PARTE 2: EL DOCTORADO.

Emma dejó el teléfono sobre la mesa y respiró profundamente.

Durante años había esperado que Nathaniel cambiara.

Ahora solo esperaba la fecha de su vuelo.

A la mañana siguiente volvió a levantarse antes del amanecer.

Preparó el desayuno.

Ordenó la casa.

Firmó unos documentos del despacho de Nathaniel que la secretaria había enviado.

Todo exactamente igual que siempre.

La única diferencia era que ya no esperaba un “gracias”.

Nathaniel regresó cerca de las nueve.

Traía la misma ropa de la noche anterior.

Y el perfume de Clara impregnado en la chaqueta.

Encontró a Emma desayunando sola mientras leía un artículo científico en su tableta.

—¿No vas a preguntarme cómo está Clara?

Ella levantó la vista apenas un instante.

—¿Está bien?

—Sí.

—Me alegro.

Volvió a leer.

Nathaniel permaneció inmóvil.

Antes, Emma habría preguntado cuánto tiempo estuvo allí, qué había pasado o si había cenado.

Aquella mañana solo existía el silencio.

Mientras subía las escaleras, Lucas salió de su habitación.

Llevaba el uniforme escolar desordenado.

—Papá, mamá dice que esta noche iremos a cenar los tres.

Nathaniel sonrió.

—Claro.

Lucas pasó junto a Emma sin siquiera mirarla.

Como si fuera parte del mobiliario.

Ella siguió leyendo.

Ni una palabra.

Ni un reproche.

Nathaniel sintió un extraño vacío.

Aquello era exactamente lo que había querido.

¿Por qué resultaba tan insoportable?

Dos días después, durante una reunión del consejo de administración, Nathaniel recibió una llamada del hospital donde Emma había perdido al bebé.

Pensó que se trataba de algún trámite pendiente.

Contestó distraído.

—Señor Hale —dijo el médico—, necesitamos confirmar si la señora Whitmore continuará con las sesiones de rehabilitación psicológica.

Nathaniel frunció el ceño.

—¿Qué rehabilitación?

Hubo un breve silencio.

—Después de perder al bebé, la señora presentó un cuadro severo de depresión y estrés postraumático.

Asistió únicamente a dos consultas.

Luego dejó de venir.

Nathaniel quedó completamente inmóvil.

—Ella nunca me dijo nada.

—Pensamos que usted lo sabía.

La llamada terminó.

Durante varios minutos no escuchó una sola palabra de la reunión.

Esa noche llegó temprano a casa.

Encontró a Emma guardando libros en varias cajas.

—¿Qué haces?

—Ordenando.

—¿Para qué?

Ella cerró una caja con cinta adhesiva.

—Ocupan demasiado espacio.

Nathaniel abrió una de las cajas.

Dentro había decenas de libros de investigación, cuadernos llenos de apuntes y antiguos artículos publicados con el nombre de Emma Whitmore.

Nunca los había leído.

Nunca preguntó por ellos.

—¿Desde cuándo escribes todo esto?

Emma sonrió con tranquilidad.

—Desde mucho antes de conocerte.

En ese momento sonó el timbre.

Era un mensajero internacional.

—¿Señora Emma Whitmore?

Ella firmó el recibo.

El sobre llevaba el sello oficial de la Universidad de California.

Nathaniel la observó abrirlo.

Dentro había una carta de admisión definitiva y un calendario de incorporación.

—¿Qué es eso?

Emma levantó la vista.

—Mi aceptación para el doctorado.

Nathaniel sintió que algo se hundía dentro de él.

—¿Vas a estudiar… en Estados Unidos?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Emma guardó cuidadosamente la carta dentro del sobre.

Luego lo miró con la misma serenidad que tanto empezaba a asustarlo.

—Cuando dejara de ser tu esposa.

Por primera vez desde que la conocía, Nathaniel comprendió que Emma ya no estaba intentando salvar su matrimonio.

Estaba preparando cuidadosamente su vida… sin él.

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