PARTE 2: EL COLLAR TENÍA EL ADN DE LA FAMILIA

PARTE 2

Todo se volvió negro.

Lo siguiente que escuché fue un pitido constante.

Después una voz.

Lejana.

Rota.

—¡Valeria! ¡Mi niña, abre los ojos!

Reconocería esa voz entre millones.

Papá.

Abrí los párpados con dificultad.

La luz del hospital me quemó la vista. Sentí el brazo inmovilizado, un vendaje sobre el labio y un dolor punzante en las costillas. Lo primero que vi fue a mi padre, Eugenio Santillán, con la camisa manchada de sangre seca y los ojos completamente destruidos.

Nunca lo había visto llorar así.

Me tomó la mano con cuidado.

—Perdóname.

Intenté sonreír.

—No… fue tu culpa.

Él negó con fuerza.

—Sí lo fue. Yo la llevé hasta ti.

Su voz se quebró.

—Metí al enemigo en nuestra vida.

Respiré despacio.

—¿Dónde está… el collar?

Papá cerró los ojos.

No contestó.

Eso dolió más que las fracturas.

Una mujer de bata blanca entró para revisar mis signos vitales. Detrás de ella apareció un comandante de la policía de investigación.

Esperó a que la doctora terminara.

Luego habló.

—Señorita Santillán, necesitamos tomar su declaración cuando se sienta capaz.

Asentí.

—¿El niño?

—Está bien.

Sentí que el pecho se aflojaba.

—¿Y su mamá?

—También.

Entonces pregunté lo que realmente importaba.

—¿Berenice?

El comandante intercambió una mirada con mi padre.

—Huyó del aeropuerto antes de que llegáramos.

Papá apretó la mandíbula.

—Pero no llegará lejos.

Cerré los ojos un momento.

No me importaba el dinero.

No me importaba el vial.

Solo podía pensar en el collar de mi madre.

La piedra verde partida bajo el tacón de aquella mujer.

Papá pareció leerme el pensamiento.

Metió la mano en el bolsillo interior del saco.

Sacó una pequeña bolsa transparente.

Dentro había los pedazos del dije.

La plata estaba doblada.

La piedra verde, rota en tres partes.

Sentí un nudo en la garganta.

—Lo siento, hija.

Tomé la bolsa con la mano libre.

Era increíble cómo algo tan pequeño podía doler tanto.

—Mamá siempre decía que las cosas importantes no estaban en los objetos.

Papá sonrió entre lágrimas.

—Y tenía razón.

Hizo una pausa.

—Pero ese collar nunca fue solo una joya.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

Él bajó la voz.

—Tu madre era bioquímica.

Asentí.

Lo sabía.

Habíamos hablado mil veces de sus investigaciones.

—Después de recibir amenazas por uno de sus proyectos, mandó fabricar ese collar con una cápsula sellada en el interior.

Fruncí el ceño.

—¿Una cápsula?

Papá abrió lentamente la bolsa.

Entre los fragmentos de la piedra apareció un cilindro diminuto de titanio.

No se había roto.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué contiene?

Papá tragó saliva.

—Una muestra genética de tu madre… y un protocolo de seguridad que solo conocíamos ella y yo.

El comandante dio un paso adelante.

—¿Por qué alguien escondería eso en un collar?

Papá respondió sin apartar los ojos de mí.

—Porque hace veinte años intentaron robar una patente relacionada con enfermedades autoinmunes. Rebeca desconfiaba de todos.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿El proyecto Nix?

Papá me miró sorprendido.

—¿Cómo sabes ese nombre?

—El vial que ibas a regalarme… se llamaba Nix-17.

El rostro de mi padre perdió el color.

—No puede ser.

La doctora dejó de escribir.

Hasta el comandante permaneció en silencio.

Papá tomó aire.

—Valeria… el proyecto original de tu madre se llamaba NIX.

El vial que te envié era la versión diecisiete.

Sentí un escalofrío.

Todo empezaba a unirse.

El collar.

El vial.

Mi investigación en África.

No eran coincidencias.

Alguien sabía exactamente qué llevaba Berenice en aquella caja.

Y quizá nunca le importó casarse con mi padre.

Quizá solo necesitaba acercarse a todo aquello.

El comandante pidió permiso para hacer una llamada.

Cuando salió de la habitación, papá sacó otra carpeta.

Era azul.

Nunca la había visto.

—Hay algo que debía contarte cuando volvieras.

La abrió sobre la cama.

Dentro había fotografías antiguas de mi madre en un laboratorio.

Mapas.

Cartas.

Y una lista de nombres.

Uno de ellos me hizo detener la respiración.

Berenice Robles.

No como prometida.

Como exempleada.

—¿Qué es esto?

Papá bajó la cabeza.

—Hace doce años trabajó unos meses para una empresa que intentó comprar nuestros proyectos de investigación.

Sentí que la sangre se me congelaba.

—¿La conocías desde entonces?

—Sí.

—¿Y aun así la dejaste entrar a tu vida?

Él cerró los ojos.

—Nunca relacioné a aquella joven con la mujer que apareció años después diciendo que admiraba el legado de tu madre.

Me quedé sin palabras.

Tres años.

Tres años viviendo junto a él.

Tres años entrando a nuestra casa.

Tres años viendo fotografías, documentos y laboratorios.

Todo disfrazado de amor.

En ese momento llamaron a la puerta.

Entró el chofer que iba con Berenice en el aeropuerto.

Traía un brazo en cabestrillo y el uniforme todavía manchado de sangre.

Se quitó la gorra.

—Perdón por entrar así, ingeniero.

Papá asintió.

—Pasa, Esteban.

El hombre se volvió hacia mí.

Tenía los ojos rojos.

—Señorita Valeria… necesito decir la verdad.

El comandante regresó justo entonces.

Encendió una grabadora.

—Adelante.

Esteban respiró profundamente.

—La señora Berenice nunca pensó recogerla con cariño.

Papá apretó los puños.

—¿Qué planeaba?

El chofer tragó saliva.

—Escuché una conversación hace dos semanas.

Dijo que si la señorita Valeria aceptaba el matrimonio, todo sería más fácil.

Pero… si no aceptaba…

Hizo una pausa.

Miró al suelo.

—¿Si no aceptaba? —pregunté.

—La iban a mandar directamente a una clínica privada.

La habitación quedó muda.

—¿Qué clínica? —preguntó el comandante.

Esteban sacó un papel doblado del bolsillo.

—Esta.

El comandante lo abrió.

Era una dirección.

No estaba en Ciudad de México.

Estaba en las afueras de Toluca.

Centro Integral San Gabriel.

Papá palideció.

—No.

Su voz salió apenas como un susurro.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Me miró con una mezcla de rabia y culpa.

—Hace seis años denunciaron ese lugar por retener adultos mayores con diagnósticos falsos.

El comandante tomó el papel.

—También hubo investigaciones por sustitución de identidad patrimonial.

Sentí que el aire desaparecía.

Berenice no quería convertirse en mi madrastra.

Quería convertirse en la administradora legal de un imperio farmacéutico eliminando cualquier obstáculo.

Yo.

Papá.

Y cualquiera que pudiera impedirlo.

Esteban siguió hablando.

—Escuché otra cosa.

Todos lo miramos.

—El hermano de la señora Berenice… Iván… no rompió el vial por accidente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué dices?

—Cuando usted corrió a salvar al niño, él giró el volante a propósito.

Mi padre se puso de pie de golpe.

—¿Qué?

—Querían que la caja cayera.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que dolía.

—¿Por qué?

Esteban cerró los ojos.

—Porque alguien ya les había prometido mucho dinero por destruir ese material antes de que llegara a sus manos.

El comandante tomó inmediatamente su teléfono.

—Necesito localizar el laboratorio que esperaba el Nix-17.

Papá me miró.

Por primera vez entendí que aquel vial no era solo una muestra científica.

Era una carrera contra alguien que llevaba años infiltrándose en nuestras vidas.

Entonces sonó el celular del comandante.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó papá.

El comandante levantó lentamente la vista.

—Encontramos la camioneta de Berenice.

Sentí un pequeño alivio.

Duró menos de un segundo.

—Pero ella no estaba sola.

Papá frunció el ceño.

—¿Con quién?

El comandante dejó una fotografía sobre la cama.

En ella aparecía Berenice abrazando a un hombre de traje oscuro frente a un edificio corporativo.

No era Iván.

No era ningún desconocido.

Era el vicepresidente ejecutivo de Grupo Santillán Biofarma.

El hombre que llevaba quince años sentado a la derecha de mi padre en todas las juntas del consejo.

Papá tomó la fotografía con manos temblorosas.

—No…

Su voz se quebró.

—Gabriel llevaba veinte años conmigo.

El comandante asintió lentamente.

—Y según los registros que acabamos de obtener… también llevaba veinte años vendiendo información de su empresa.

Miré la fotografía.

Después el cilindro de titanio escondido en el collar de mi madre.

Y comprendí que la agresión en el aeropuerto nunca había sido un simple ataque de una mujer ambiciosa.

Había sido el primer error visible de una conspiración que llevaba dos décadas creciendo dentro de nuestra propia familia.

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