Desperté con la garganta seca y una presión cálida alrededor de la mano.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
Luego vi a Ethan sentado junto a mi cama.
Seguía vestido con la camisa blanca de la oficina, aunque tenía las mangas arremangadas y la corbata abandonada sobre una silla. Dormía inclinado hacia delante, con una mano aferrada a la mía.
Sobre la mesa había medicamentos, agua, fruta cortada y una olla pequeña de aquella sopa espantosa.
Intenté retirar la mano.
Ethan abrió los ojos inmediatamente.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión.
Se incorporó y acercó el termómetro.
—Abre la boca.
—Puedo hacerlo sola.
—Ayer dijiste lo mismo y casi te caes camino al baño.
Me quedé mirándolo.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Dos días.
—¿Dos días?
Intenté levantarme, pero el mareo me obligó a apoyarme en la almohada.
—¿Estás loco? Eres el CEO. ¿No tienes una empresa que dirigir?
—También tengo teléfono.
—Podrías haberte contagiado.
—Ya había pasado la enfermedad hace unas semanas.
—¿Cómo entraste en mi apartamento?
Ethan guardó silencio.
Miré hacia la puerta y luego hacia él.
—Ethan.
—Tu hermano me dio la contraseña.
—¿Mi hermano?
—Lo llamé cuando vi tu publicación.
Sentí que la fiebre regresaba de golpe.
—¿Tú sigues a mi hermano?
—No.
—Entonces ¿cómo conseguiste su número?
—Nunca lo borré.
La respuesta cayó entre nosotros con un peso incómodo.
Ethan apartó la mirada y fingió revisar el termómetro.
—La fiebre bajó.
—¿Por qué viniste?
—Porque estabas enferma.
—Eso no responde mi pregunta.
Sus ojos volvieron a encontrar los míos.
—Porque hace cinco años te fuiste sin darme la oportunidad de cuidarte. Esta vez no iba a permitir que volvieras a desaparecer.
Mi corazón se contrajo.
—Yo no desaparecí por capricho.
—Entonces explícame por qué lo hiciste.
Su voz no era fría.
Era peor.
Sonaba cansada.
Herida.
Me quedé en silencio.
Durante cinco años había ensayado cientos de explicaciones, pero ninguna parecía suficiente frente al hombre que todavía conservaba el número de mi hermano.
Ethan se levantó.
—Olvídalo. No estás bien para hablar.
—Vi la noticia de tu compromiso.
Se detuvo.
—¿Qué noticia?
—La del día en que me besaste por primera vez.
Su expresión cambió.
—La familia Morrison anunció que estabas comprometido con su hija.
Ethan cerró los ojos un instante.
Después soltó una risa amarga.
—¿Me abandonaste por eso?
—No solo por eso.
—Pero nunca me preguntaste.
—La noticia estaba en todos los medios.
—También decía que yo había aceptado dirigir una empresa familiar en Londres. ¿Estoy en Londres?
—Pensé que habías cambiado de opinión.
—Pensaste muchas cosas sin hablar conmigo.
Me dolió, porque tenía razón.
Pero yo también había tenido razones.
—Mi hermano confirmó que el compromiso era real.
—Tu hermano me odiaba.
—Porque sabía que tu familia jamás me aceptaría.
—Eso debía decidirlo yo.
—Tenía dieciocho años, Ethan. Tú eras el heredero de una familia poderosa y yo era una chica que se disfrazaba de hombre para jugar torneos clandestinos.
—Eras la chica que me venció tres veces seguidas.
—Solo dos.
—La tercera desconectaste el cable.
—Fue un accidente.
Por primera vez, una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
Duró apenas un segundo.
—El compromiso fue un acuerdo entre nuestros padres —dijo—. Nunca lo acepté.
Me quedé inmóvil.
—Pero apareciste en una fotografía junto a ella.
—Mi padre me llevó a una cena sin decirme que habría periodistas. Al día siguiente publiqué un comunicado rechazando el compromiso.
Sentí un vacío en el estómago.
—Yo no vi ningún comunicado.
—Porque esa misma noche bloqueaste mi número, cerraste tus redes y te marchaste al extranjero.
Bajé la mirada.
Había recibido la beca pocos días antes. Cuando vi la noticia, acepté el viaje sin despedirme.
Fue cobarde.
Pero no había sido la única razón.
—Tu madre vino a verme.
Ethan dejó de respirar durante un segundo.
—¿Qué te dijo?
—Que el compromiso era necesario para salvar la empresa. Que tú no podías rechazarlo sin perderlo todo.
Su mandíbula se tensó.
—¿Algo más?
Recordé el sobre que ella dejó sobre la mesa de la cafetería.
—Me ofreció dinero para alejarme.
—¿Lo aceptaste?
La pregunta sonó demasiado rápida.
Demasiado dolida.
—No.
Ethan apartó la vista, avergonzado.
—Pero ella me mostró tus mensajes con Isabella Morrison.
—Nunca tuve conversaciones privadas con Isabella.
—Había fotografías.
—Fabricadas.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Ethan caminó hacia su chaqueta y sacó el teléfono.
Buscó un archivo antiguo y me mostró una serie de correos.
En ellos, su madre ordenaba al departamento de relaciones públicas crear conversaciones falsas para convencerme de que él había aceptado el matrimonio.
Había fechas.
Capturas.
Incluso una factura.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Cuándo descubriste esto?
—Dos años después de que te fueras.
—¿Y por qué no me buscaste?
Ethan me miró con una dureza que ocultaba algo mucho más doloroso.
—Te busqué.
Su respuesta me dejó sin palabras.
—Fui a la universidad donde estudiabas. Me dijeron que habías solicitado confidencialidad sobre tus datos.
Recordé haber firmado aquella solicitud después de que su madre me advirtiera que no volviera a acercarme a la familia Walker.
—Llamé a tu hermano —continuó—. Dijo que estabas feliz y que no querías saber nada de mí.
—Él nunca me lo contó.
—También dijo que estabas saliendo con alguien.
—Eso era mentira.
—Ahora lo sé.
Me llevé una mano a la frente.
Mi hermano había intentado protegerme, pero solo había enterrado la verdad más profundamente.
—Ethan, yo…
—No necesito una disculpa mientras tienes fiebre.
—No es la fiebre.
—Entonces dime por qué aceptaste trabajar aquí cuando me reconociste.
Lo miré.
—Por quinientos mil dólares.
Él soltó una risa breve, casi incrédula.
—Al menos sigues siendo sincera.
—Y porque necesitaba demostrarme que podía estar frente a ti sin romperme.
La sonrisa desapareció.
—¿Lo conseguiste?
—No.
El silencio se hizo más íntimo de lo que quería.
Ethan se acercó a la cama, pero antes de que pudiera decir algo, su teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció el nombre de su madre.
Él rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó de nuevo.
—¿No vas a contestar?
—No.
—Quizá sea importante.
—Lleva cinco años intentando decidir qué es importante en mi vida.
El teléfono vibró por tercera vez.
Esta vez llegó un mensaje.
Ethan lo leyó y su expresión se endureció.
—¿Qué ocurre?
Me mostró la pantalla.
“Sé que Sofía trabaja contigo. Si no la despides hoy, el consejo conocerá la verdad sobre su contratación.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué verdad?
—Ninguna. Recursos Humanos te eligió antes de que yo revisara la lista final.
—Pero tú dirigiste mi última entrevista.
—Porque cuando vi tu nombre pedí hacerlo personalmente.
—Entonces sí influiste.
—No para contratarte. Quería verte.
La sinceridad me dejó inmóvil.
—¿Tu madre forma parte del consejo?
—Controla suficientes acciones para causar problemas.
—No quiero que pierdas tu empresa otra vez por mi culpa.
Los ojos de Ethan se oscurecieron.
—No vuelvas a decidir por mí.
—No estoy decidiendo.
—Eso dijiste hace cinco años antes de desaparecer.
Me quedé callada.
Él respiró hondo y se sentó nuevamente.
—Descansa. Resolveré esto.
—¿Cómo?
—Diciéndole al consejo la verdad.
—¿Qué verdad?
Ethan tardó unos segundos en responder.
—Que mi madre manipuló el compromiso con los Morrison para asegurar una fusión. Cuando me negué, falsificó mi firma en varios documentos.
Me incorporé.
—¿Falsificó tu firma?
—Durante años pensé que solo había intentado controlar mi vida personal. Hace poco descubrí que también utilizó mi nombre para transferir acciones.
—¿Y todavía no la denunciaste?
—Necesitaba pruebas.
Abrió una carpeta digital en su teléfono.
—Creo que las tengo.
En la pantalla aparecían transferencias, correos y contratos.
Entonces reconocí un nombre.
Rivera Digital Holdings.
—Esa empresa pertenecía a mi padre.
Ethan amplió el documento.
—Lo sé.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Por qué aparece aquí?
—Porque hace nueve años tu padre invirtió en la primera compañía que fundé.
Nunca había oído nada de aquello.
—Antes de morir, transfirió su participación a tus hijos —continuó Ethan—. A ti y a tu hermano.
—Mi padre no murió. Vive en el sur.
Ethan se quedó inmóvil.
—Sofía…
—Mi padre está vivo.
Él giró el teléfono lentamente hacia mí.
En el documento aparecía un certificado de defunción con el nombre de mi padre y una fecha de hacía seis años.
Un año antes de que mi familia me dijera que se había mudado al extranjero por negocios.
—Eso es imposible.
Tomé el teléfono con manos temblorosas.
—Hablo con él cada Navidad.
—¿Por videollamada?
Negué lentamente.
Siempre eran correos.
Mensajes breves.
A veces audios.
Nunca llamadas en directo.
—Tu hermano administra las acciones de Rivera Digital —dijo Ethan—. Según estos documentos, también recibió pagos de mi madre.
Sentí náuseas.
—No.
—Sofía, no estoy diciendo que tu hermano haya participado en todo.
—Me mintió sobre ti. Ocultó que me buscaste. Ahora aparece cobrando dinero de tu madre.
Ethan tomó mi mano.
—Primero debemos comprobar si los documentos son auténticos.
En ese instante llamaron a la puerta.
Pensé que era algún vecino.
Ethan se levantó, miró por la mirilla y su cuerpo se tensó.
—¿Quién es?
No respondió.
Abrió la puerta solo unos centímetros.
Mi hermano estaba al otro lado.
Tenía el rostro pálido y una carpeta apretada contra el pecho.
—Necesito hablar con Sofía.
—Está enferma —respondió Ethan—. Vuelve otro día.
—No hay otro día.
Me levanté con dificultad.
—Déjalo entrar.
Mi hermano pasó sin mirar a Ethan.
Cuando me vio, pareció aliviado y aterrorizado al mismo tiempo.
—Sofía, tienes que salir del país.
—¿Qué?
—Hoy.
—Explícate.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
Dentro había una fotografía de nuestro padre acostado en una cama de hospital.
La fecha era de aquella misma semana.
—Está vivo —dijo mi hermano—. Pero no es libre.
Ethan se acercó.
—¿Quién lo tiene?
Mi hermano lo miró con odio.
—Tu madre.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Por qué?
—Porque papá conservó las pruebas de que ella falsificó el compromiso, robó acciones y compró el silencio de varias personas.
—¿Y tú recibiste dinero de ella?
Él cerró los ojos.
—Me pagó para mantenerte lejos de Ethan.
La confesión me golpeó más fuerte que la fiebre.
—¿Vendiste mi vida?
—Intentaba protegerte.
—¡Todos dicen lo mismo cuando deciden por mí!
Mi voz se quebró.
—Me hiciste creer que Ethan iba a casarse. Le dijiste que yo estaba con otro. ¿Cuántos años pensabas seguir mintiendo?
Mi hermano bajó la cabeza.
—Hasta que papá estuviera a salvo.
—¿Dónde está?
—En una clínica privada perteneciente a los Walker.
Ethan tomó su teléfono.
—Enviaré seguridad.

—No puedes —respondió mi hermano—. Tu madre controla al director. Si se entera de que sabemos dónde está, lo trasladará.
—Entonces iremos nosotros.
Lo miré.
—Todavía estoy enferma.
Ethan tomó mi abrigo y me lo colocó sobre los hombros.
—Hace cinco años no pude impedir que te fueras.
Después miró a mi hermano.
—Esta vez nadie volverá a esconderte la verdad.
Antes de salir, el teléfono de Ethan vibró.
Era un video enviado por su madre.
Lo abrió.
Mi padre aparecía sentado en una habitación blanca, débil pero consciente. Detrás de él había un hombre sosteniendo un periódico con la fecha del día.
Entonces la voz de la señora Walker se escuchó fuera de cámara:
—Ethan, despide a Sofía y firma la transferencia de acciones antes de medianoche.
La imagen se acercó al rostro de mi padre.
—De lo contrario, la próxima vez que ella vea a su padre será en un ataúd.
El video terminó.
Ethan levantó la mirada.
Su rostro ya no mostraba la paciencia del hombre que me había alimentado con sopa.
Era el CEO que todos temían.
—Mi madre cree que todavía puede controlar nuestras vidas.
Tomó las llaves del coche.
—Esta noche va a descubrir que se equivocó.