PARTE 2: EL CASILLERO 303

Alejandro salió de la habitación sin correr.

Un neurocirujano no corre.

Pero yo conocía demasiado bien la velocidad de sus pensamientos.

En cuanto la puerta se cerró, Mauricio volvió a acercarse a mi cama.

Ya no sonreía.

La máscara del esposo ejemplar había desaparecido.

Solo quedábamos él… y yo.

—¿Qué le dijiste? —preguntó en voz baja.

Mi garganta ardía demasiado para responder.

Lo único que hice fue sostenerle la mirada.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.

Un miedo auténtico.

Teresa dio un paso hacia la cama.

—Valeria, estás confundida. El golpe fue muy fuerte. No empieces a imaginar cosas.

Daniela se interpuso inmediatamente.

—La paciente necesita descansar.

—Soy familia.

—Y yo soy la enfermera responsable de su recuperación.

Las dos mujeres quedaron frente a frente.

Ninguna retrocedió.

En ese instante entraron dos elementos de seguridad del hospital.

Alejandro los había enviado antes de marcharse.

—Por indicaciones del doctor Salazar, las visitas quedan suspendidas.

Mauricio apretó los puños.

—Soy su esposo.

—Lo sabemos, señor. Aun así, deberá esperar afuera.

Lo obligaron a salir.

Antes de cruzar la puerta, giró lentamente hacia mí.

Su mirada prometía una sola cosa.

Aquello aún no había terminado.


Cinco minutos después, Alejandro llegó a la sala de descanso del personal.

El casillero 303 seguía exactamente igual.

Introdujo la combinación.

La fecha de fallecimiento de mi madre.

El pequeño candado hizo un clic.

Dentro solo había una mochila negra.

Y un teléfono desechable.

Lo encendió.

No tenía contactos.

Solo una carpeta de audio y otra de video.

El primer archivo estaba fechado dos meses atrás.

Era mi voz.

—Si estás escuchando esto, Alejandro, significa que algo salió mal.

Respiró hondo.

Siguió escuchando.

—Mauricio lleva meses perdiendo grandes cantidades de dinero en apuestas. Descubrí que también desvió recursos del fideicomiso universitario de Sofía. Tengo miedo de denunciarlo porque cada vez se comporta de forma más violenta.

El siguiente archivo era un video.

La imagen mostraba el despacho de nuestra casa.

Mauricio aparecía revisando documentos mientras hablaba por teléfono.

—Cuando cobre el seguro liquidaré todas las deudas.

Una voz femenina respondió desde el altavoz.

—¿Y si ella no firma?

Mauricio soltó una risa seca.

—Entonces habrá que encontrar otra solución.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Abrió la última carpeta.

Había fotografías de moretones en mis brazos.

Capturas de transferencias bancarias.

Estados de cuenta.

Y un documento firmado electrónicamente donde yo solicitaba una cita con un abogado especializado en violencia familiar y fraude patrimonial.

Al final había una nota.

“Si alguna vez llego al hospital por una caída ‘accidental’, no fue un accidente.”

Alejandro cerró los ojos.

Todo encajaba.

La discusión.

La escalera.

La insistencia por desconectarme.

La prisa por cobrar el seguro.

Guardó el teléfono en el bolsillo y salió directamente hacia la dirección del hospital.

No regresó a mi habitación.

Primero hizo una llamada.

—Fiscalía, habla el doctor Alejandro Salazar. Necesito presencia inmediata. Existe una paciente que podría ser víctima de un intento de homicidio y tengo evidencia que debe asegurarse antes de que desaparezca.


Mientras tanto, Mauricio caminaba de un lado a otro en la sala de espera.

Intentaba mantener la calma.

Pero cada minuto que pasaba sin noticias aumentaba su desesperación.

Cuando vio regresar a Alejandro, sonrió con fingida tranquilidad.

—¿Cómo está mi esposa?

Alejandro lo observó durante unos segundos.

Después respondió con una serenidad que heló el ambiente.

—Está mucho mejor de lo que tú esperabas.

Antes de que Mauricio pudiera reaccionar, las puertas del elevador se abrieron.

Tres agentes de la Policía de Investigación entraron acompañados por un perito.

Uno de ellos sostuvo una carpeta.

—¿Señor Mauricio Ramírez?

Él tragó saliva.

—¿Sí?

—Necesitamos que nos acompañe para rendir una declaración relacionada con el accidente de su esposa.

Mauricio intentó sonreír.

—Claro. Fue una tragedia.

El agente no apartó la mirada.

—Eso es precisamente lo que vamos a determinar.

Y mientras las esposas aún permanecían guardadas en el cinturón del oficial, Mauricio seguía creyendo que todo dependía de lo que pudiera decir.

Todavía ignoraba que, desde ese mismo instante, el contenido del casillero 303 ya estaba siendo copiado por los peritos… y que la prueba más devastadora contra él ni siquiera era el video.

Era un mensaje programado por mí para enviarse automáticamente a la Fiscalía si pasaban cuarenta y ocho horas sin que yo lo cancelara.

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