PARTE 2: EL BEBÉ QUE ÉL CREYÓ HABER PERDIDO

Me incorporé de golpe.

—¿Cómo consiguió Sebastián entrar en mi expediente?

La doctora negó inmediatamente.

—No entró. Esta mañana tuvo una consulta de genética por un asunto familiar. Cuando te vio en el pasillo y calculó las fechas, informó al especialista de una condición hereditaria presente en los Ferrer.

Mi miedo cambió de forma.

—¿Qué condición?

—Una alteración cardíaca hereditaria. No significa que tu bebé la tenga. Solo debemos hacer controles adicionales.

Miré la pantalla.

El pequeño corazón seguía latiendo.

—Hágalos todos.

La doctora asintió.

—Eso haremos.

Cuando salí, Sebastián seguía allí.

Solo.

—¿Está bien? —preguntó.

Aquello me sorprendió.

Por fin no preguntaba de quién era.

Preguntaba por el bebé.

—Necesita seguimiento.

Sebastián cerró los ojos un instante.

—Mi padre tenía la misma condición. Yo soy portador de una variante genética asociada. Por eso vine hoy.

Entonces entendí la coincidencia.

Pero quedaba una pregunta mucho más dolorosa.

—¿Por qué te importa ahora?

Me miró.

—Porque creo que es mi hijo.

—¿Y si no lo fuera?

Sebastián no respondió inmediatamente.

—Seguiría esperando que estuviera bien.

Dos meses atrás habría dado cualquier cosa por escuchar humanidad en su voz.

Ahora solo sentía cansancio.

—El bebé es tuyo.

Sebastián dejó de respirar.

Su mano se apoyó contra la pared.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde una semana antes del divorcio.

Levantó la cabeza bruscamente.

—¿Y firmaste igualmente?

—Sí.

—¿Por qué?

Lo miré.

—Porque un hijo no convierte un matrimonio vacío en uno feliz.

Aquello lo dejó mudo.

Después pregunté algo que llevaba años enterrado.

—¿Quién era la mujer cuyo nombre dijiste aquella noche?

Su rostro perdió el color.

—Camila.

Conocía el nombre.

Camila Ferrer.

Su hermana mayor.

Había muerto años antes de conocerme.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Tu hermana?

Sebastián asintió.

—Aquella semana era el aniversario de su muerte. Estaba borracho. Soñé con ella.

Tres años creyendo que había pronunciado el nombre de otra mujer.

Tres años convencida de compartir cama con un hombre enamorado de alguien más.

—¿Por qué nunca me lo explicaste?

Sebastián soltó una risa amarga.

—Porque nunca supe que lo habías escuchado.

—¿Y tu frialdad? ¿También fue un malentendido?

Ahí no tuvo excusa.

Bajó la mirada.

—No.

Después de la muerte de Camila, su madre había enfermado y su padre se había vuelto obsesivo con el control. Sebastián aprendió a tratar cualquier vínculo emocional como una debilidad.

Y luego se casó conmigo.

—Te quería —dijo—. Pero cada vez que empezaba a necesitarte, me alejaba.

—Eso no es una explicación que arregle tres años.

—Lo sé.

Por primera vez, no intentó convencerme de volver.

Durante los meses siguientes, Sebastián asistió a las consultas médicas cuando yo se lo permitía.

No volvió a tocarme sin preguntar.

No habló de reconciliación.

Y, sobre todo, nunca utilizó al bebé para cuestionar el divorcio.

Los controles resultaron tranquilizadores, aunque los especialistas recomendaron seguimiento después del nacimiento.

Sebastián estuvo allí el día del parto.

Cuando pusieron a nuestro hijo sobre mi pecho, lo vi llorar por primera vez.

—¿Cómo quieres llamarlo? —preguntó.

—Mateo.

Sebastián sonrió.

—Mateo Ferrer.

Negué.

Su sonrisa desapareció.

—Mateo Suárez Ferrer.

Me miró.

Después asintió.

—Me parece justo.

No volvimos a casarnos.

Tampoco fingimos que un bebé podía borrar aquello que había ocurrido.

Sebastián tuvo que aprender a ser padre.

Yo tuve que aprender que perdonar no significaba regresar.

Un año después celebramos el cumpleaños de Mateo en mi apartamento.

Cuando todos se marcharon, Sebastián permaneció junto a la puerta.

—Elena.

—¿Sí?

—¿Alguna vez pensaste en darme otra oportunidad?

Miré al hombre que había sido mi esposo.

Ya no era completamente aquel Sebastián frío.

Pero yo tampoco era la mujer que había esperado durante tres años a que él aprendiera a quererla.

—Sí, lo pensé.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Y?

—Decidí que primero tienes que convertirte en alguien capaz de amar sin castigar a la otra persona por necesitarla.

Bajó la mirada.

—¿Y después?

Sonreí.

—Después ya veremos quién soy yo para entonces.

Cerré la puerta suavemente.

No era una promesa.

Tampoco una despedida.

Era algo que nunca habíamos tenido durante nuestro matrimonio:

una elección libre.

Dos meses después del divorcio, Sebastián creyó que encontrarme embarazada significaba que había perdido a su hijo.

Con el tiempo comprendió que el bebé nunca fue lo que realmente había perdido.

Había perdido un matrimonio porque durante tres años tuvo una esposa a su lado…

y actuó como si todavía tuviera toda la vida para aprender a amarla.

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