PARTE 2: EL CONTRATO TENÍA MI FIRMA… PERO YO NUNCA LO FIRMÉ

No dije nada aquella noche.

Volví a guardar el abrigo en el mismo sitio.

Esperé a que Daniel se durmiera.

Entonces saqué la llave del bolsillo.

Seguía siendo la misma llave de cobre.

Fría.

Pesada.

La sostuve durante varios minutos.

Por primera vez desde la muerte de mi padre, dejé de preguntarme por qué había escrito aquella nota.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo llevaba intentando protegerme.


A la mañana siguiente pedí medio día libre.

No fui al trabajo.

Regresé a la casa antigua.

Subí los seis pisos lentamente.

Abrí la puerta.

Lo primero que hice fue mirar el suelo.

Había una huella.

Muy tenue.

Sobre el polvo del pasillo.

No era mía.

La noche anterior yo había cerrado todas las ventanas.

Sin embargo, la del estudio estaba apenas entreabierta.

Sentí un escalofrío.

Alguien había entrado.

O había intentado hacerlo.

Corrí hasta el armario donde escondía la libreta de ahorros.

Seguía allí.

Abrí la libreta.

El saldo no había cambiado.

Respiré con alivio.

Pero cuando fui a cerrar el cajón descubrí algo extraño.

Las fotografías familiares estaban desordenadas.

Mi padre jamás habría permitido eso.


Ese mismo día llamé al abogado que había llevado la sucesión.

El señor Huang revisó los documentos.

—¿Hay algún problema?

Le conté lo ocurrido.

No mencioné a Daniel.

Solo dije que tenía la sensación de que alguien buscaba algo.

El abogado permaneció pensativo.

Después abrió el expediente.

—Su padre dejó otra instrucción.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué instrucción?

Sacó un sobre cerrado.

En la portada aparecía mi nombre.

Debajo podía leerse:

“Entregar exactamente un año después de mi fallecimiento.”

Miré la fecha.

Faltaban tres días.

El abogado negó con educación.

—Lo siento.

Su padre fue muy específico.

No puedo abrirlo antes.


Tres días parecieron tres años.

La mañana exacta del aniversario regresé al despacho.

El señor Huang colocó el sobre frente a mí.

Mis manos temblaban.

Lo abrí.

Dentro había una carta.

Y una memoria USB.

La carta decía:

“Si estás leyendo esto, significa que no me equivoqué.”

“No confíes en Daniel Chen.”

“Hace ocho meses intentó convencerme de transferirle la propiedad de la casa diciendo que era para protegerte de futuras deudas.”

“Me negué.”

“Desde entonces dejó de venir a verme cuando tú no estabas presente.”

Sentí que el aire desaparecía.

Seguí leyendo.

“Si algún día intenta vender la casa rápidamente o insiste demasiado con la herencia, busca en el Registro de la Propiedad.”

“Allí encontrarás la respuesta.”


Salí directamente hacia la oficina registral.

Solicité un informe completo del inmueble.

La funcionaria tardó apenas unos minutos.

Cuando volvió traía el ceño fruncido.

—Señora…

¿Usted presentó recientemente una solicitud de transferencia?

La miré confundida.

—No.

Giró lentamente la pantalla hacia mí.

En el documento aparecía mi nombre.

Mi número de identificación.

Y una firma.

Era casi perfecta.

Casi.

Pero no era la mía.

Debajo figuraba el beneficiario.

Daniel Chen.

Sentí que las piernas dejaban de responder.

—¿Cuándo se presentó esto?

La funcionaria revisó el sistema.

—Hace doce días.

Doce días.

Exactamente cuando Daniel había buscado dentro de mi armario.


Volví a casa sin avisarle.

Daniel todavía no había llegado.

Entré en su estudio.

Nunca revisaba sus cosas.

Ese día abrí el primer cajón.

Nada.

El segundo.

Facturas.

El tercero estaba cerrado con llave.

Recordé algo.

Daniel siempre llevaba una pequeña llave plateada junto a las del coche.

Fui hasta el perchero.

Su chaqueta seguía allí.

La llave estaba en el bolsillo.

Abrí el cajón.

Dentro había varias carpetas.

Y una impresora portátil.

Debajo encontré un sobre transparente.

Lo saqué lentamente.

Contenía varias hojas de práctica.

Todas tenían la misma frase escrita una y otra vez.

Mi nombre.

Decenas de veces.

Cientos.

Mi firma repetida con diferentes bolígrafos.

Con distintos trazos.

Con pequeñas correcciones.

Algunas fallidas.

Otras casi idénticas a la original.

Daniel había estado practicando mi firma durante meses.

Las manos comenzaron a temblarme.

Entonces escuché el sonido de la puerta principal.

Daniel acababa de llegar.

Guardé las hojas apresuradamente.

Pero antes de cerrar el cajón vi el último documento.

Era un contrato de compraventa.

Ya estaba completo.

Solo faltaba una firma.

La mía.

O mejor dicho…

…la falsificación perfecta que Daniel llevaba casi un año aprendiendo a copiar.

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