PARTE 2: EL BEBÉ NO ERA SUYO

Adrián contestó el teléfono delante de mí.

—¿Sí?

Su expresión cambió casi inmediatamente.

—¿Cómo que hay un problema?

La voz de una mujer sonaba al otro lado, pero yo no distinguía las palabras.

Adrián apretó el teléfono.

—Voy para allá.

Colgó y tomó las llaves.

Antes de salir, me miró.

—Hablaremos del divorcio esta noche.

Negué.

—No hay nada que hablar. Solo firma.

Se marchó.

Horas después descubrí lo ocurrido.

La revisión de embarazo había revelado una inconsistencia en las fechas que obligó a la amante de Adrián, Camila, a admitir la verdad.

El bebé probablemente no era suyo.

Adrián exigió una prueba cuando fuera médicamente apropiado.

Y semanas después recibió la confirmación.

No era el padre.

Pero aquella no fue la peor noticia.

Camila llevaba meses manteniendo otra relación.

Había elegido a Adrián porque creyó que sería el mejor hombre para reconocer al niño.

Cuando él apareció en mi apartamento aquella noche, parecía haber envejecido diez años.

—Elena…

Intentó entrar.

Bloqueé la puerta.

—Prometiste aceptar mi condición.

—Cometí un error.

—No. Tomaste decisiones durante meses.

Adrián bajó la mirada.

—Podemos empezar otra vez.

Casi sentí lástima.

Casi.

—¿Porque ahora descubriste que el bebé no es tuyo?

—Porque comprendí que todavía te amo.

Sonreí tristemente.

—Entonces llegaste diez años tarde para aprender lo que significaba amarme.

Le entregué los documentos.

—Firma.

Esta vez lo hizo.

Después intentó devolverme la casa y ofrecerme una enorme compensación.

No acepté más de lo que legalmente me correspondía.

Había pasado demasiado tiempo construyendo mi identidad alrededor del apellido Montgomery.

Quería descubrir quién era Elena sin él.

Seis meses después regresé a la ciudad donde había nacido.

La primera puerta que toqué fue la de mis padres.

Mi padre abrió.

Nos quedamos mirándonos en silencio.

Yo había ensayado cientos de palabras durante el viaje.

Al final solo pude decir:

—Papá… me equivoqué.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Y me abrazó.

Un año después recibí una carta de Adrián.

No la abrí.

La devolví.

En el frente escribí únicamente:

“Mi última condición sigue vigente.”

Porque perder a Camila había sido el castigo de Adrián.

Perder al supuesto hijo había sido su decepción.

Pero perderme definitivamente…

Fue la consecuencia que él mismo había elegido.

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