Me giré despacio.
Alejandro seguía de pie en la puerta.
Su voz había sonado tranquila, pero su rostro no.
Estaba completamente pálido.
Miró la fotografía apenas un segundo antes de descolgarla de la pared.
—Es un recuerdo familiar —dijo con frialdad—. No vuelvas a tocarla.
Bajé la vista.
—Lo siento. No era mi intención.
No insistí.
Había aprendido que algunas personas esconden mejor sus secretos cuando creen que nadie sospecha.
Mateo, en cambio, no apartaba los ojos de mí.
Se acercó lentamente y tiró suavemente de la manga de mi blusa.
—Ella era mamá.
Asentí.
—Era muy bonita.
El niño acarició el borde del marco que Alejandro sostenía entre las manos.
—Papá llora cuando la mira.
Aquellas palabras hicieron que el silencio pesara aún más.
Alejandro respiró hondo.
—Mateo, termina el desayuno.
Sin decir nada más salió de la habitación con la fotografía bajo el brazo.
Aquella misma tarde llamé al hospital donde estaba ingresada mi madre.
Necesitaba preguntarle por el collar.
Una enfermera respondió.
—Lo siento, señorita Martín. Su madre sigue sedada.
—¿Aparecieron sus pertenencias?
Hubo una breve pausa.
—No. El expediente indica que el collar nunca ingresó con ella.
Fruncí el ceño.
Yo misma se lo había visto puesto antes del accidente.
No podía haberse evaporado.
Colgué sintiendo un nudo en el estómago.
Esa noche, mientras acompañaba a Mateo a dormir, él abrió un cajón de su mesita.
Sacó un dibujo hecho con crayones.
Éramos tres personas.
Él.
Su padre.
Y una mujer con un collar rojo.
En una esquina había otra figura.
Estaba sola.
Con lágrimas azules.
—¿Quién es ella? —pregunté.
Mateo señaló el dibujo.
—La señora del coche.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué coche?
El niño empezó a balancearse lentamente.
Era evidente que hablar le costaba.
—Mamá… lloró.
Hizo una pausa.
—Después… mucho ruido.
Su respiración se aceleró.
No quise presionarlo.
Le acaricié el cabello.
—Está bien. Ya no tienes que seguir.
Cuando salió de la habitación, Don Ernesto me esperaba en el pasillo.
—Señorita Lucía… necesito pedirle algo.
Su expresión era seria.
—¿Qué ocurre?
Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Si aprecia su vida… deje de preguntar por ese collar.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
El mayordomo tragó saliva.
—Porque la señora de la fotografía no murió en un simple accidente.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, una voz grave resonó al final del corredor.
—Ernesto.
Alejandro acababa de aparecer.
Su mirada pasó del mayordomo a mí.

Luego dijo algo que hizo que la sangre se me helara.
—Mañana vendrá la policía.
Y esta vez las preguntas no serán para usted.
Serán para mí.