—Entonces es una suerte que todavía no me haya casado.
Colgué.
Pensé que aquello terminaría ahí.
Me equivocaba.
A las ocho de la noche llamaron a mi puerta.
Cuando abrí, Derek estaba acompañado por su madre.
Ni siquiera saludaron.
La señora Shaw entró y dejó su bolso sobre mi sofá como si aquella casa también perteneciera ya a su familia.
—Nina, somos adultos —dijo—. No destruyas una relación de tres años por un coche.
Derek permanecía detrás de ella con el rostro sombrío.
—Solo necesito que transfieras los cuatrocientos mil restantes.
Lo miré.
—¿Todavía crees que voy a pagar?
—Ya firmé el contrato.
—Ese es tu problema.
Su madre suspiró con impaciencia.
—¿Qué diferencia hay entre ponerlo a nombre de Derek o al tuyo? Cuando se casen será de ambos.
—Perfecto.
Saqué mi teléfono.
—Entonces pongámoslo a mi nombre.
Derek respondió inmediatamente:
—No.
Sonreí.
—Ahí está la diferencia.
Ninguno habló.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi madre.
Respondí delante de ellos.
—Mamá.
—¿Ya elegiste coche?
Miré a Derek.
—Todavía no. Pero alguien intentó elegirlo por mí.
Le conté todo.
Los 420.000.
El depósito.
El contrato a nombre de Derek.
Y su exigencia de que yo pagara.
Mi madre permaneció en silencio unos segundos.
Después preguntó:
—¿Derek está ahí?
—Sí.
—Pon el altavoz.
Lo hice.
Su voz llegó tranquila.
—Derek, esos 420.000 yuanes son dinero que ahorré durante años para mi hija. Si Nina quiere comprarse un coche de 100.000, perfecto. Si quiere devolverme todo, también.
Hizo una pausa.
—Pero si tú quieres un coche de 420.000, trabaja y cómpratelo.
El rostro de Derek se puso rojo.
Su madre intervino:
—¿Es necesario hablar así entre futuras familias?
Mi madre rio suavemente.
—Después de lo que acabo de escuchar, dudo mucho que vayamos a convertirnos en familia.
Derek me miró.
—¿Vas a dejar que tu madre decida nuestra relación?
Negué lentamente.
—No.
Me quité el anillo que llevaba desde hacía meses.
Derek palideció.
—La estoy decidiendo yo.
Dejé el anillo sobre la mesa.
—Terminamos.
—¿Por un coche?
—No.
Lo miré fijamente.
—Por creer que puedes decidir qué hago con mi dinero.
—Por preparar un contrato a escondidas.
—Por intentar obligarme a pagar.
—Y porque cuando te pregunté por qué debía estar únicamente a tu nombre, respondiste: “Porque soy el hombre”.
Señalé la puerta.
—Ahora puedes ser todo el hombre que quieras. Pero lejos de mí.
La señora Shaw empezó a protestar.
Derek no.
Solo recogió el anillo.
Antes de salir se volvió.
—Te arrepentirás.
—Tal vez.
—Pero será mi arrepentimiento.
Cerré la puerta.
Dos días después recibí una llamada del concesionario.
Era Leo.
—Señorita, disculpe que la moleste. El señor Shaw todavía no ha completado el pago.
—Entonces llámelo a él.
—Dice que usted prometió proporcionar el dinero.
—¿Mi nombre aparece en algún documento?
Silencio.
—No.
—Entonces ya tiene su respuesta.
Colgué.
Aquella tarde transferí 270.000 yuanes de vuelta a mi madre.
Me quedé con 150.000.
Exactamente lo que había querido gastar desde el principio.
Una semana después compré un coche pequeño, seguro y fácil de estacionar.
A mi nombre.
Cuando envié una fotografía a mamá, respondió:
“Ahora sí puedo dormir tranquila.”
Sonreí durante todo el camino a casa.
Pero la historia con Derek todavía no había terminado.
Un compañero suyo, amigo también de una conocida mía, me contó lo ocurrido.
Derek había presumido durante días que compraría un SUV nuevo.
Había enseñado fotografías.
Incluso dijo:
—Mi novia me lo compra. Para ella 420.000 no es nada.
Cuando finalmente perdió el depósito y apareció sin coche, sus compañeros comenzaron a hacer preguntas.
Y entonces hizo exactamente lo que esperaba.
Me culpó.
Dijo que yo era tacaña.
Que había prometido regalárselo.
Que mi familia utilizaba el dinero para humillarlo.
Pero alguien preguntó:
—Si ella te lo regalaba, ¿por qué pagaste el depósito antes de que aceptara?
Derek no supo responder.
Tres meses después volvió a escribirme.
“Podemos empezar de nuevo.”
No contesté.
Después llegó otro mensaje.

“Mi madre también reconoce que habló demasiado.”
Lo bloqueé.
Medio año más tarde, mi madre vino a visitarme.
La recogí en mi coche.
Se sentó en el asiento del acompañante, tocó el tablero y sonrió.
—Es bonito.
—Costó menos de la mitad de lo que me diste.
—Mejor.
Mientras conducíamos, le pregunté:
—Mamá, ¿te enfadó que devolviera tanto dinero?
Me miró sorprendida.
—¿Por qué iba a enfadarme?
—Porque me lo habías regalado.
Mi madre tomó mi mano cuando paramos en un semáforo.
—Nina, yo te di dinero para que tu vida fuera más fácil.
—No para comprarle dignidad a un hombre.
Sentí que se me humedecían los ojos.
Entonces comprendí algo.
Derek había dicho que, después de casarnos, todo lo mío pertenecería a su familia.
Mi madre jamás había pensado así.
Incluso después de entregarme los ahorros de años, seguía considerando que la decisión era mía.
Uno quería controlar lo que recibía de mí.
La otra solo quería verme llegar segura a casa.
Miré el volante.
Mi nombre figuraba en todos los documentos del vehículo.
Pero lo más importante no estaba escrito en ningún papel.
Mi dinero era mío.
Mis decisiones eran mías.
Y mi futuro también.
Pisando suavemente el acelerador, seguí conduciendo.
Esta vez, nadie estaba sentado al volante de mi vida excepto yo.