Marcos sonrió apenas vio el sobre.
—Qué tontería.
Lo dejó sobre la encimera mientras Patricia seguía desayunando.
—¿Qué es?
—Una notificación de desahucio.
Ella soltó una carcajada.
—¿Otra carta de esos administradores pesados?
Marcos abrió el documento sin ninguna preocupación.
La sonrisa desapareció antes de terminar la primera página.
Volvió a leer el encabezado.
Después la firma.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—No…
Susurró.
Patricia dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Él levantó lentamente la vista.
—La propietaria…
Tragó saliva.
—Es mi madre.
El silencio cayó sobre la cocina.
Patricia arrebató el documento.
Lo leyó con rapidez.
En la última página aparecía claramente:
Propietaria: Elena Vargas Serrano.
—Eso no puede ser.
Marcos seguía inmóvil.
Durante años había creído que el piso pertenecía a la familia.
Que algún día sería suyo.
Jamás imaginó que legalmente seguía siendo únicamente de Elena.
En ese momento sonó el teléfono.
Era el administrador del edificio.
—Señor Marcos.
Su voz sonaba completamente profesional.
—Le informo de que dispone de treinta días para abandonar la vivienda o regularizar la situación.
Marcos recuperó el habla.
—Tiene que haber un error.
—No lo hay.
—¡Es mi casa!
Hubo un breve silencio.
—No, señor.
La respuesta fue seca.
—Usted figura únicamente como inquilino.
Colgó.
Patricia comenzó a caminar nerviosa por el salón.
—Llama a tu madre.
Marcos marcó inmediatamente.
No contestó.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Una tercera vez.
Buzón.
Mientras tanto, Elena desayunaba tranquilamente en la terraza del ático.
Frente a ella había café caliente, pan recién hecho y un periódico.
Álvaro Medina dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Han recibido la notificación hace veinte minutos.
Elena asintió sin levantar la vista.
—Lo imaginaba.
—¿Quiere hablar con ellos?
Permaneció unos segundos en silencio.
—Hoy no.
Miró el cielo de Madrid.
—Durante años esperé que mi hijo quisiera hablar conmigo.
Ahora puede esperar él.
Ese mismo mediodía, Marcos apareció en la recepción del edificio donde vivía Elena.
El portero negó con educación.
—La señora Vargas no recibe visitas sin cita previa.
—Soy su hijo.
El hombre mantuvo la misma calma.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras le dolieron más que cualquier insulto.
Regresó al coche con Patricia.
Ella golpeó el volante.
—¡Lo está haciendo para asustarnos!
Marcos quería creerlo.
Pero algo dentro de él empezaba a comprender que aquella vez era diferente.
Dos días después llegó otra notificación.
No era del juzgado.
Era del banco.
La hipoteca del negocio que Marcos había abierto dos años atrás aparecía en riesgo de ejecución.
Buscó desesperadamente el aval.
Siempre creyó que lo había firmado él.
Pero al revisar la documentación descubrió otra realidad.
La avalista era Elena.
Y acababa de retirar su respaldo económico.
El teléfono volvió a sonar.
—Señor Marcos.
Era el director de la sucursal.
—Necesitamos reunirnos esta misma tarde.
Cuando colgó, sintió por primera vez verdadero miedo.
Aquella noche, Patricia rompió el silencio.
—Tu madre siempre nos dijo que había trabajado limpiando oficinas.
Marcos asintió.
—Sí.
—Entonces…
Lo miró confundida.
—¿Cómo puede tener ochenta y tres millones de euros?
Él no respondió.
Porque tampoco lo sabía.
Al día siguiente, Álvaro llevó a Elena a una sala de juntas en uno de los edificios del centro financiero.
Al entrar, diez personas se pusieron de pie.
Directores.
Consejeros.
Inversores.
Todos la saludaban con respeto.
—Buenos días, presidenta.
Marcos nunca había visto aquella escena.
Porque nunca se había interesado por la vida de su madre.
Mientras él crecía creyendo que ella solo limpiaba oficinas por necesidad, Elena había ido comprando discretamente pequeños locales, acciones y edificios con cada euro que ahorraba.
Nunca buscó lujo.
Buscó seguridad.
Para que su hijo jamás volviera a pasar hambre.
Y terminó criando a un hombre que confundió la humildad con debilidad.
Tres semanas después llegó el día del juicio por el desahucio.
Marcos apareció convencido de que todo terminaría con una reconciliación.
Al entrar en la sala vio a Elena sentada junto a Álvaro.
Vestía un sencillo traje azul.
No llevaba joyas.
Solo la serenidad de quien ya había dejado de esperar disculpas.
El juez comenzó la audiencia.
—Señor Marcos Vargas.
¿Reconoce que dejó de pagar el alquiler durante ocho meses?
Él bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Tiene alguna justificación?
Miró a su madre.
Esperaba que ella hablara.
Que lo defendiera.
Ella permaneció en silencio.
El juez continuó.
—Señora Vargas.
¿Desea mantener la demanda?
Toda la sala quedó inmóvil.
Elena respiró profundamente.
Miró por primera vez a su hijo desde aquella noche.
En sus ojos ya no había rabia.
Solo una inmensa tristeza.
—Sí, señoría.
La voz apenas tembló.
—Deseo que se aplique exactamente la misma ley que se aplicaría a cualquier otra persona.
Marcos sintió que el mundo se desmoronaba.
No porque fuera a perder el piso.
Sino porque acababa de comprender que también había perdido a su madre.
El juez anunció un receso de quince minutos.
Cuando todos comenzaron a salir, Álvaro entregó a Elena un sobre lacrado.
—Lo encontraron entre los documentos de su difunto esposo.
Ella frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Él pidió que solo se abriera el día en que usted dejara de proteger a Marcos de las consecuencias de sus actos.
Elena rompió el sello lentamente.
Dentro había una carta escrita por Ernesto.
Pero debajo apareció un documento que jamás había visto.
Era un certificado de nacimiento.
No llevaba el nombre de Marcos.
Llevaba el de una niña.
Álvaro respiró hondo antes de hablar.

—Doña Elena…
Ella levantó la vista.
—Su marido nunca pudo decírselo.
Hizo una pausa.
—Antes de conocerla tuvo otra hija.
Y hace tres meses esa mujer comenzó a buscar a la única familia que le queda.
Elena sintió que las manos comenzaban a temblar.
Porque mientras acababa de perder al hijo que crió durante toda una vida…
La vida parecía estar a punto de devolverle una hija cuya existencia jamás había imaginado.