Rodrigo tomó los dos informes.
Leyó el primero.
Luego el segundo.
Su rostro cambió.
—Esto no puede ser.
Jimena señaló la firma del médico.
—Los dos documentos tienen la misma fecha.
Mariana cruzó los brazos.
—Y uno de ellos dice que yo era incapaz de quedar embarazada. El otro dice que mis ovarios funcionaban con normalidad.
Teresa palideció.
—Eso no demuestra nada.
—Entonces explica esto.
Jimena sacó un recibo.
La cantidad estaba claramente impresa:
240.000 pesos.
Beneficiario: Clínica Santa Helena.
Concepto: “Tratamiento y modificación de expediente médico”.
Rodrigo levantó lentamente la mirada.
—Mamá…
Teresa dio un paso atrás.
—No sabes lo que estás diciendo.
Mariana dejó sobre la mesa las nueve cartas certificadas.
—Te las envié todas.
Rodrigo miró los sobres.
Cada uno llevaba su nombre.
Cada uno había sido devuelto.
—¿Por qué nunca las recibí?
Teresa no respondió.
Jimena abrió otra carpeta.
—Porque alguien ordenó que todas fueran interceptadas.
Dentro había registros de llamadas, correos y transferencias.
Y entonces apareció una transferencia a nombre del abogado de los Landa.
Rodrigo se quedó completamente inmóvil.
—Tú me dijiste que Mariana estaba intentando extorsionarme.
Teresa tragó saliva.
—Estaba obsesionada contigo.
—¿Y las cartas?
Silencio.
—¿Y el diagnóstico?
Nada.
—¿Y el dinero?
Teresa comenzó a llorar.
—Lo hice por la familia.
Rodrigo soltó una risa amarga.
—¿Por la familia?
Mariana lo miró.
—No. Lo hiciste porque querías que tu hijo creyera que su esposa era incapaz de darle herederos.
Teresa bajó la mirada.
Entonces Rodrigo vio una fotografía sobre la mesa.
Tres niños.
Renata.
Mateo.
Gael.
Sus ojos se quedaron clavados en ellos.
—¿Quiénes son?
Mariana no respondió inmediatamente.
Sacó tres informes.
Pruebas genéticas.
Los deslizó hacia él.
—Tus hijos.
Rodrigo dejó de respirar.
Jimena se cubrió la boca.
—¿Tres?
—Trillizos.
Rodrigo tomó los documentos con manos temblorosas.
Leyó su nombre.
El de Mariana.
Y el resultado.
Compatibilidad biológica confirmada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mariana sostuvo su mirada.
—Porque durante cinco años me hicieron creer que tú no querías saber nada de ellos.
—Yo nunca recibí tus cartas.
—Ahora lo sabes.
Rodrigo cerró los ojos.
Pero antes de poder decir algo, Teresa soltó una frase que hizo que todos se giraran.
—Espera.
Su voz temblaba.
—Esos niños no son el verdadero problema.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Teresa miró hacia la carpeta roja.
—Jimena no debía encontrar esa carpeta.
Jimena palideció.
—¿Qué hay dentro?
Teresa no contestó.
Mariana abrió el último compartimento.
Dentro había una factura antigua.
240.000 dólares.
Pero esta vez no aparecía la clínica.
El pago había sido realizado a una empresa privada de investigación.
Y en la descripción había una frase:
“Localización y seguimiento de los tres menores.”
Mariana sintió que la sangre se le helaba.
Rodrigo levantó la mirada.
—¿Quién los estaba buscando?
Jimena sacó el último documento.
Y al verlo, su rostro perdió completamente el color.
—Rodrigo…
—¿Qué?
Ella le entregó la hoja.
El nombre del cliente estaba allí.
No era Teresa.

No era la familia Landa.
Era alguien que Mariana conocía perfectamente.
Su propio padre.