A las tres y veinte de la tarde sonó mi teléfono otra vez.
Danylo.
Contesté.
Del otro lado solo escuché respiración agitada.
—¿Qué demonios hiciste?
Seguí revisando tranquilamente unos documentos.
—¿A qué te refieres?
—¡Las cuentas! ¡Las tarjetas! ¡El banco bloqueó todo!
—Ah.
Esperé unos segundos.
—Entonces ya lo descubriste.
—¡Devuélveme el acceso ahora mismo!
Sonreí.
—No.
El silencio fue tan largo que pude imaginar su expresión.
Durante tres años nunca le había dicho esa palabra.
Nunca.
—¿Sabes cuánto daño estás causando? —rugió—. Tengo una reunión con inversionistas en una hora.
—Lo sé.
—¡Van a pensar que soy un incompetente!
—No necesitan pensarlo.
Colgué.
Cinco minutos después llamó Larisa.
Ni siquiera saludó.
—¡Eres una desagradecida! Mi hijo te sacó de la pobreza.
Miré por la ventana del despacho.
—Curioso.
—¿Qué?
—Mi padre fundó la empresa cuando Danylo aún buscaba trabajo.
Ella guardó silencio.
Continué.
—La casa está registrada a nombre del fideicomiso de mi familia.
—Los vehículos pertenecen a la empresa.
—Las tarjetas eran corporativas.
—Y ninguna de esas cosas les pertenece a ustedes.
Larisa comenzó a gritar insultos.
Simplemente terminé la llamada.
A las cuatro de la tarde empezó la reunión extraordinaria del consejo.
Yo entré por la puerta principal.
Danylo ya estaba allí.
Por primera vez en años no ocupaba la cabecera de la mesa.
Su acceso había sido suspendido.
Los directores se pusieron de pie cuando entré.
Él los miró incrédulo.
—¿Qué hacen?
El presidente del consejo respondió con calma.
—Recibimos instrucciones de la accionista mayoritaria.
Danylo palideció.
—¿Qué accionista?
Todos volvieron la vista hacia mí.
Me senté lentamente.
Abrí una carpeta azul.
—Empecemos.
El auditor proyectó la primera diapositiva.
Uso personal de fondos corporativos.
Luego otra.
Transferencias no autorizadas.
Otra más.
Compra de joyas con recursos empresariales.
Después aparecieron fotografías.
Larisa saliendo de una boutique con un collar de diamantes.
El ático de lujo.
Vacaciones en Dubái.
Automóviles deportivos.
Todo pagado por la empresa.
El silencio era absoluto.
Danylo golpeó la mesa.
—¡Eso no demuestra nada!
El auditor levantó otro documento.
—Aquí está su firma autorizando cada gasto.
Luego apareció una grabación de audio.
La voz de Danylo llenó la sala.
—Ella nunca revisa las cuentas. Mientras siga creyendo que confío en ella, podremos sacar dinero todos los meses.
Larisa cerró los ojos.
Sabía que todo había terminado.
Danylo se volvió hacia mí.
—¿Me estuviste vigilando?
Negué con tranquilidad.
—No.
Hice una pausa.
—Me estuve protegiendo.
El presidente del consejo tomó la palabra.
—Por votación unánime, el señor Danylo Kovalenko queda suspendido de todas sus funciones ejecutivas mientras continúe la investigación por administración fraudulenta.
Danylo dio un paso hacia mí.
—¡No puedes hacerme esto!
Lo miré directamente.
—¿Recuerdas esta mañana?
Él no respondió.
Levanté lentamente la mano vendada.
—Cuando me dijiste que aprendiera quién pagaba esta casa.
La sala permanecía en silencio.
—Tenías razón.
Respiré despacio.
—Era hora de que todos lo aprendieran.
En ese momento, dos investigadores de la unidad de delitos económicos entraron en la sala con varias carpetas en las manos.
Uno de ellos se acercó al presidente del consejo.
—Venimos por la denuncia presentada esta mañana.
Miró a Danylo.
Luego a Larisa.
—Y necesitamos que ambos nos acompañen para responder algunas preguntas sobre el desvío de fondos corporativos.

Solo entonces comprendieron que el bloqueo de las tarjetas nunca había sido mi verdadera venganza.
Había sido apenas el primer paso de un plan que llevaba ocho meses preparándose.