PARTE 2: EL DINERO NUNCA FUE SUYO

A la mañana siguiente, Teresa recibió una llamada del banco.

—Señora Vargas, necesitamos confirmar una compra por un millón cuatrocientos mil pesos en una agencia de vehículos.

Teresa cerró los ojos.

Ya sabía quién era.

—Rechácenla.

—¿Desea bloquear la tarjeta adicional?

—Todas.

Veinte minutos después, Rogelio llamó.

—¿Qué hiciste?

—Protegí las cuentas de mi empresa.

—¡Mariana está aquí conmigo! ¡La hiciste pasar una vergüenza!

Teresa soltó una risa amarga.

Después de lo ocurrido la noche anterior, aquello casi parecía una broma.

—Entonces págale la camioneta con tu dinero.

Hubo silencio.

—Todo lo nuestro es de los dos —respondió Rogelio.

—Curioso. Anoche era “tu dinero”.

Esa tarde, Teresa reunió contratos, estados de cuenta y documentos que llevaba años evitando revisar.

Lo que encontró fue peor de lo que imaginaba.

Rogelio había usado tarjetas vinculadas a Dulce Raíz para pagar viajes, restaurantes, regalos y gastos de su familia. Incluso había hecho transferencias sin explicaciones claras.

Teresa contrató a una abogada.

Cuando Rogelio recibió la solicitud de divorcio, apareció en la oficina de Dulce Raíz furioso.

—Sin mí no eres nadie.

Teresa levantó la mirada desde su escritorio.

—Entonces no tendrás ningún problema cuando me vaya.

Meses después, volvieron a verse frente a un juez.

Rogelio llegó acompañado de su madre.

Y también de otra mujer.

Camila.

La misma mujer con la que Teresa había descubierto que llevaba meses relacionándose a escondidas.

Camila sonrió al verla.

Doña Leonor ni siquiera intentó disimular su desprecio.

—Siempre fuiste una inútil —murmuró—. Mi hijo te mantuvo diez años.

Teresa no respondió.

Rogelio sí.

Se inclinó hacia ella antes de comenzar la audiencia.

—Escúchame bien: nunca volverás a tocar un peso de mi dinero.

Camila soltó una pequeña carcajada.

Teresa abrió tranquilamente su bolso.

Su abogada colocó un sobre grueso frente al juez.

Dentro había años de estados bancarios.

Transferencia tras transferencia.

Dulce Raíz había pagado la hipoteca.

Dulce Raíz había cubierto los automóviles.

Dulce Raíz había financiado viajes familiares.

Y cada mes, durante años, grandes cantidades habían salido de las cuentas empresariales hacia gastos controlados por Rogelio.

El juez revisó los documentos.

Luego levantó la mirada.

—Señor Salvatierra, ¿puede explicar el origen de estos fondos?

Rogelio abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Su sonrisa desapareció.

Camila dejó de reír.

Doña Leonor se quedó rígida.

Teresa observó al hombre que durante diez años había presumido una riqueza que nunca había construido.

Entonces su abogada sacó un segundo expediente.

—Señoría, además solicitamos que se investiguen varias transferencias realizadas sin autorización de mi clienta.

Rogelio palideció.

—Teresa…

Ella lo miró con absoluta calma.

Por primera vez, era él quien parecía pequeño.

—Tenías razón en algo, Rogelio.

Él tragó saliva.

—¿En qué?

Teresa cerró el sobre.

—Nunca volveré a tocar un peso de tu dinero.

Hizo una pausa.

—Porque acabo de descubrir que casi nunca lo hice.

Y mientras el juez continuaba revisando las transferencias, Rogelio comprendió que el divorcio no iba a quitarle su fortuna a Teresa.

Iba a revelar delante de todos quién había construido realmente la de él.

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