PARTE 2: EL CONEJO DE PELUCHE

Grant sostuvo al Señor Galleta con el mismo cuidado con el que otros sostendrían una reliquia.

No lo abrió.

No preguntó dónde estaba exactamente la memoria.

Solo se lo devolvió a Riley.

—Sigue siendo tuyo.

La niña abrazó el conejo contra el pecho.

—Mamá dijo que si alguien quería verlo demasiado… era porque no era bueno.

Grant levantó la vista hacia Damon.

No hizo falta hablar.

Damon ya estaba dando órdenes por el auricular.

—Dos hombres al vestíbulo. Otros dos al piso diecisiete. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa.


El ascensor marcó el piso quince.

Dieciséis.

Diecisiete.

Las puertas se abrieron.

El pasillo estaba vacío.

Solo se escuchaba el zumbido lejano del aire acondicionado.

Damon avanzó hasta el cuarto de servicio.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Meline?

Nadie respondió.

Entró.

Un carrito de limpieza estaba volcado sobre el piso.

Había una botella de desinfectante derramada, un guante de látex rasgado y pequeñas manchas oscuras que aún no terminaban de secarse.

Damon se agachó.

Las tocó con un pañuelo blanco.

Sangre.

Su mandíbula se tensó.

—La encontraron antes que nosotros.


Mientras tanto, en el vestíbulo, Walter Ayes intentaba salir por la puerta trasera del hotel.

No llegó muy lejos.

Dos hombres vestidos de traje aparecieron frente a él.

—El señor Marcelis quiere seguir conversando.

Walter sonrió con nerviosismo.

—Tengo otra reunión.

—Ahora tiene una prioridad distinta.

Cinco minutos después estaba sentado frente a Grant en una sala privada.

No había gritos.

Eso lo asustaba más.

Grant dejó un vaso de agua sobre la mesa.

—¿Dónde está Meline Benet?

Walter acomodó la corbata.

—No lo sé.

Grant asintió lentamente.

—Damon encontró sangre en el cuarto de servicio.

Walter tragó saliva.

—Puede haberse cortado.

—También encontró su gafete.

Lo colocó sobre la mesa.

Walter evitó mirarlo.

—Explíqueme por qué una empleada desaparece la misma noche en que su hija llega buscándola.

—Yo…

—Y explíqueme otra cosa.

Grant apoyó ambos codos sobre la mesa.

—¿Por qué cuatro ciclos de salario nunca llegaron a su cuenta?

Walter comenzó a sudar.

—Es un problema administrativo.

Grant deslizó una carpeta.

—Aquí están los comprobantes.

El dinero sí salió del hotel.

Solo terminó en otra cuenta.

Walter cerró los ojos apenas un segundo.

Había entendido.

Ya no podían mentir con los números.


En el vestíbulo, Riley bebía lentamente un chocolate caliente.

No dejaba de mirar el ascensor.

—¿Ya encontraron a mamá?

Grant no respondió enseguida.

—La estamos buscando.

Ella acarició la oreja torcida del Señor Galleta.

—Ella siempre vuelve.

Las palabras hicieron que Grant recordara a Eleanor.

La última vez que la vio salir de casa, también le prometió que volvería.

No lo hizo.

Por eso odiaba las promesas vacías.

Se inclinó hacia Riley.

—Voy a encontrarla.

La niña lo estudió unos segundos.

Después asintió.

Como si hubiera decidido creerle.


Uno de los hombres de Damon apareció corriendo.

—Jefe.

Le entregó una tableta.

—Las cámaras.

En la pantalla se veía el pasillo del piso diecisiete.

A las diez y cuarenta y ocho de la noche, Meline empujaba su carrito de limpieza.

Tres minutos después aparecían dos hombres.

No llevaban uniforme.

Hablaron con ella.

Ella negó con la cabeza.

Uno intentó quitarle algo.

Meline abrazó su bolso.

Después señaló hacia abajo.

Hacia el vestíbulo.

Hacia donde estaba su hija.

Uno de los hombres la empujó.

La imagen desapareció unos segundos por una interferencia.

Cuando volvió…

Meline ya no estaba.

Solo quedaba el carrito volcado.

Grant observó el video en silencio.

—Sabían que llevaba algo importante.

Damon asintió.

—Pero no lo encontraron.

Grant miró a Riley.

Entonces comprendió.

La madre había alcanzado a esconder la memoria dentro del conejo antes de que fueran por ella.


Walter seguía sentado.

Cada vez más pálido.

Grant dejó el teléfono sobre la mesa.

Reprodujo el video.

—¿Los conoce?

Walter negó demasiado rápido.

—No.

Grant acercó la imagen.

Uno de los hombres llevaba un reloj muy particular.

Walter lo reconoció al instante.

Era el jefe de seguridad del hotel.

Su propio empleado.

El gerente cerró los puños.

—Yo no ordené eso.

—Tal vez no.

Grant mantuvo la mirada fija sobre él.

—Pero sabe quién sí.

Walter respiró con dificultad.

Durante casi un minuto nadie habló.

Finalmente sus hombros cayeron.

—Si hablo…

—¿Qué?

—Nos matan a todos.

Grant permaneció inmóvil.

—Ellos no trabajan para el hotel.

Walter levantó la vista.

—El dinero robado era para lavar inversiones de una organización mucho más grande.

Meline descubrió las transferencias.

Copió todos los archivos.

Y cuando intentaron recuperarlos…

Su voz se quebró.

—Ella escapó con la memoria.

Grant sintió que el rompecabezas comenzaba a encajar.

Pero todavía faltaba la pieza más importante.

—¿Dónde está ahora?

Walter bajó la cabeza.

—No lo sé.

Lo juro.

La última orden que escuché fue…

Se detuvo.

Grant no parpadeó.

—¿Cuál?

Walter murmuró apenas unas palabras.

—”Encuentren primero a la niña.”

El silencio cayó sobre la sala.

Grant giró lentamente hacia el vestíbulo.

Riley seguía abrazando al Señor Galleta sin sospechar que acababa de convertirse en el objetivo principal de hombres que ya habían hecho desaparecer a su madre.

Y justo en ese instante, todas las luces del hotel se apagaron.

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