PARTE 2: EL BEBÉ ERA DE ADRIAN

Me quedé mirándolo con las manos inmóviles sobre la mesa.

Cinco años atrás.

Lo recordaba perfectamente.

Yo tenía veintiuno y acompañaba a mi abuelo a una gala médica. Un camarero tropezó conmigo y varios jóvenes se rieron cuando intenté explicar mediante señas que estaba bien.

Adrian fue el único que no se rio.

Recogió mi bolso.

Me entregó una servilleta.

Y, como no podía entenderme, sacó el teléfono y escribió:

“Lo siento. Ojalá pudiera hablar contigo.”

Nunca volvimos a vernos.

O eso creía yo.

Mis dedos comenzaron a moverse.

¿Sabías quién era cuando nos comprometieron?

Adrian bajó la mirada.

—Desde el primer día.

¿Por qué nunca me lo dijiste?

Su respuesta tardó demasiado.

—Porque cuando mi abuelo propuso nuestro matrimonio pensé que, si te decía la verdad, sentirías que llevábamos años decidiendo tu vida sin preguntarte.

Respiró profundamente.

—Y porque yo no tenía nada digno que ofrecerte excepto dinero y un apellido.

Aquello me dolió.

¿Entonces por qué nunca entraste en mi habitación?

Adrian sonrió amargamente.

—Porque pensé que tú tampoco habías elegido casarte conmigo.

Todo aquel año habíamos vivido separados no por indiferencia.

Sino porque ambos creíamos estar liberando al otro.

Entonces comprendí algo más.

Tomé su mano y escribí sobre su palma con un dedo:

El bebé.

Adrian se tensó.

Retiró lentamente la mano.

—No hagas esto, Evelyn.

Negué desesperadamente.

Busqué mi teléfono y escribí:

“Hace tres meses. La noche de tu fiebre.”

Leyó la pantalla.

Su rostro cambió.

—Yo recuerdo esa noche.

Me quedé inmóvil.

Adrian continuó:

—Recuerdo pedirte que te quedaras. Recuerdo lo que pasó.

Entonces lo entendí todavía menos.

¿Por qué creías que el bebé era de otro?

—Porque los médicos me dijeron que mis posibilidades eran extraordinariamente bajas.

No inexistentes.

Bajas.

Adrian se quedó completamente quieto.

Parecía que jamás había permitido que esas dos palabras significaran cosas diferentes.

Dos días después pidió una cita médica.

No para acusarme.

Para comprobarse él.

Cuando recibió los resultados, permaneció sentado frente al especialista durante casi un minuto.

Después preguntó:

—¿Entonces es posible?

—Sí.

Adrian salió de la consulta sin hablar.

En el automóvil apoyó ambas manos sobre el volante.

Pensé que estaba enfadado.

Entonces vi caer una lágrima.

Solo una.

—Toda mi vida —murmuró— me enseñaron a comportarme como si esto fuera imposible.

Me tomó la mano.

—Y cuando finalmente ocurrió, lo primero que hice fue acusarte.

Escribí:

“Tú tampoco sabías la verdad.”

—Pero debí confiar en ti.

Por primera vez, Adrian apoyó la frente contra mi mano.

Meses después nació nuestra hija.

Adrian estuvo conmigo durante todo el parto.

Cuando la enfermera se la entregó, aquel hombre al que todos llamaban frío sostuvo a la niña como si tuviera miedo de que incluso respirar demasiado fuerte pudiera romperla.

Pero todavía quedaba pendiente una promesa.

El divorcio.

Una semana después de regresar a casa encontré los documentos sobre su escritorio.

Ya estaban firmados.

Sentí que el pecho se cerraba.

Adrian apareció detrás de mí.

Tomó los papeles.

Y los rompió.

Lo miré sorprendida.

Él respondió en señas.

Lentamente.

Perfectamente.

“Solo si todavía quieres marcharte.”

Negué.

Adrian sonrió.

Entonces hizo otra seña:

“¿Puedo besarte?”

Después de cinco años recordándome, cuatro aprendiendo mi idioma y uno entero teniendo miedo de acercarse…

por fin había aprendido la única pregunta que necesitaba hacer.

Y esta vez mi respuesta no necesitó voz.

Fue sí.

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