Parte 2: El cristal se rompió

Chu Minh bajó la mirada hacia la fotografía destrozada.

Durante apenas un segundo, algo parecido al remordimiento cruzó sus ojos.

Pero fue tan fugaz como una chispa.

Liu Yue entrelazó sus dedos con los de él y sonrió con dulzura.

—Cariño, no pierdas más tiempo con ella.

—El abogado ya dijo que, mientras firme el acuerdo de divorcio y venda la casa, podremos cubrir el préstamo de la empresa.

—Además… nuestro hijo no puede nacer sin un hogar digno.

Aquellas palabras terminaron de borrar la última vacilación de Chu Minh.

Se agachó frente a mí.

Sacó del maletín un acuerdo de divorcio.

Lo dejó caer sobre el suelo, justo delante de mis rodillas.

—Firma.

Su voz ya no tenía emoción alguna.

—Después de firmar, venderemos la casa.

—Te transferiré doscientos mil yuanes.

—Con eso podrás empezar de nuevo.

Levanté lentamente la vista.

Doscientos mil…

La vivienda que había comprado antes de casarme valía casi cuatro millones.

Había trabajado ocho años.

Había renunciado a vacaciones.

Había aceptado proyectos imposibles.

Cada cuota de aquella hipoteca había salido de mi salario.

Y ahora…

Pretendía comprar toda mi vida con doscientos mil.

No pude evitar sonreír.

Una sonrisa tan tranquila que ambos quedaron desconcertados.

—¿De qué te ríes?

preguntó Liu Yue con el ceño fruncido.

Tomé el acuerdo.

Lo hojeé despacio.

Página tras página.

Hasta llegar a la última.

Entonces levanté la cabeza.

—Chu Minh.

—¿De verdad crees que esa casa te pertenece?

Él respondió con frialdad.

—Eres mi esposa.

—Todo lo tuyo también forma parte del patrimonio familiar.

Negué lentamente con la cabeza.

—Qué pena.

—Ni siquiera conoces la ley.

La expresión de Chu Minh cambió ligeramente.

Pero Liu Yue soltó una carcajada.

—¿Ahora quieres asustarnos hablando de leyes?

—Deja de hacer el ridículo.

Sin decir una palabra más, rompí el acuerdo de divorcio.

Rasgué una hoja.

Luego otra.

Y otra.

Los pequeños fragmentos blancos cayeron lentamente sobre el suelo.

Como una lluvia de nieve.

El rostro de Chu Minh se volvió completamente oscuro.

—¡¿Te atreves?!

Antes de que pudiera reaccionar, levantó el brazo.

La bofetada cayó con fuerza sobre mi mejilla.

¡Paf!

Mi cabeza giró violentamente hacia un lado.

Sentí el sabor metálico de la sangre extenderse dentro de mi boca.

Liu Yue observó la escena con una sonrisa satisfecha.

—Hermana.

—¿Ya entiendes la situación?

—Hoy no saldremos de aquí sin tu firma.

Chu Minh volvió a sujetarme del cuello.

Sus dedos se cerraban cada vez con más fuerza.

—Firma.

—¡Firma de una vez!

El aire comenzó a faltar.

Mi visión se volvió borrosa.

Justo entonces…

Sonó el teléfono de Chu Minh.

Él maldijo entre dientes.

Soltó mi cuello con impaciencia y respondió.

—¿Qué pasa?

Al otro lado se escuchó una voz llena de desesperación.

—¡Presidente Chu!

—¡Ha ocurrido algo!

—¡El banco acaba de congelar todas las cuentas de la empresa!

Chu Minh quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Además… varios proveedores exigen el pago inmediato.

—Y Hacienda acaba de enviar una notificación de inspección.

Su rostro perdió el color.

—¿Cómo puede ser?

—¡Esta mañana todo estaba bien!

La voz respondió con ansiedad.

—¡No lo sabemos!

—¡Pero alguien presentó un expediente completo con todas las irregularidades financieras de la empresa!

—¡Incluye contratos falsificados, evasión fiscal y transferencias ilegales!

Cada palabra era como un martillazo.

Liu Yue también empezó a ponerse nerviosa.

—Cariño…

—¿Qué sucede?

Chu Minh colgó de golpe.

Miró el teléfono unos segundos.

Luego volvió lentamente la cabeza hacia mí.

Sus ojos estaban llenos de incredulidad.

—¿Has sido tú?

Me limpié con calma el hilo de sangre que descendía por la comisura de mis labios.

Después sonreí.

—¿Yo?

—Solo soy una ama de casa incapaz.

—¿Cómo podría tener semejante habilidad?

Cuanto más tranquila hablaba…

Más pálido se volvía él.

Porque sabía perfectamente una cosa.

Durante los últimos tres años…

Toda la contabilidad de la empresa había pasado por mis manos.

Cada factura.

Cada transferencia.

Cada contrato.

Yo los había archivado uno por uno.

Y también…

Había conservado una copia de cada documento.

El silencio se apoderó del salón.

De pronto…

Otro teléfono comenzó a sonar.

Era el de Liu Yue.

Contestó distraídamente.

Al segundo siguiente, el color desapareció de su rostro.

—¿Qué… qué dices?

—¿Mi padre fue detenido?

La voz al otro lado gritaba desesperada.

—¡La policía encontró pruebas de que aceptó sobornos en la licitación del proyecto!

—¡Acaban de llevárselo para interrogarlo!

El teléfono resbaló de sus manos.

Cayó al suelo con un golpe seco.

Liu Yue retrocedió dos pasos.

Su cuerpo entero empezó a temblar.

Miró hacia mí como si estuviera viendo a una desconocida.

Yo permanecía sentada en el suelo.

Con el cabello desordenado.

La ropa arrugada.

Y una marca roja en el rostro.

Parecía derrotada.

Pero solo yo sabía…

Aquella derrota…

Había terminado hacía mucho tiempo.

Lo que acababa de comenzar…

Era la caída de ellos.

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