Alejandro apretó la demanda de divorcio hasta arrugar el papel.
—¿Dónde está Mariana?
Teresa lo miró con una calma que dolía más que cualquier grito.
—En un lugar donde tú no puedes lastimarla.
Él soltó una carcajada incrédula.
—¿De verdad cree que puede esconderse con mis hijos?
—No son un trofeo, Alejandro. Son tus hijos… los mismos por los que nunca apareciste.
Alejandro tomó el teléfono y marcó el número de Mariana.
Apagado.
Llamó a Rosa, la niñera.
—¿Dónde está la señora?
—No lo sé, licenciado. Solo me pidió que empacara la ropa de los bebés y me dijo que ya no volvería a la casa.
Colgó con el ceño fruncido.
Por primera vez en muchos años, sintió que algo escapaba completamente de su control.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Mariana sostenía a uno de los trillizos dormido sobre su pecho.
Los tres permanecían internados en una exclusiva unidad neonatal privada, bajo vigilancia constante.
Sofía Herrera llegó con una carpeta gruesa.
—¿Estás segura?
Mariana levantó la vista.
Ya no quedaba rastro de la mujer que pedía disculpas por todo.
—Nunca había estado tan segura.
Sofía abrió la carpeta.
Dentro había estados de cuenta, contratos, fotografías, registros migratorios y decenas de correos electrónicos.
—Durante seis meses reuniste más pruebas de las que consigue una fiscalía.
Mariana sonrió con tristeza.
—No empecé buscando un divorcio.
Hizo una pausa.
—Empecé intentando convencerme de que todavía tenía un matrimonio.
Señaló una fotografía.
Alejandro y Valeria caminaban abrazados por un hotel en Madrid.
Otra.
Los dos entrando juntos a un penthouse en Polanco.
Otra más.
Facturas pagadas con tarjetas corporativas de la empresa.
—¿Y esto?
Sofía levantó un contrato.
Mariana respiró hondo.
—Eso es lo que realmente lo va a destruir.
Era un documento firmado ocho meses atrás.
Una transferencia de acciones.
Alejandro había utilizado recursos de la empresa para beneficiar secretamente a una sociedad controlada por Valeria.
Todo aparecía respaldado con firmas electrónicas, movimientos bancarios y comunicaciones internas.
—Si esto llega al consejo de administración…
—Perderá el control de la compañía —completó Mariana.
Sofía permaneció en silencio durante varios segundos.
—Alejandro cree que esta es una pelea por un divorcio.
Mariana acarició la diminuta mano de uno de sus hijos.
—Se equivoca.
Su voz salió tranquila.
—Es una pelea por el futuro de mis hijos.
Esa misma tarde, Alejandro convocó una reunión urgente en las oficinas centrales de Serrano Global.
Valeria entró sonriendo.
—¿Ya se le pasó el berrinche a tu esposa?
Él dejó la demanda sobre la mesa.
—Pidió divorcio.
La sonrisa desapareció.
—¿Y?
—También pidió congelar mis cuentas.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Ningún juez aprobaría algo así.
En ese instante, Julián entró sin tocar.
Tenía el rostro completamente pálido.
—Señor…
—¿Qué ocurre?
—Acaba de llegar una notificación judicial.
Alejandro abrió el sobre.
Su expresión cambió al leer las primeras líneas.
Solicitud de medidas cautelares.
Prohibición temporal para vender activos.
Requerimiento inmediato de información financiera.
Y una frase subrayada en negritas:
“Existen indicios suficientes de ocultamiento patrimonial y posible administración fraudulenta.”
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—Eso… eso no puede ser.
Pero Alejandro ya había entendido algo.
Mariana no estaba improvisando.
Llevaba meses preparándose.
Y aquella demanda apenas era el primer golpe.
Cuando levantó la vista hacia Julián, este evitó mirarlo.
Había algo más.
Algo mucho peor.
—Señor Serrano…
—Habla.
Julián tragó saliva.

—El presidente del consejo acaba de convocar una sesión extraordinaria.
—¿Para qué?
El asistente respondió con apenas un hilo de voz.
—Porque alguien envió de forma anónima un expediente de más de trescientas páginas… y todo apunta a que contiene pruebas suficientes para destituirlo como director general.
Alejandro sintió, por primera vez en su vida, auténtico miedo.