PARTE 2 — EL DESTINO YA HABÍA CAMBIADO DE NOVIO

A la mañana siguiente, Adrián salió de casa antes del amanecer.

Ni siquiera desayunó.

Solo dejó un mensaje sobre la mesa.

—Volveré dentro de dos días. No tomes ninguna decisión importante hasta que regrese.

Sonreí al leerlo.

Durante siete años había tomado todas las decisiones importantes sin preguntarme.

No entendía por qué ahora pretendía darme órdenes.

A las ocho en punto llegué al despacho de mi abogado.

Los documentos ocupaban casi toda la mesa.

Transferencias.

Contratos.

Estados financieros.

Empresas registradas en Australia.

—Señorita Sandra —dijo el abogado mientras acomodaba una carpeta azul—, encontramos algo extraño.

—Las dos sociedades fueron constituidas hace dieciocho meses.

—El capital inicial salió íntegramente de las inversiones que usted hizo en Rong Technology.

Pasó varias páginas.

—Pero nunca figuró como accionista.

Fruncí el ceño.

—¿Quién aparece?

El abogado respiró hondo.

—Una empresa fiduciaria.

—Y detrás de ella hay un beneficiario oculto.

Guardó silencio unos segundos.

—Todavía no podemos identificarlo.

No pregunté nada más.

Porque ya intuía la respuesta.

Recordé todas las veces que Adrián insistió en que firmara documentos “urgentes” relacionados con la expansión internacional.

Siempre decía lo mismo.

—Solo son trámites administrativos.

Yo confiaba.

Firmaba.

Y seguía trabajando para aumentar el valor de una empresa que, poco a poco, dejaba de pertenecerme.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era Lucía.

—Sandra.

—Acabo de ver a Adrián.

Mi corazón permaneció completamente tranquilo.

—¿Dónde?

—Hospital Central.

—Está con Teresa.

No respondí.

Lucía continuó.

—No parecen jefe y empleada.

—Él la abraza delante de todos.

—Acaba de pagar el ingreso médico con una tarjeta corporativa.

Miré la carpeta frente a mí.

Todo empezaba a encajar.

No era solo compasión.

Nunca lo había sido.

Mientras tanto, en el hospital, Adrián sostenía la mano de Teresa.

—No te preocupes.

—Yo resolveré todo.

Ella bajó la cabeza.

—No quiero causarte más problemas.

—Sandra ya sospecha cosas.

Adrián sonrió con seguridad.

—Ella siempre termina comprendiéndome.

—Jamás me dejará.

Aquellas palabras llegaron a mis oídos una hora después.

Lucía había grabado la conversación desde el pasillo.

Escuché el audio completo sin cambiar de expresión.

Cuando terminó, solo hice una pregunta.

—¿Con quién estaba la señora Long esta mañana?

—Conmigo —respondió una voz tranquila desde la puerta.

La anciana acababa de entrar al despacho.

Se sentó lentamente frente a mí.

Sacó las tres monedas de su bolsa.

—Has empezado a ver la verdad.

—Pero todavía falta lo más importante.

La miré en silencio.

—¿Qué es?

La señora Long dejó caer las monedas sobre la mesa.

Observó la figura durante varios segundos.

Después levantó la vista.

—El hombre con quien te casarás el día dieciséis ya ha regresado a tu vida.

Sentí un estremecimiento.

—¿Quién es?

La anciana sonrió.

—No puedo decirte su nombre.

—Porque, si lo hiciera, volverías a elegir con el corazón.

—Y esta vez debes aprender a elegir con los ojos.

En ese instante, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Adrián.

“Sandra, Teresa y yo tendremos que viajar juntos a Australia antes de lo previsto. Nuestra boda deberá posponerse otra vez.”

Lo leí dos veces.

Después marqué un único número.

—Buenas tardes.

—Habla Sandra Lin.

—Quiero cancelar oficialmente mi compromiso con el señor Adrián Rong.

Hubo un breve silencio.

Entonces la secretaria respondió con evidente sorpresa.

—Señorita Sandra… el señor Rong acaba de reservar el Gran Salón Imperial…

—Para celebrar su boda el día dieciséis del próximo mes lunar.

Pero la novia registrada…

No era yo.

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