La notificación permaneció unos segundos en la pantalla.
“Intento de eliminación masiva detectado.”
La cuenta era la de Adrián.
Levanté la vista lentamente.
Él seguía junto al ataúd de Valeria, abrazando a mi hermana delante de toda la familia, fingiendo un dolor que ya nadie parecía creer del todo.
Deslicé el dedo sobre el teléfono.
El sistema de seguridad me ofreció dos opciones.
Permitir.
Bloquear y guardar evidencia.
Elegí la segunda.
Un segundo después apareció otra alerta.
“Sesenta y tres archivos protegidos correctamente.”
Respiré despacio.
Adrián había olvidado un detalle esencial.
Yo misma había diseñado el protocolo de respaldo digital de la fundación donde ambos trabajábamos.
Cada documento eliminado generaba automáticamente una copia cifrada en un servidor externo.
Nada desaparecería.
Mi madre se acercó en silencio.
—¿Qué ocurre?
Le mostré la pantalla.
Su rostro perdió el color.
—¿Está intentando borrar pruebas… ahora?
Asentí.
—Y sabe exactamente cuáles.
En ese momento, el teléfono de Adrián comenzó a vibrar sin descanso.
Se apartó unos metros para contestar.
Creía que nadie lo observaba.
Pero Mateo, mi compañero durante años en auditorías forenses, había llegado al funeral sin avisarme.
Se acercó discretamente.
—¿Es él?
—Sí.
Mateo sacó una pequeña libreta.
—Acabo de hablar con el administrador de sistemas.
La persona que está intentando borrar los archivos también descargó información financiera hace dos días.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué información?
—Donaciones.
Convenios.
Facturas.
Transferencias.
Todo relacionado con la Fundación Valeria.
Miré otra vez hacia Adrián.
Ahora comprendía por qué estaba tan desesperado.
No intentaba ocultar solo un viaje.
Intentaba hacer desaparecer años completos de movimientos contables.
Regresó junto a nosotros fingiendo tranquilidad.
—Lucía… podemos hablar cuando termine el funeral.
Negué con calma.
—No.
Su expresión cambió.
—No voy a discutir delante de todos.
—Yo tampoco.
Abrí mi bolso.
Saqué una carpeta azul.
La coloqué sobre una banca de piedra.
—Por eso traje esto.
Renata retrocedió un paso.
Reconoció inmediatamente el logotipo de la fundación.
Abrí la primera hoja.
Había transferencias mensuales.
Siempre las mismas fechas.
Siempre los mismos importes.
Siempre autorizadas desde la cuenta de Adrián.
Después coloqué otra página.
Facturas de hoteles.
Restaurantes.
Vuelos.
La mayoría aparecían cargados como “gastos de representación social”.
En realidad, correspondían exactamente a los viajes que Adrián y Renata habían hecho juntos durante los últimos dieciocho meses.
El padre Gabriel cerró lentamente la Biblia.
Nadie hablaba.
Entonces apareció la última hoja.
Era el registro de llamadas del hospital.
Ciento veintisiete intentos de contacto con Renata.
Todos recibidos.
Todos ignorados.
Mis ojos se encontraron con los de mi hermana.
Por primera vez desde que llegó al funeral, dejó de llorar.
—Lucía… yo puedo explicarlo.
La miré con una serenidad que ni yo misma sabía que conservaba.
—No.
Señalé el pequeño ataúd blanco.
—La única persona que merecía una explicación… te esperó hasta su último minuto.
Y tú elegiste otro destino.
En ese instante, el teléfono de Mateo volvió a sonar.

Escuchó apenas unos segundos antes de mirarme fijamente.
—Lucía…
—¿Qué pasó?
Cerró lentamente la llamada.
—Los peritos acaban de recuperar los archivos que Adrián intentó borrar.
Hizo una pausa.
—Y encontraron una cuenta bancaria que nadie conocía.
Desde esa cuenta habían salido transferencias durante dos años…
Pero el beneficiario no era Renata. Era alguien mucho más cercano a la muerte de Valeria.