PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE DEMOSTRABA QUE SIEMPRE HABÍA SIDO MI ESPOSO

No pude apartar los ojos del documento.

—Esto tiene que ser un error.

Olivia negó lentamente con la cabeza.

—Ojalá lo fuera.

Sacó otra hoja.

Era una copia certificada del registro matrimonial.

La fecha coincidía con el día en que yo había desaparecido rumbo a Suiza.

Mi firma aparecía al final.

La reconocí inmediatamente.

Pero yo jamás había firmado aquello.

—¿Quién hizo esto?

Olivia respiró profundamente.

—Tu padre.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Mi padre murió hace tres años.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cómo pudo hacerlo?

Olivia abrió la última página.

Había una autorización notarial firmada meses antes de su muerte.

Mi padre había delegado a una persona de confianza la gestión de mis asuntos legales durante mi ausencia.

Pero había algo todavía más extraño.

Nathan había presentado el documento al registro apenas seis días después de que yo partiera.

—¿Por qué? —pregunté.

Olivia bajó la mirada.

—Porque él creía que ibas a volver.

—No volví.

—Precisamente.

Me entregó otra carpeta.

Dentro había cartas.

Decenas.

Todas dirigidas a mí.

Todas enviadas durante aquellos tres años.

Nunca recibí ninguna.

En la primera, Nathan escribía que me había esperado.

En la segunda, que había intentado localizarme.

En la tercera, que mi familia le había dicho que yo había decidido no volver.

Mi corazón comenzó a golpearme con fuerza.

—¿Quién recibió estas cartas?

Olivia no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Ya sabía la respuesta.

Mi familia.

Mi madre.

Mi tío.

Las personas que supuestamente me habían protegido mientras yo estaba en Europa.

Entonces vi una fotografía.

Nathan aparecía frente al cementerio de mi padre.

Tenía flores en las manos.

Detrás de él había una lápida.

Mi nombre estaba grabado en una pequeña placa temporal.

Me quedé paralizada.

—¿Por qué está mi nombre ahí?

Olivia cerró los ojos.

—Porque Nathan creyó que habías muerto.

La habitación quedó en silencio.

—¿Qué?

—Hace tres años recibió una notificación legal diciendo que habías fallecido en Europa.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Entonces comprendí la verdadera magnitud de lo que había ocurrido.

Alguien había fingido mi muerte.

Alguien había impedido que Nathan me encontrara.

Alguien había registrado un matrimonio utilizando mi identidad.

Y durante tres años, Nathan había vivido creyendo que su esposa estaba muerta.

—Olivia —susurré—. ¿Por qué me estás contando esto ahora?

Ella levantó la mirada.

—Porque Nathan descubrió la verdad esta mañana.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué verdad?

Olivia sacó su teléfono.

En la pantalla había un mensaje.

“Encontré a Elena.”

Debajo había otro.

“Esta vez nadie volverá a separarnos.”

No alcancé a terminar de leerlo.

La puerta del hotel se abrió de golpe.

Nathan estaba allí.

Empapado por la lluvia.

Respirando con dificultad.

Me miró durante varios segundos.

No dijo mi nombre.

Solo caminó hacia mí y dejó sobre la mesa un sobre grueso.

—Lo encontré en la caja fuerte de tu padre.

Abrí el sobre.

Dentro había un contrato de matrimonio.

Pero esta vez no era una copia.

Era el original.

Y debajo de mi firma había una segunda firma que reconocí inmediatamente.

La de mi madre.

Nathan habló con la voz quebrada:

—Tu madre no quería que supieras que tu padre había dejado una cláusula en su testamento.

Levanté la mirada.

—¿Qué cláusula?

Nathan me sostuvo la mirada.

—Si alguna vez regresabas, todo el patrimonio familiar pasaría directamente a ti.

Hizo una pausa.

—Y tu madre llevaba tres años intentando impedir que volvieras.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

La voz al otro lado era de una mujer mayor.

—Elena, si estás escuchando esto, significa que Nathan ya te encontró.

Me quedé helada.

Era la voz de mi madre.

Pero mi madre había muerto hacía ocho meses.

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