiera sabía en qué hospital estabas.

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