El silencio se apoderó de la sala.
Julián observó el pequeño botón azul marino durante varios segundos.
Después levantó lentamente la mirada.
Rodrigo acababa de entrar con una tranquilidad casi ofensiva.
—Hermano… llegaste.
Su voz sonó demasiado relajada para un hombre que acababa de perder a su cuñada y a un sobrino.
Julián no respondió.
Solo siguió observando el saco azul marino que Rodrigo llevaba puesto.
Entonces lo vio.
El segundo botón, a la altura del pecho…
Había desaparecido.
El hilo colgaba desgarrado.
Exactamente igual al que Camila conservaba entre los dedos.
Rodrigo notó hacia dónde miraba.
Instintivamente intentó cerrar el saco con la mano.
Demasiado tarde.
Julián dio un paso al frente.
—¿Qué le pasó a tu saco?
Rodrigo sonrió con despreocupación.
—Se rompió en Monterrey la semana pasada.
Julián negó lentamente.
—Yo estuve en Monterrey toda la semana.
El color abandonó el rostro de Rodrigo por apenas un instante.
—Quise decir… Guadalajara.
Doña Teresa intervino de inmediato.
—¿De verdad vas a convertir el velorio de tu esposa en un interrogatorio?
Julián seguía sin apartar la vista de su hermano.
Luego observó el rasguño fresco bajo su mandíbula.
Recordó algo.
Camila tenía las uñas largas.
Siempre decía que eran su única vanidad.
Volvió a mirar la mano de su esposa.
Debajo de una de las uñas todavía había restos diminutos de piel.
No era solo un botón.
Camila había peleado.
Había arañado a alguien antes de morir.
El médico de la familia apareció en ese momento.
—Señor Julián, debemos cerrar el ataúd.
—Todavía no.
El médico dudó.
—El certificado de defunción ya fue firmado.
Aquellas palabras hicieron que Julián frunciera el ceño.
—¿Quién lo firmó?
El hombre respondió sin pensarlo.
—Su madre autorizó todos los trámites.
Julián giró lentamente hacia Teresa.
—¿Por qué?
Ella sostuvo su mirada.
—Porque tú estabas fuera.
—¿Y por qué nadie esperó mi regreso?
Nadie respondió.
El silencio comenzó a volverse incómodo.
Las empleadas domésticas evitaban levantar la cabeza.
El sacerdote fingía revisar su misal.
Hasta el abogado de la familia permanecía inmóvil.
Todos parecían saber algo.
Todos…
Menos él.
Julián respiró profundamente.
—Quiero ver el expediente médico completo.
El doctor vaciló.
—No lo tengo.
—¿Dónde está?
Antes de que pudiera responder, Teresa habló con firmeza.
—No tiene sentido remover el pasado.
Julián dio un golpe seco sobre el ataúd.
Toda la sala se estremeció.
—¡Era mi esposa!
Su voz hizo temblar hasta los vitrales.
—¡Y era mi hijo!
Las últimas palabras salieron casi rotas.
Rodrigo dio un paso adelante.
—Cálmate.
Julián lo apartó de un empujón.
—No me vuelvas a tocar.
El vaso de tequila cayó al suelo y se hizo añicos.
El líquido comenzó a extenderse por el mármol.
Entre los cristales rotos apareció un pequeño objeto metálico.
Julián lo recogió.
Era un arete.
Un diminuto pendiente de perla.
Lo reconoció de inmediato.
Camila lo llevaba puesto cuando hablaron por videollamada dos noches antes.
Pero en el ataúd…
Solo tenía un arete.
El otro estaba ahora a los pies de Rodrigo.
Eso solo podía significar una cosa.
Su hermano había estado con ella muy poco antes de su muerte.
Rodrigo intentó arrebatárselo.
—Dámelo.
Julián cerró el puño.
—¿Qué hacías con esto?
Rodrigo no respondió.
Teresa volvió a intervenir.
—¡Basta!
Pero en ese instante ocurrió algo inesperado.
Una de las empleadas más antiguas de la casa, Rosario, una mujer que llevaba más de treinta años sirviendo a la familia Armenta, comenzó a llorar en silencio.
Julián la miró.
—¿Qué sabe usted?
Rosario negó desesperadamente con la cabeza.
Teresa la fulminó con la mirada.
—Ni una palabra.
La anciana temblaba.
Miró el ataúd.
Luego al retrato de Camila.
Finalmente, reunió el valor que le había faltado durante días.
—Perdóneme, patrón…
Las lágrimas corrían por su rostro.

—La señora Camila nunca llegó muerta desde el hospital.
Toda la habitación quedó paralizada.
Rosario respiró con dificultad antes de pronunciar las palabras que cambiaron por completo la historia.
—Cuando la trajeron a la mansión… todavía respiraba. Y alguien dio la orden de que ningún médico volviera a acercarse a ella.