PARTE 2: EL CONTRATO TENÍA OTRO DUEÑO

Cuando la camioneta de Grupo Valcárcel cruzó el portón de la residencia, Tomás apagó el motor y bajó primero para abrirle la puerta.

Marisol seguía sosteniendo la carpeta empapada.

No por los documentos.

Sino porque dentro había algo que llevaba semanas preparando.

Entró a la casa sin decir una palabra.

Damián la esperaba en el estudio.

Al verla cubierta de lodo, dejó el expediente que estaba revisando y caminó directamente hacia ella.

No preguntó quién había sido.

No hacía falta.

Le quitó con cuidado la carpeta de las manos.

Después tomó una toalla y comenzó a secarle el cabello con una delicadeza que hizo que, por un instante, Marisol sintiera ganas de llorar.

—¿Te lastimaron?

Ella negó lentamente.

—Solo el orgullo.

Damián sonrió apenas.

—Ese nunca pudieron quitártelo.

Marisol respiró hondo.

—Fue Rodrigo.

Damián permaneció en silencio unos segundos.

—Lo imaginé.

Le entregó el teléfono.

—El video ya está en todas partes.

Marisol observó la pantalla.

Miles de comentarios.

Algunos se burlaban.

Otros criticaban la crueldad.

Pero lo que más le llamó la atención fue un mensaje que acababa de llegar al departamento de comunicación del grupo.

“¿Es cierto que la mujer del video pertenece a Grupo Valcárcel?”

Damián apagó la pantalla.

—Todavía no respondimos.

—No respondas.

Él la miró con atención.

—¿Estás segura?

Marisol asintió.

—Quiero que sigan creyendo que soy la misma mujer que dejaron hace tres años.

Porque solo así van a cometer el último error.


A la mañana siguiente, mientras el video seguía acumulando reproducciones, Rodrigo entró triunfante a la sala de juntas de Santillán Desarrollos.

Renata estaba allí.

También su madre, doña Elvira.

Y los directores financieros.

Sobre la mesa descansaba una carpeta con el logotipo de Grupo Valcárcel.

Era el contrato más importante en la historia de la empresa.

Un desarrollo turístico en Baja California valuado en cientos de millones de pesos.

Rodrigo acomodó la corbata.

—En cuarenta y ocho horas firmamos.

El director comercial sonrió.

—Después de este proyecto, nadie nos va a alcanzar.

Renata levantó su taza de café.

—Brindemos por eso.

Rodrigo estaba a punto de responder cuando su asistente entró apresuradamente.

—Licenciado…

—¿Qué pasa?

—El equipo jurídico de Grupo Valcárcel acaba de pedir una modificación en la agenda de la firma.

Rodrigo sonrió con confianza.

—Normal.

Siempre ajustan detalles al final.

La asistente tragó saliva.

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Solicitan que la reunión sea encabezada personalmente por la presidenta del comité de evaluación.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Desde cuándo tienen presidenta?

Nadie supo responder.


Mientras tanto, en el piso cuarenta y dos de la torre Valcárcel, Marisol terminaba de revisar otro expediente.

Ya se había cambiado de ropa.

Su cabello estaba perfectamente recogido.

Sobre el escritorio descansaban los documentos que había protegido del agua el día anterior.

No eran simples papeles de una fundación.

Eran los informes sociales y ambientales del proyecto que Santillán Desarrollos esperaba conseguir.

Cada recomendación.

Cada evaluación.

Cada aprobación.

Llevaban su firma.

La puerta se abrió suavemente.

Entró Damián.

—El consejo ya está reunido.

Marisol cerró la carpeta.

—¿Todos?

—Todos.

Él caminó hasta ella.

—Todavía puedes retirarte si esto es demasiado personal.

Marisol negó con serenidad.

—No voy a vengarme.

Voy a hacer mi trabajo.

Si su empresa merece el contrato, lo tendrá.

Y si no lo merece…

Dejó la frase inconclusa.

Damián sonrió.

Era exactamente la respuesta que esperaba.


Esa misma tarde, Rodrigo recibió otra llamada.

Esta vez provenía directamente de Grupo Valcárcel.

—Licenciado Santillán.

Habla la oficina de presidencia.

Le confirmamos su reunión para el viernes a las diez de la mañana.

—Perfecto.

¿Estará presente el señor Valcárcel?

Hubo una breve pausa.

—Sí.

Y también la persona que tiene la decisión final sobre la adjudicación del proyecto.

Rodrigo sonrió.

—Excelente.

Colgó convencido de que todo seguía bajo control.

Ignoraba que, en ese mismo instante, Renata seguía celebrando en redes sociales el video del charco.

Ignoraba que varios consejeros ya lo habían visto.

E ignoraba algo todavía más importante.

La carpeta que Marisol había recogido del suelo bajo la lluvia no contenía únicamente documentos.

En su interior estaba el informe definitivo que decidiría qué empresa recibiría el mayor contrato inmobiliario del año.

Y el único nombre autorizado para firmar la resolución aparecía en la última página.

Marisol Valcárcel.

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