PARTE 2: EL DINERO REVELÓ LA VERDAD

Mariana dejó el teléfono sobre la mesa.

Por un instante, dejó de escuchar a los policías.

Su atención estaba completamente atrapada por aquella lista de transferencias.

Novecientos mil pesos.

No habían desaparecido en un solo movimiento.

Habían sido retirados poco a poco.

Cantidades distintas.

Fechas diferentes.

Siempre camufladas entre pagos legítimos.

Era un trabajo demasiado meticuloso para ser un accidente.

El oficial de mayor edad rompió el silencio.

—¿Tiene acceso a los comprobantes completos?

Mariana respiró hondo.

—Sí.

Encendió la computadora del despacho.

Ingresó a la banca empresarial.

Abrió el historial de movimientos.

Entonces apareció un detalle que hasta ese momento había pasado desapercibido.

Todas las transferencias terminaban en la misma cuenta.

Distintos conceptos.

Mismo destino.

El nombre del beneficiario hizo que se le helara la sangre.

V. Méndez Consultoría.

Verónica Méndez.

Su mejor amiga.

El policía levantó lentamente la vista.

—¿La conoce?

Mariana soltó una risa amarga.

—Demasiado.


Dos horas después ya estaba sentada en el despacho de su abogado.

Arturo Beltrán llevaba más de quince años asesorándola.

Nunca lo había visto tan serio.

—¿Alejandro tenía autorización para administrar tus cuentas?

—Solo para hacer pagos específicos cuando yo viajaba por trabajo.

Arturo asintió.

—Eso no le daba derecho a transferir dinero para beneficio propio.

Extendió sobre la mesa los estados de cuenta.

Cada movimiento estaba respaldado por registros electrónicos.

Direcciones IP.

Horarios.

Dispositivos utilizados.

Todo apuntaba al mismo usuario.

Alejandro.

—¿Quieres presentar una denuncia?

Mariana no dudó.

—Hoy mismo.

Arturo tomó el teléfono.

—También vamos a solicitar el congelamiento de cualquier cuenta que haya recibido esos fondos mientras se investiga el origen del dinero.


Mientras tanto, en Cancún, Alejandro despertó convencido de que comenzaba la mejor etapa de su vida.

Se estiró satisfecho.

Miró a Verónica, que seguía dormida.

Tomó su cartera.

Sacó una de las tarjetas.

—Voy por café.

Cinco minutos después, el empleado del hotel le devolvió el plástico.

—Lo siento, señor.

Pago rechazado.

Alejandro sonrió con tranquilidad.

Intentó con otra.

Mismo resultado.

Después una tercera.

Nada.

Frunció el ceño.

—Debe ser un error.

Sacó el teléfono.

Entró a la aplicación bancaria.

Su acceso había sido bloqueado.

Marcó inmediatamente a Mariana.

La llamada fue rechazada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Verónica apareció detrás de él.

—¿Qué pasa?

—Canceló todas las tarjetas.

Ella palideció.

—Todavía tenemos el dinero de las transferencias.

Alejandro respiró con alivio.

—Sí.

Eso basta.

Pero apenas terminó la frase, su propio teléfono comenzó a sonar.

Era su banco.

Contestó sin preocuparse.

La voz del ejecutivo sonó completamente formal.

—Señor Salgado, le informamos que varias operaciones recientes están siendo revisadas por una solicitud oficial relacionada con posibles movimientos no autorizados.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué significa eso?

—Por el momento no podemos darle más información.

La llamada terminó.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.


Esa misma tarde, Mariana regresó a casa.

Todavía estaban allí las fotografías familiares.

Se acercó al retrato del aniversario número veinte.

Alejandro la abrazaba.

Verónica sonreía entre ambos.

Parecían inseparables.

Tomó el marco.

Lo guardó dentro de una caja.

No por tristeza.

Sino porque ahora era una prueba de cuánto tiempo llevaban compartiendo su vida mientras planeaban traicionarla.

Cuando terminó de ordenar la sala, sonó el timbre.

Era un mensajero.

Traía un sobre certificado.

Remitente:

Notaría Pública Número 18.

Mariana abrió el documento.

Era una copia de un poder notarial firmado seis meses atrás.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

La firma tenía su nombre.

Pero ella jamás había estado en esa notaría.

Arturo respondió al primer tono.

—¿Qué ocurrió?

—Tengo un poder firmado a mi nombre…

Hizo una pausa mientras observaba cuidadosamente el documento.

—…y estoy casi segura de que falsificaron mi firma.

Al otro lado de la línea hubo unos segundos de absoluto silencio.

Luego el abogado habló con una firmeza que nunca antes había utilizado.

—Mariana…

—¿Sí?

—Esto ya no es solo un divorcio.

Cerró la carpeta con decisión.

—Si ese documento es falso, Alejandro y Verónica no solo planearon irse con tu dinero.

Llevan meses construyendo un fraude mucho más grande… y acabas de encontrar la primera pieza que puede hacer que ambos respondan ante la justicia.

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