PARTE 2: EL DIARIO QUE CAMBIÓ SU VIDA

Tres días después de que el tren abandonara la ciudad, Gabriel regresó por primera vez a la casa.

Laura estaba preparando la cena.

Todo parecía tranquilo.

Perfecto.

Sin embargo, algo lo incomodaba.

Era el silencio.

Clara siempre llenaba aquella casa de pequeños sonidos: música mientras cocinaba, pasos ligeros por el pasillo, el aroma del café por las mañanas.

Ahora no había nada.

—¿Ya firmó el divorcio? —preguntó Laura con aparente naturalidad.

Gabriel dejó las llaves sobre la mesa.

—Sí.

—Entonces todo terminó.

Él asintió.

Pero, por alguna razón, no sintió alivio.

Subió al dormitorio.

Abrió el armario.

La mitad estaba completamente vacía.

Ni ropa.

Ni perfumes.

Ni libros.

Solo quedaba una caja de madera en el fondo del estante.

Pensó que era algo sin importancia.

La abrió.

Dentro encontró un cuaderno de tapas azules.

Un diario.

Estuvo a punto de cerrarlo.

Pero una fotografía cayó al suelo.

La recogió.

Era una imagen de Clara sonriendo durante su primer aniversario de bodas.

En la parte de atrás había una frase escrita con su letra.

“Ojalá algún día Gabriel me mire como yo lo miro a él.”

Sintió una extraña presión en el pecho.

Abrió el diario.

Las primeras páginas hablaban de cosas sencillas.

Recetas.

Viajes.

Pequeños recuerdos.

Después la escritura cambió.

“Hoy volvió a llamarme Laura por su nombre mientras dormía.”

Gabriel se quedó inmóvil.

Pasó otra página.

“Dice que estoy exagerando. Quizá tenga razón.”

Otra más.

“Encontré una fotografía de Laura escondida en su despacho. Fingí no verla.”

Su respiración comenzó a acelerarse.

Cada página era un intento desesperado de salvar un matrimonio que solo existía para una persona.

Llegó a la última anotación.

La fecha era el mismo día de la caída.

“Hoy quería darle una sorpresa.”

Gabriel tragó saliva.

“Compré una prueba de embarazo.”

El mundo pareció detenerse.

Sus manos empezaron a temblar.

Continuó leyendo.

“Si sale positiva, esta noche se lo diré. Tal vez un bebé nos dé la oportunidad de empezar de nuevo.”

El diario terminaba allí.

No había más palabras.

Solo un pequeño sobre pegado a la última página.

Lo abrió.

Dentro había una fotografía.

Una prueba de embarazo.

Dos líneas perfectamente marcadas.

Gabriel dejó caer el diario.

El aire desapareció de sus pulmones.

—No…

Retrocedió un paso.

Después otro.

Su mente volvió a aquella escalera.

A la sangre.

A Clara diciendo:

“Estoy sangrando.”

Y él…

Había elegido marcharse con Laura.

En ese instante sonó el teléfono.

Era Marta, la empleada de la casa.

—Señor…

Su voz sonaba quebrada.

—Necesito decirle algo que la señora Clara me prohibió contar.

Gabriel apenas podía hablar.

—¿Qué pasó?

Marta rompió a llorar.

—Cuando salió de la casa… llevaba las manos sobre el vientre.

Él sintió que el corazón dejaba de latir.

—¿Por qué?

La mujer tardó unos segundos en responder.

—Porque estaba embarazada.

El teléfono resbaló de su mano.

Golpeó el suelo.

Laura apareció en la puerta del dormitorio.

—¿Gabriel?

Él levantó lentamente la vista.

Sus ojos estaban completamente vacíos.

—Había un bebé.

Laura quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nuestro bebé.

El silencio se volvió insoportable.

Laura intentó acercarse.

—Gabriel, yo no sabía…

Él retrocedió.

—No me toques.

Nunca antes le había hablado con ese tono.

Ella comenzó a ponerse nerviosa.

—Fue un accidente…

Gabriel recordó otra frase.

“Primero te llevaré al hospital a revisar tus piernas.”

Mientras Clara se desangraba sola.

Sintió una náusea insoportable.

Corrió al baño.

Vomitando una y otra vez.

Aquella noche no durmió.

Al amanecer llamó al hospital donde Clara había sido atendida.

—Necesito hablar con el médico que la recibió.

Hubo un largo silencio.

La recepcionista respondió con profesionalidad.

—Lo siento, señor.

Por confidencialidad no podemos…

Él interrumpió desesperado.

—Solo necesito saber una cosa.

Respiró con dificultad.

—¿Mi esposa perdió un embarazo?

La mujer guardó silencio unos segundos.

Después respondió únicamente:

—Señor…

No puedo darle información médica.

Pero si usted es quien figura como familiar directo…

Hizo otra pausa.

—Le recomiendo revisar el sobre que la paciente pidió dejar en custodia para usted.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué sobre?

—La señora Clara dejó una carta con instrucciones específicas.

Solo debía entregarse si usted preguntaba exactamente por eso.

El corazón de Gabriel comenzó a latir con violencia.

Una carta.

Escrita antes de desaparecer.

No tenía idea de que, dentro de ese sobre, Clara no solo le confirmaba que había perdido a su hijo.

También le revelaba que la caída por las escaleras había quedado grabada por completo en las cámaras de seguridad de la casa.

Y que esa grabación ya no estaba únicamente en sus manos.

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