PARTE 2: EL DÍA QUE DEJÉ DE ESPERARLO

Daniel no volvió aquella noche.

Yo tampoco lo esperé.

Pedí un coche, regresé al apartamento y empecé a guardar mis cosas.

Cuando amaneció, el vestido blanco de las fotos seguía colgado junto a la ventana.

Lo metí en una funda.

Después dejé el anillo de compromiso sobre la mesa.

A las nueve, Daniel llamó.

—¿Dónde estás?

—En casa de mi madre.

—¿Y tus cosas?

—Conmigo.

Hubo un silencio.

—Camila, deja de exagerar. Mia necesitaba ayuda.

—Lo sé.

—Entonces vuelve.

—No.

Por primera vez en nueve años, no intenté convencerlo de nada.

Aquello pareció asustarlo más que cualquiera de nuestras discusiones.

—¿Realmente cancelarás una boda por esto?

—No fue por ayer.

Respiré lentamente.

—Fue por cada vez que necesitaste que yo entendiera mientras tú nunca intentabas entenderme.

Colgué.

Dos días después, Daniel apareció en casa de mi madre.

Traía flores.

No las acepté.

—Mia ya está bien —dijo rápidamente—. Podemos reprogramar las fotos.

Casi me dio pena.

Todavía pensaba que el problema era una sesión fotográfica.

—Daniel, tuve un accidente.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Por eso estaba en urgencias.

Su mirada bajó lentamente hacia las heridas de mis manos.

Por fin las vio.

Dos días tarde.

—¿Por qué no me llamaste?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

—Eso mismo me pregunté yo.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y?

—Que después de nueve años contigo, mi primer instinto cuando tuve miedo fue resolverlo sola.

Su rostro perdió color.

—Camila…

—Ese fue el momento en que entendí que nuestra relación ya había terminado. Solo faltaba que yo lo aceptara.

Entonces su teléfono sonó.

En la pantalla apareció el nombre de Mia.

Daniel lo miró.

Después me miró a mí.

Por primera vez, rechazó la llamada.

Pero ya no significaba nada.

—Mira —dijo—. Puedo cambiar.

Negué con la cabeza.

—No quiero convertirme en tu prioridad solo porque finalmente estoy dispuesta a marcharme.

La boda fue cancelada esa misma semana.

Daniel intentó recuperarme durante meses.

Dejó mensajes.

Envió flores.

Incluso pidió a nuestros amigos que hablaran conmigo.

Mia también me escribió:

“Daniel y yo nunca tuvimos nada. No deberías perder nueve años por un malentendido.”

No respondí.

Porque ella tenía razón en una cosa.

No quería perder nueve años.

Precisamente por eso me negaba a perder el décimo.

Seis meses después me encontré con Daniel por casualidad.

Parecía más cansado.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

Y era verdad.

Me observó durante unos segundos.

—Todavía pienso que podríamos haberlo arreglado.

—Quizá.

Él pareció sorprendido.

Sonreí.

—Pero arreglar algo no significa que todavía quieras conservarlo.

Seguí caminando.

Aquel accidente no destruyó mi relación.

Solo me mostró lo que nueve años de excusas me habían impedido ver.

Cuando mi coche chocó, llamé a la policía.

Llamé al seguro.

Busqué ayuda.

Hice todo lo necesario.

Pero jamás pensé en Daniel.

Y finalmente comprendí por qué.

**Hacía mucho tiempo que tenía prometido.

Lo que ya no tenía era alguien en quien confiar.**

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