Tres días después, Ricardo despertó con una sensación extraña en el pecho.
No era dolor.
Era debilidad.
Intentó levantarse de la cama y tuvo que sentarse de nuevo.
Valeria apareció desde el baño.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo estoy cansado.
Ella sonrió.
—Te dije que necesitas descansar. Yo me encargo.
Ricardo intentó desayunar.
A mitad de la comida, su mano empezó a temblar.
Valeria dejó los cubiertos.
—¿Otra vez?
—Pásame el medicamento.
—¿Cuál?
Ricardo levantó la mirada.
—El de la mañana.
—¿Cuál de todos?
Silencio.
Él señaló el armario.
—Está en la caja azul.
Valeria abrió tres cajones.
Nada.
—Ricardo, ¿dónde lo guardas?
Por primera vez, él entendió.
Siempre había estado allí.
Pero nunca había sabido dónde.
Media hora después, terminaron en el hospital.
El médico revisó los análisis y miró a Ricardo durante varios segundos.
—¿Quién está controlando sus medicamentos?
Ricardo señaló a Valeria.
—Ella.
El doctor miró a Valeria.
—¿Desde cuándo conoce su tratamiento?
—Desde hace tres días.
El médico cerró lentamente la carpeta.
—Entonces tenemos un problema.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Qué problema?
—Su esposa anterior no solo organizaba sus medicamentos. También llevaba un registro detallado de sus síntomas y de las señales tempranas de una crisis.
Ricardo bajó la mirada.
El médico continuó:
—Usted no puede improvisar con esta enfermedad.
Valeria se cruzó de brazos.
—Pero yo puedo aprender.
El médico negó con la cabeza.
—No estamos hablando de aprender a cocinar una receta.
Ricardo sintió un vacío en el estómago.
Entonces recordó el cuaderno azul.
—Lo dejé en casa.
—Tráigalo.
Ricardo llamó a Valeria.
—Ve por él.
Ella tardó en responder.
—¿Ahora?
—Sí.
Cuando regresó, dejó el cuaderno sobre el escritorio del médico.
El doctor lo abrió.
Páginas y páginas de anotaciones.
Fechas.
Horarios.
Cambios mínimos en su voz.
Noches en las que Ricardo había dormido mal.
Días en los que había tenido dificultades para caminar.
Incluso pequeñas observaciones que él jamás había considerado importantes.
El médico pasó una página.
Luego otra.
Y finalmente miró a Ricardo.
—¿Ella hizo esto durante veintidós años?
Ricardo no respondió.
—Sí —dijo Valeria.
El médico cerró el cuaderno.
—Entonces acaba de perder a la persona que mejor conocía su enfermedad.
Ricardo sintió que algo dentro de él se rompía.
—¿Puedo llamarla?
El médico lo miró.
—Puedes intentarlo.
Ricardo sacó el teléfono.
Marcó.
Una vez.
Dos.
Tres.
No contestó.
Entonces llegó un mensaje.
“No vuelvas a llamarme para que vuelva a cuidarte. Esta vez tendrás que aprender a cuidarte tú.”
Ricardo miró la pantalla durante mucho tiempo.
Valeria observó su rostro.
—¿Qué dijo?
Ricardo apagó el teléfono.
—Nada.
Pero esa noche, cuando llegó a casa, abrió otra vez el cuaderno azul.
En la última página había una anotación que nunca había visto.
“Hoy cumplimos veintidós años de casados. Ricardo cree que todo esto es normal. Quizá algún día entienda que cuidar a alguien también es una forma de amar. Y quizá, cuando lo entienda, ya sea demasiado tarde.”
Ricardo dejó caer el cuaderno.
Por primera vez en veintidós años, tuvo miedo.

No de su enfermedad.
Sino de haber confundido el amor con algo que podía reemplazarse.