Adrián respondió la llamada sin apartar la vista de mí.
—¿Sí?
Al otro lado de la línea, la voz de la médica sonaba seria.
—Señor Montgomery, necesitamos que venga al hospital cuanto antes. Hay un asunto importante relacionado con el embarazo de la señora Valeria.
Él frunció el ceño.
—Voy para allá.
Tomó las llaves y salió sin decir una palabra más.
No intentó detenerme.
No preguntó si estaba bien.
Ni siquiera volvió la cabeza antes de cerrar la puerta.
Permanecí unos segundos en silencio.
Después respiré hondo y llamé a mi abogada.
—Claudia, adelante con el divorcio. Ya no hay nada que negociar.
—¿Está segura?
—Completamente.
Mientras tanto, en el hospital, Valeria esperaba nerviosa en el consultorio.
Adrián llegó pocos minutos después.
—¿Qué pasó? ¿El bebé está bien?
La doctora cerró la puerta.
—El embarazo evoluciona con normalidad.
Él dejó escapar un suspiro de alivio.
Pero la médica continuó.
—Sin embargo, durante los análisis de rutina encontramos una incompatibilidad genética que requiere una prueba adicional de paternidad prenatal.
Valeria palideció.
—No… eso no hace falta.
La doctora la miró con calma.
—En realidad sí. Los resultados son bastante claros.
Adrián sintió un extraño nudo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
La respuesta llegó como un golpe.
—Que existe una alta probabilidad de que usted no sea el padre biológico del bebé.
El silencio fue absoluto.
Adrián giró lentamente hacia Valeria.
Ella evitó mirarlo.
—Puedo explicarlo…
—¿Explicar qué?
Su voz ya no era de tristeza.
Era de incredulidad.
Valeria comenzó a llorar.
—Fue antes de que estuviéramos juntos oficialmente…
—¿Con quién?
Ella no respondió.
No hacía falta.
Adrián comprendió que la historia que había destruido su matrimonio podía haberse construido sobre una mentira.
Salió del consultorio sin mirar atrás.
Por primera vez en muchos años, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Mientras él intentaba asimilar lo ocurrido, yo me encontraba en la oficina del despacho firmando la demanda de divorcio.
Claudia colocó el último documento frente a mí.
—Solo falta esta firma.
La estampé sin dudar.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era un número desconocido.
—¿Señora Elena?
—Sí.
—Le llamo del despacho del señor Richard Montgomery.
El apellido hizo que levantara la vista.
Richard.
El padre de Adrián.
El mismo hombre que diez años atrás me dijo que jamás sería digna de formar parte de su familia.
—El señor Montgomery desea reunirse con usted hoy mismo.
Guardé silencio.
—No tengo nada que hablar con él.
La secretaria respondió con voz respetuosa.
—Dice que se trata de un asunto relacionado con el futuro de Montgomery Group… y con el testamento que acaba de modificar esta mañana.
Fruncí el ceño.
—¿Qué testamento?
—El señor Richard Montgomery quiere que usted esté presente antes de comunicar su decisión al resto de la familia.

Colgué lentamente.
No entendía por qué el hombre que más me había despreciado durante una década quería verme precisamente el día en que su hijo perdía a su amante… y también a su esposa.
Lo que aún no sabía era que Richard había descubierto la infidelidad de Adrián semanas atrás.
Y acababa de tomar una decisión que cambiaría para siempre el destino de toda la familia Montgomery.
Continúa en la Parte 3…