PARTE 2: EL BOLETO GANADOR

Clara permaneció inmóvil varios minutos.

Volvió a revisar los números.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Diez.

No cambiaban.

Seguían siendo los mismos.

Respiró hondo y abrió la página oficial de la lotería.

Introdujo el código del boleto.

La pantalla tardó apenas unos segundos en cargar.

“Premio mayor confirmado.”

Sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Se sentó en el suelo del apartamento.

No gritó.

No saltó.

Solo comenzó a reír entre lágrimas.

Veinticuatro horas antes había perdido el empleo.

Ahora tenía en las manos un boleto que podía cambiar su vida para siempre.

El teléfono volvió a sonar.

Daniel otra vez.

Lo dejó sonar.

Después llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar en persona. Lo de ayer fue una decisión de la empresa, no mía.”

Clara soltó una sonrisa amarga.

Qué curioso.

El día anterior él era el gerente que tomaba decisiones.

Ahora parecía un simple empleado sin poder.

No respondió.

En lugar de eso, buscó el número del centro oficial de reclamaciones de la lotería.

Una asesora contestó enseguida.

—Le recomendamos que firme el reverso del boleto, lo guarde en un lugar seguro y no comente la noticia con nadie hasta iniciar el proceso de validación.

—Entendido.

—¿Hay alguien más que conozca el premio?

Clara miró alrededor del apartamento.

—No.

Y decidió que así seguiría.

Guardó el boleto dentro de una carpeta impermeable, la colocó en la caja fuerte del banco esa misma mañana y regresó a casa sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente tranquila.

Esa tranquilidad duró exactamente dos horas.

Al salir del banco encontró a Daniel esperándola junto a su coche.

Llevaba un ramo de flores.

Las mismas rosas blancas que siempre le regalaba cuando quería evitar una discusión.

—Clara…

Ella siguió caminando.

Él la alcanzó.

—Por favor.

Escúchame cinco minutos.

—Ayer tuviste toda una reunión para hablar.

Ya dijiste suficiente.

Daniel respiró hondo.

—Lo del despido fue una orden de dirección.

—¿Y Maya?

Él guardó silencio.

Clara asintió.

—Eso imaginaba.

Daniel bajó la voz.

—Las cosas se complicaron.

—No.

Las complicaste tú.

Intentó tomarle la mano.

Ella dio un paso atrás.

—Nunca quise hacerte daño.

—Pero lo hiciste.

Y después me pediste que no hiciera drama.

El ramo quedó suspendido entre ambos.

Ninguno volvió a tocar el tema.

Daniel parecía buscar las palabras correctas.

No las encontraba.

Entonces sonó su teléfono.

Miró la pantalla.

Era Maya.

Rechazó la llamada.

Clara levantó una ceja.

—¿Ahora tampoco quieres contestarle?

Él apagó el móvil.

—Eso ya terminó.

—Qué coincidencia.

Ayer era el amor de tu vida.

Hoy ya terminó.

Daniel sintió cómo perdía el control de la conversación.

—Cometí un error.

Clara respondió con absoluta serenidad.

—Sí.

Pero no el que crees.

Se dio la vuelta para marcharse.

Entonces Daniel pronunció una frase que la hizo detenerse.

—La empresa quiere contratarte otra vez.

Clara giró lentamente.

—¿Perdón?

—Hubo una revisión de los despidos.

Creen que fue una mala decisión.

Ella lo miró directamente a los ojos.

—¿La empresa… o tú?

Él no respondió.

No hacía falta.

Clara comprendió inmediatamente que aquello no tenía nada que ver con su desempeño.

Seguramente alguno de sus antiguos clientes había preguntado por ella.

O quizá el proyecto de cuatro millones que había cerrado comenzaba a resentir su ausencia.

—Te ofrecen volver con un aumento del veinte por ciento.

Clara sonrió.

—Diles que no.

Daniel parpadeó.

—Ni siquiera quieres escuchar las condiciones.

—Ya las escuché ayer.

Mi puesto dependía de lo conveniente que fuera para ti.

Y no vuelvo a trabajar en un lugar donde mi valor cambia según con quién salga el gerente.

Subió a su coche.

Antes de cerrar la puerta, añadió:

—Por cierto…

Gracias.

Daniel frunció el ceño.

—¿Gracias?

—Si no me hubieras despedido…

Jamás habría entrado a aquella tienda bajo la lluvia.

Él la observó confundido.

No entendía de qué hablaba.

Y Clara no tenía ninguna intención de explicárselo.

Arrancó el coche y se alejó.

Daniel permaneció inmóvil, viendo cómo desaparecía por la avenida.

No sabía que la mujer a la que acababa de perder ya no necesitaba recuperar un empleo, ni un ascenso, ni siquiera una disculpa.

Pero mientras Clara conducía hacia casa, otro problema acababa de comenzar.

Porque, en la oficina central de la lotería, el expediente del premio ya había sido abierto.

Y junto al registro del boleto ganador aparecía una nota escrita por uno de los supervisores:

“Mantener reserva. Un abogado llamó hace veinte minutos preguntando si un premio puede formar parte de una reclamación patrimonial entre una pareja no casada.”

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