Durante las siguientes semanas, Ethan empezó a notar los cambios.
No porque me preguntara cómo estaba.
Sino porque su vida dejó de funcionar automáticamente.
Sus camisas no aparecían planchadas.
El refrigerador ya no estaba lleno.
Sus medicamentos dejaron de renovarse solos.
Y cuando preguntaba:
—¿Puedes encargarte?
Yo respondía exactamente como él me había enseñado.
—Como quieras.
La primera vez frunció el ceño.
La quinta dejó de parecerle gracioso.
Mientras tanto, preparé mi traslado en silencio.
Vendí algunas cosas, envié cajas al extranjero y encontré un pequeño apartamento cerca de mi nueva oficina.
Una semana antes del vuelo, Chloe volvió a escribirle.
Lo supe porque Ethan dejó su teléfono sobre la mesa.
“Mis padres organizaron otra cita. Creo que esta vez aceptaré.”
Ethan respondió:
“No lo hagas. Iré a verte.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Ya no dolían.
Solo confirmaban mi decisión.
Llegó el día 15.
A las nueve de la mañana debíamos encontrarnos frente al registro civil.
A las nueve, yo estaba cerrando mi última maleta.
A las nueve y veinte, Ethan llamó.
—¿Dónde estás?
—En casa.
Hubo silencio.
—Tenemos cita para casarnos.
—Lo sé.
—Entonces ven.
Miré el pasaporte sobre la mesa.
—No voy a ir.
Por primera vez escuché verdadera alarma en su voz.
—¿Qué significa eso?
—Que acepté el traslado.
—¿Cuándo?
—La noche que te pregunté si querías que me fuera.
Ethan recordó inmediatamente.
—¡Pero dijiste que probablemente estaríamos separados durante años!
—Sí.
—¿Y aun así aceptaste?
Sonreí con tristeza.
—Me dijiste “como quieras”.
Esta vez aquellas tres palabras parecieron golpearlo a él.
—No puedes tomar una decisión así solo por una frase.
—No fue una frase, Ethan.
Tomé mi maleta.
—Fueron años.
Intentó decir que nunca había querido controlarme.
Que pensaba que darme libertad era una forma de respetarme.
Entonces pregunté:
—¿Y por qué Chloe no recibe esa misma libertad?
Silencio.
No necesitaba otra respuesta.
Cuando bajé, el taxi ya esperaba.
Ethan llegó antes de que pudiera subir.
—Quédate.
Era la primera vez que me lo decía.
Durante años había esperado escuchar aquella palabra.
Ahora llegaba cuando ya no significaba nada.
—No.
—Podemos arreglarlo.
Negué con la cabeza.
—Tú no quieres perderme, Ethan. Eso no significa que hayas aprendido a elegirme.
Subí al taxi.
Horas después, mientras esperaba mi vuelo, llegó su último mensaje.
“Si subes a ese avión, ¿de verdad no volverás?”
Miré la pantalla.
Por primera vez, él esperaba que yo decidiera por nuestra relación.
Escribí:
“Como quieras.”
Después lo borré.
No quería convertirme en él.
Así que respondí la verdad:
“No voy a volver.”

Apagué el teléfono y caminé hacia la puerta de embarque.
DURANTE AÑOS ETHAN RESPONDIÓ “COMO QUIERAS” PORQUE ESTABA SEGURO DE QUE YO SIEMPRE ME QUEDARÍA; EL DÍA 15 DESCUBRIÓ QUE YO TAMBIÉN PODÍA TOMARLO EN SERIO.