PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE CONVIRTIÓ UNA INFIDELIDAD EN UNA CONSPIRACIÓN

La pantalla permaneció inmóvil durante unos segundos.

Héctor seguía sonriendo desde el supuesto hotel en Lisboa.

—¿Me escuchas, amor?

Natalia respiró hondo y forzó una sonrisa.

—Sí… solo estoy cansada.

—¿Cómo salió tu mamá?

—Bien. Ya está descansando.

Marina apareció un instante detrás de él, creyendo que la cámara no la alcanzaba. Llevaba una bata blanca y sostenía una carpeta médica junto con una prueba de embarazo todavía sobre el lavabo.

Héctor giró apenas la cabeza.

Ella desapareció inmediatamente.

Demasiado tarde.

Natalia ya lo había visto todo.

—Te marco más tarde —dijo él.

La llamada terminó.

En la oficina se hizo un silencio pesado.

Inés tomó el teléfono de Natalia y amplió la última captura de pantalla.

—No mires a Marina.

Natalia frunció el ceño.

—Entonces ¿qué?

Inés señaló el reflejo del espejo.

Sobre el escritorio del hotel había un sobre color marfil con el logotipo de una notaría de Querétaro.

Debajo se alcanzaba a leer una fecha.

Era la del día siguiente.

—¿Qué significa eso?

—Que no están de vacaciones.

Inés abrió otra carpeta.

—Van a firmar algo.

Sacó una hoja obtenida del Registro Público.

—Solicité una búsqueda urgente mientras venía para acá.

Natalia sintió un nudo en la garganta.

Había una empresa que nunca había visto.

Grupo Horizonte Médico, S.A. de C.V.

Los socios fundadores eran tres.

Héctor Solís.

Marina Duarte.

Y una tercera persona cuya identidad aparecía reservada mediante un fideicomiso privado.

—No entiendo…

—Mira el domicilio.

Natalia bajó la vista.

Era una de las clínicas que pertenecían al patrimonio de su abuelo.

Pero esa clínica jamás había estado en venta.

Jamás.

Inés respiró despacio.

—Alguien está intentando sacar activos del fideicomiso usando documentos que aparentan llevar tu autorización.

Natalia sintió un escalofrío.

—¿Y si ya lo lograron?

—Eso es lo que vamos a averiguar.

En ese momento sonó el teléfono fijo del despacho.

La secretaria habló con voz apresurada.

—Licenciada, acaba de llegar un mensajero. Dice que la entrega es personal para la señora Natalia Aranda.

Un minuto después entró un hombre con uniforme de paquetería.

Pidió una identificación.

Le entregó un sobre sellado.

No tenía remitente.

Solo una frase escrita a mano.

“Todavía estás a tiempo.”

Natalia rompió el sello.

Dentro encontró una memoria USB y una fotografía.

La imagen mostraba a Héctor, Marina y un hombre mayor saliendo de una notaría.

La fotografía estaba fechada tres meses antes.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Él tampoco sabe toda la verdad.”

—¿Quién es ese señor? —preguntó Natalia.

Inés observó la fotografía durante varios segundos.

Su expresión cambió por completo.

—No puede ser…

—¿Lo conoces?

—Sí.

Era el notario que redactó el fideicomiso de tu abuelo.

Y murió hace ocho meses.

Natalia sintió que el aire desaparecía de la oficina.

—Entonces… ¿quién aparece en esa foto?

Nadie respondió.

Inés conectó la memoria USB al ordenador.

La pantalla mostró decenas de carpetas.

Audios.

Correos electrónicos.

Estados de cuenta.

Copias de pasaportes.

Y una carpeta destacada en rojo.

PROYECTO N.A.

Natalia hizo clic.

El primer documento era un cronograma.

Cada etapa estaba marcada con una casilla de verificación.

Ganar la confianza de Natalia.

Casarse bajo separación de bienes.

Acceso a empresas familiares.

Duplicar firmas oficiales.

Registrar beneficiaria alterna.

Reconocimiento del primer heredero.

Solo quedaba una línea sin completar.

La última.

Escrita en mayúsculas.

DECLARAR A NATALIA LEGALMENTE INCAPACITADA.

Natalia dejó escapar el aire con dificultad.

Las manos comenzaron a temblarle.

—No quieren divorciarse de mí…

Inés cerró lentamente la carpeta.

—No.

La miró fijamente antes de pronunciar las palabras que terminaron de cambiarlo todo.

—Quieren que sigas viva… pero sin poder decidir absolutamente nada sobre tu propia vida.

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