PARTE 2: EL CUADERNO

Lucía esperó hasta que Sergio salió de la casa.

Solo entonces cerró con llave la habitación de doña Elena.

La anciana volvió a señalar el cuaderno.

Sus manos temblaban.

Lucía lo abrió con cuidado.

Las primeras páginas parecían un diario.

La letra era firme al principio.

Luego, conforme avanzaban los meses, se volvía cada vez más temblorosa.

“Hoy Lucía volvió a levantarme cuando Sergio dijo que tenía una reunión.”

“Me dio de comer antes de probar bocado ella misma.”

“No tengo una nuera. Tengo una hija.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Pasó varias hojas.

Hasta que encontró un sobre pegado entre dos páginas.

Dentro había fotografías.

Sergio.

Abrazando a una mujer.

Besándola frente a un restaurante.

Entrando con ella a un hotel.

Las fechas la dejaron sin aire.

La primera foto era de cuatro años atrás.

Apenas seis meses después del derrame de doña Elena.

La aventura nunca había sido reciente.

Había durado casi toda la enfermedad de su madre.

Lucía sintió un vacío en el pecho.

Doña Elena comenzó a llorar.

Negaba con la cabeza una y otra vez.

Como pidiéndole perdón.

Entonces Lucía encontró otra página.

“Vi a Sergio sacar dinero de la cuenta médica.”

“Dice que Lucía jamás revisará las finanzas.”

“Está usando mis ahorros para mantener a esa mujer.”

Debajo había copias de transferencias bancarias.

Recibos.

Estados de cuenta.

Todo cuidadosamente pegado.

La anciana había reunido pruebas durante años.

No podía hablar.

No podía caminar.

Pero sí podía observar.

Y escribir.

Lucía siguió leyendo.

Cada página era peor que la anterior.

“Vendió las joyas de su abuela.”

“Dijo que eran para pagar enfermeras.”

“Nunca contrató ninguna.”

“Lucía hace todo sola.”

Entonces llegó a la última hoja.

La tinta estaba corrida.

Como si hubiera sido escrita entre lágrimas.

“Si estás leyendo esto…”

“Es porque ya morí.”

Lucía sintió un nudo en la garganta.

“Conozco a mi hijo.”

“Esperará mi muerte para abandonarte.”

“No llores cuando ocurra.”

“Solo significará que por fin eres libre.”

Las siguientes palabras hicieron que Lucía dejara de respirar.

“No permitas que herede todo.”

Frunció el ceño.

¿Todo qué?

Doña Elena levantó lentamente la mano.

Con un enorme esfuerzo señaló la parte trasera del cuaderno.

Lucía palpó la tapa.

Había un doble fondo.

Lo abrió.

Dentro apareció una pequeña llave dorada.

Y un sobre sellado.

En la portada decía:

“Entregar únicamente después de mi fallecimiento.”

A nombre de:

Lic. Arturo Villaseñor.

Notario Público No. 18 de Guadalajara.

Antes de que Lucía pudiera reaccionar, el sonido de un automóvil entrando al garaje rompió el silencio.

Sergio había vuelto.

Guardó rápidamente la llave y el sobre dentro de su bolso.

Un segundo después, la puerta principal se abrió.

—Lucía —gritó Sergio con una tranquilidad escalofriante—. Ya hablé con el abogado.

Ella salió lentamente de la habitación.

—¿Qué abogado?

Él sonrió.

Una sonrisa que nunca había visto.

Fría.

Calculadora.

—El del divorcio.

Doña Elena aún ni siquiera había exhalado su último suspiro…

Y Sergio ya estaba organizando la vida sin su esposa.

Pero lo que él ignoraba era que, escondidos dentro del bolso de Lucía, viajaban la llave y el sobre que su propia madre había preparado durante años.

Y ambos contenían exactamente el arma que había esperado para destruir a su único hijo.

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