PARTE 2: EL CONTRATO DEJÓ DE SER SUFICIENTE

—¿Mi amor? —repetí.

Los amigos de Ethan estallaron en carcajadas.

Él, en cambio, permaneció completamente serio.

—Necesito hacer una llamada.

—Cinco minutos.

Le entregué el teléfono.

Uno de sus socios abrió los ojos.

—¿Ethan Hawthorne pidiendo permiso?

—Cállate —respondió él.

Todos volvieron a reír.

Yo salí de la habitación intentando ignorar el calor de mis mejillas.

Pero desde aquel día algo cambió.

Cuando Ethan recibió el alta, insistió en volver al trabajo inmediatamente.

Yo se lo prohibí.

Sorprendentemente, obedeció.

Empezamos a desayunar juntos.

Luego a cenar.

Las dos habitaciones separadas seguían existiendo, pero aquella enorme casa dejó de sentirse como un hotel.

Una noche encontré sobre la mesa nuestro contrato matrimonial.

Faltaban todavía casi dos años para que terminara.

—¿Por qué lo sacaste? —pregunté.

Ethan estaba junto a la ventana.

—Quiero modificarlo.

Mi corazón se hundió.

Pensé que quería terminar antes.

—Está bien.

Tomé un bolígrafo.

—¿Cuánto quieres pagarme?

Ethan frunció el ceño.

—¿Pagar?

—La compensación por terminar anticipadamente.

Me miró durante varios segundos.

Entonces tomó el contrato y lo rompió por la mitad.

Me quedé paralizada.

—¿Qué haces?

—Cometí un error cuando redacté esto.

—¿Cuál?

Se acercó.

—Puse una fecha de vencimiento.

No pude respirar durante un instante.

—Ethan…

—La noche que llamaste por error, regresé porque me pediste que volviera a casa.

Su voz bajó.

—Y descubrí que me gustaba saber que alguien me esperaba.

Me quedé en silencio.

—Después llegaste al hospital —continuó—. Te quedaste aunque nadie te obligaba. Me quitaste el teléfono, discutiste conmigo por las medicinas y convertiste una casa donde simplemente dormía en un lugar al que quería regresar.

Sus ojos encontraron los míos.

—Así que no quiero renovar el contrato, Clara.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ethan colocó las dos mitades del papel sobre la mesa.

—Quiero preguntarte si estarías dispuesta a seguir siendo mi esposa cuando ya no exista ningún contrato que te obligue.

Me reí nerviosamente.

—Eres pésimo declarando sentimientos.

—Nunca había tenido que hacerlo.

—Se nota.

Por primera vez, Ethan sonrió sin reservas.

Extendí la mano y tomé el contrato roto.

—Tengo una condición.

Su expresión volvió a ponerse seria.

—Dime.

—Habitaciones separadas hasta que yo decida lo contrario.

—Aceptado.

—Y nada de trabajar después de medianoche.

Ethan hizo una mueca.

—Eso es abusivo.

—Entonces podemos volver al contrato anterior.

—Aceptado.

Me reí.

Meses después, nuestros amigos todavía contaban la historia de aquella llamada accidental.

Decían que Ethan había perdido una apuesta y una cena carísima porque su esposa fue la primera en llamar.

Pero ellos no conocían la mejor parte.

Aquella noche Ethan había perdido mucho más.

Perdió la distancia.

Perdió las reglas.

Y finalmente perdió aquel matrimonio perfectamente calculado que había diseñado para no enamorarse.

Todo porque marqué el número equivocado.

O quizá, como Ethan empezó a decir cada vez que alguien contaba la historia:

—No fue el número equivocado.

Solo tardó un año en darse cuenta de que era a mí a quien quería llamar.

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